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Prevenga un derrame cerebral

El derrame cerebral puede tener repercusiones muy serias e incluso llevar a la muerte. El primer signo de su presencia puede ser fuerte dolor de cabeza, ¡cuidado!

De la forma más simple puede explicarse que el derrame cerebral (o apoplejía) es el daño originado por la interrupción del suministro de sangre al cerebro. Sus causas son diversas, pero es importante destacar que en alto porcentaje se deben a malos hábitos que pueden prevenirse; el problema se debe principalmente a:

 

 

Se estima que 60% de los casos de derrame cerebral se deben a trombosis, y que el 40% restante se divide entre embolias y hemorragias. No obstante, las estadísticas señalan que 50% del total de los casos futuros pueden evitarse si se siguen las indicaciones del médico y se modifican ciertos hábitos dañinos en el estilo de vida, los cuales influyen directamente en los factores de riesgo:

 

 

Cabe destacar también que existen otros factores de riesgo de derrames cerebrales que es imposible modificar, entre ellos:

Además de estos factores de riesgo, los derrames cerebrales también se relacionan con el consumo de alcohol (especialmente cuando se beben cantidades exageradas) y el consumo combinado de anticonceptivos orales con alto contenido de estrógenos y tabaco por mujeres mayores de 30 años de edad.

Signos de alerta

Quien cumple con uno o varios de los factores de riesgo antes mencionados deben prestar mucha atención a los siguientes síntomas y procurar atención médica inmediata.

Algunos derrames cerebrales son precedidos por señales de alerta denominados ataques isquémicos transitorios (ATI), los cuales se caracterizan por la interrupción transitoria del flujo sanguíneo dentro del cerebro o en sus regiones aledañas. Entre los ATI o señales de alerta de apoplejía se encuentran los siguientes:

Es importante saber reconocer estos graves signos de alerta. Aunque quizás no provoquen dolor y puedan desaparecer rápidamente, son señales claras de que poco después podría presentarse un derrame cerebral.

Ahora bien, para hablar de las consecuencias de la apoplejía, debemos entender que éstas dependerán de la extensión de la región cerebral afectada. Si la falta de irrigación sanguínea deteriora al hemisferio izquierdo del cerebro se verá disminuida la memoria y los procesos de comunicación -escuchar y hablar-, así como los movimientos del costado derecho del cuerpo, principalmente en brazos y piernas.

Perjudicar al hemisferio derecho del cerebro puede afectar las capacidades espaciales y de percepción, así como a los movimientos del lado izquierdo del cuerpo. Es de entender que las apoplejías de gran amplitud (que dañan a considerable porción de tejidos cerebrales) provocan mayor número de efectos e incrementan su gravedad.

Secuelas

No resulta raro encontrar personas que han sobrevivido a un derrame cerebral, pero en alto porcentaje de los casos el problema deja secuelas para el resto de la vida, entre las que pueden mencionarse:

 

 

Medidas a tomar

Cuando se produce la apoplejía es necesaria la hospitalización del paciente para determinar la causa, iniciar el tratamiento y evitar las complicaciones que pudieran surgir. La rehabilitación se inicia una vez que se estabiliza el estado del superviviente de derrame cerebral y se compruebe que se ha detenido el deterioro neurológico; por lo general ésta se dirige a la recuperación de aspectos como movimiento, equilibrio, percepción del espacio y del cuerpo, control de esfínteres, lenguaje y métodos de adaptación psicológica y emocional.

Como puede apreciarse, los programas de rehabilitación tras un derrame cerebral exigen el esfuerzo coordinado de muchos profesionales de la salud, y la experiencia acumulada ha propiciado que aproximadamente 80% de quienes han sufrido este problema hayan tenido una rehabilitación exitosa.

Se sabe que la frecuencia de casos de derrame cerebral aumenta dramáticamente con la edad, por ello se recomienda visitar al médico general para someterse a sencillo examen físico a fin de determinar los riesgos de sufrir este grave problema. Las estadísticas dictaminan que después de los 35 años de edad el peligro se duplica cada década, sobre todo si se incurre en hábitos como fumar y beber o se padecen enfermedades como las mencionadas anteriormente.