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El sobrepeso resta vida

Viernes 21 de febrero del 2014, 12:30 pm, última actualización.

En México existen 8.5 millones de personas mayores de 60 años y, de ellas, la mitad padece obesidad. Esto se traduce en limitada calidad de vida y propensión a enfermedades que, por suerte, pueden combatirse mediante alimentación adecuada, ejercicio y, ante todo, afecto.

El sobrepeso resta vida

Desde hace varias décadas México ha presumido su condición de “país de jóvenes”, pero la realidad es que, paulatinamente, la balanza se inclina hacia el lado de las personas mayores de 60 años. Así, este sector de la sociedad que en la década de 1970 era representado por 2.6 millones de personas (5.3% de la población total), hoy alcanza la cifra de 8.5 millones (8%).

Esta tendencia seguirá avanzando hasta volverse crítica, pues se estima que en 2030 el grupo de la tercera edad llegará a 20.7 millones de individuos (17.1% de los mexicanos) e, incluso, 20 años más tarde se aproximará a 33.8 millones, de modo que a la mitad del siglo prácticamente 1 de cada 3 habitantes de nuestro país será mayor a 60 años.

A este panorama hay que agregar que buena parte de la población mexicana sufre alguna enfermedad crónica (de larga duración) desde edad temprana, y que este tipo de padecimientos tiende a empeorar en la senectud, lo que es muy grave si consideramos que los servicios de salud no cuentan con la infraestructura para hacer frente a la situación.

Obesidad y “amigos” que le acompañan

La más reciente Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut 2006) revela que México es un país con sobrepeso; sí, porque 70% de la población con 30 a 60 años de edad lo padece. Cabe señalar que cuando nos enfocamos en quienes han vivido más de seis décadas, las cifras no muestran cambio considerable, aunque hay que decir que las mujeres tienden a aumentar más de peso en esta etapa de la vida.

Se sabe, y así lo marcan las estadísticas mundiales, que la obesidad sigue una curva ascendente (o por lo menos se mantiene estable) hasta los 75 años en promedio, para luego resentir una baja considerable, lo que se debe a la fragilidad propia de estas personas, dietas restrictivas y  presencia de enfermedades crónicas.

Es común que el paciente con obesidad presente colesterol elevado, diabetes (incremento en el nivel de azúcar en sangre), presión arterial alta o algún trastorno cardiovascular (del sistema circulatorio), y no es raro que, además, resienta el embate del cáncer o algún problema respiratorio mayor, lo cual puede sumarse a sobrepeso y limitar su capacidad para realizar actividades cotidianas.

La voz de la Geriatría

El Dr. Armando López Zamorano, geriatra adscrito al Hospital General Regional Carlos MacGregor Sánchez Navarro, perteneciente al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), localizado en la Ciudad de México, explica en charla exclusiva con saludymedicinas.com.mx que, en efecto, “con los cambios normales del envejecimiento hay una tendencia natural a subir de peso a partir de los 65 años de edad; sucede así porque se modifica la distribución de los tejidos, de modo que aumenta el volumen de grasa en tanto que se reduce el de hueso y músculo; además, se presenta mayor tendencia al sedentarismo (reducción de la actividad física), lo cual acentúa esta situación”, afirma.

No por nada tenemos gran cantidad de enfermos de diabetes, dice el médico internista, y ello se debe en gran medida al daño que la grasa le provoca a la insulina (hormona que permite el aprovechamiento del azúcar). Por ello, es importante que se fomente la actividad física en nuestros adultos mayores a fin de contrarrestar el sobrepeso y disminuir el riesgo de que aparezca dicho problema.

Por otra parte, enfatiza el experto, “la grasa no sólo se acumula en el cuello (papada), abdomen o cintura, sino que existe el riesgo real de que se formen placas de colesterol al interior de las arterias, sobre todo en las que llevan sangre al corazón, lo que aumenta la posibilidad de sufrir un evento cardiovascular (obstrucción del suministro de sangre)”.

¡Muévanse todos!

Una persona que llega a los 65 años se encuentra en proceso de  jubilación, lo cual le hace creer a la sociedad que se trata de un individuo incapaz de desempeñar labores y luchar por tener un ingreso extra. Es una realidad triste, dice el Dr. López Zamorano, “que se conviertan en ‘seres invisibles’ y que, aunque estén rodeados de gente, se encuentren en situación de aislamiento y sobreprotección”.

Abunda el entrevistado: “Con ello favorecemos el sedentarismo y la inmovilidad; si, además, hay obesidad, entonces se pueden producir alteraciones como la acumulación de secreciones en los bronquios (parte interna de los pulmones), lo que a su vez desencadena infecciones en estas estructuras, como bronquitis o neumonía”.

Asimismo, afirma el médico egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se debe considerar que las personas con poco movimiento sufren anquilosamiento, lo que significa que todas sus articulaciones se vuelven rígidas, presentan dolor y condicionan mayor inmovilidad. Esto provoca que algunos adultos mayores, a quienes podríamos considerar “abuelos jóvenes”, terminen postrados en cama o utilizando silla de ruedas.

En este sentido debemos destacar que no es necesario que la abuelita o el abuelito se convierta en deportista de alto rendimiento, pero sería recomendable que participe en las actividades domésticas y que tenga en mente caminar tanto como pueda o quiera, o bien, que practique natación, bicicleta fija, tai chi o yoga.

Dieta de amor

Los adultos mayores, al igual que los niños y adultos, deben seguir dieta personalizada que se ajuste a su estilo de vida y tome en cuenta su estado de salud. Así debe ser porque no pueden ser idénticos los planes de alimentación para alguien que sufre problemas intestinales que para quien padece diabetes, niveles altos de colesterol o pase la mayor parte del tiempo sin realizar actividad física.

Lo importante de una dieta no es restringir alimentos, sino distribuirlos en forma apropiada para que la persona consuma productos variados, pero con moderación. Así, en términos generales hay que procurar que no se abuse de las grasas, carbohidratos ni bebidas azucaradas, como refrescos, y darle preferencia a verduras, frutas y cereal integral.

Así lo establece el Dr. López Zamorano, quien relata que la mayor parte de los pacientes que atiende cotidianamente tienen el ánimo de cumplir con lo que se le recomienda; de cualquier forma, “los médicos debemos hacerle ver al paciente que nos importa su bienestar, y luego de ello, sugerirle que siga una dieta y plan de ejercicio acorde con su situación de salud general, para que no lo abandonen al poco tiempo”.

Concluye el experto: “Reitero que hay que demostrarle a nuestros ancianos que no son invisibles, y en ello la familia es sumamente importante, ya que muchas veces la persona de la tercera edad puede padecer una enfermedad que limita su actividad y esto hace que requiera de los demás. Debemos convertirnos en su apoyo y capacitarnos para saber qué tipo de cuidados requiere”.

Ejemplo de primera

En 2006 se publicó el resultado de interesante estudio realizado por investigadores adscritos al Centro de Nutrición Humana y a la División de Geriatría de la Washington University School of Medicine, en Estados Unidos, a fin de conocer el efecto de un programa de reducción de peso a través de dieta y rutina física regular en ancianos obesos.

El estudio tomó en cuenta que los participantes estuvieran en una situación de “fragilidad”, la cual se entiende como disminución de la habilidad para realizar actividades de la vida diaria, y que se vincula con pérdida de independencia e incremento de enfermedades.

Se examinaron 40 personas obesas mayores de 65 años, aunque finalmente se trabajó sólo con 27 de ellos que cumplían el criterio de fragilidad: 17 fueron asignados al grupo de tratamiento y los 10 restantes al de control (no se modificaron sus hábitos).

Así, se evaluó el estado físico general, fuerza muscular, equilibrio y capacidad para caminar, además de su constitución corporal y calidad de vida. Luego, el grupo de tratamiento se sometió durante seis meses a sesiones semanales de terapia de la conducta, así como a ejercicio físico tres veces por semana, incluyendo actividades como:

  • Caminar en recorridos de 15 metros.
  • Colocarse y quitarse una bata con botones.
  • Tomar una moneda del piso.
  • Levantarse y sentarse cinco veces en una silla.
  • Colocar un libro pesado en una repisa.
  • Subir un tramo de escalera.
  • Mantenerse de pie, con ambas piernas juntas, sólo que con un pie parcialmente retrasado respecto al otro.
  • Subir y bajar cuatro tramos de escalera, y dar un giro de 360º.

El resultado fue que el grupo en tratamiento perdió en promedio 8.4% de peso corporal, mientras el de control se mantuvo sin cambio. Además, el conjunto de “atletas” disminuyó su grasa corporal y aumentó su capacidad para realizar actividad física, pues mejoró su fuerza muscular, velocidad para caminar, aprovechamiento de oxígeno y capacidad para mantenerse de pie sobre una sola pierna.

SyM - Gabriela Matus

 

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