Infartos en la juventud - SyM
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Infartos, cada vez más frecuentes en menores de 45 años

Jueves 02 de marzo del 2017, 09:30 am, última actualización.

En la actualidad, aproximadamente 30% de los ataques cardiacos afectan a este grupo de la población, en tanto que hace veinte años esta cifra apenas llegaba al 10%, es decir casi se han triplicado. ¿Las razones? Sobrepeso, estrés, falta de ejercicio y fumar.

Infarto agudo al miocardio, Ataque cardiaco, Enfermedades cardiovasculares

Las enfermedades cardiovasculares son, desde hace mucho tiempo, la principal causa de muerte en México y el mundo. Ello a pesar de que la diabetes mellitus avanza a pasos agigantados en busca del nada honroso primer lugar del podium.

Hoy, sin embargo, nace una nueva preocupación entre la comunidad médica mexicana, ya que se ha descubierto en base a análisis estadísticos que el porcentaje de pacientes menores de 45 años que sufren infarto agudo al miocardio (muerte de parte del músculo del corazón por falta de suministro de sangre) ha aumentado notablemente.

Así lo revela el Dr. Francisco Javier León Hernández, especialista del área de Cardiología y Hemodinamia del Hospital de Especialidades Centro Médico La Raza, adscrito al Instituto Mexicano del Seguro Social y localizado en la Ciudad de México, y quien establece que dicha situación se debe a que la población infantil y juvenil de nuestro tiempo se encuentra más expuesta a los factores de riesgo que las generaciones pasadas.

Hacia una explicación

El Dr. León Hernández, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explica que “hace 20 años el 95% de los pacientes que se infartaban eran mayores de 45 años, pero paulatinamente se ha producido un viraje epidemiológico a tal grado que, durante el año 2006, los enfermos con este tipo de problemas llegaron al 30%”.

De acuerdo con el especialista, dicha situación se debe a que la población en general sufre los embates de una vida sedentaria (con poca o nula actividad física) y estilo de vida muy parecido al de los estadounidenses. Es un hecho, dice el galeno, que la inacción es cada vez más común en nuestro medio, lo cual se ha acentuado en años recientes por la necesidad de que los niños permanezcan más tiempo en su hogar debido a la inseguridad que reina en las grandes ciudades.

En tales circunstancias, un pequeño se dedica a ver la televisión o entretenerse con videojuegos, al tiempo que consume gran cantidad de golosinas y comida con altos niveles de grasas saturadas (pizzas y hamburguesas). Todo ello hace que se convierta en una persona obesa y lleve consigo esta condición hasta la vida adulta, donde tempranamente se enfrentará a problemas de colesterol y ácido úrico elevados, presión arterial alta y diabetes (índices excesivos de azúcar en sangre), los cuales son pasos previos a la aparición de ateroesclerosis (obstrucción de las arterias) y enfermedades cardiacas.

Hoy por hoy, enfatiza el entrevistado, el mayor porcentaje de los servicios de urgencia que prestan los grandes centros hospitalarios está dedicado a este tipo de pacientes. Podría afirmarse que 20% de la capacidad instalada se dedica a atender enfermedades agudas por infarto de miocardio o arritmias, pero si hablamos de las enfermedades cardiacas en general, el porcentaje se eleva aproximadamente a 60%.

Alta mortalidad y reincidencia

El Dr. León Hernández, quien es miembro del Consejo Mexicano de Cardiología, explica que “un paciente que ha pasado por un evento de este tipo tienen grandes posibilidades de sufrir un segundo ataque. Hay que recordar que estas enfermedades se van conformando durante un periodo de entre 10 y 20 años”, tiempo en el cual producen una oclusión (obstrucción) progresiva y crónica de las arterias coronarias (encargadas de suministrar sangre al músculo cardiaco).

Resulta lógico pensar que “si un paciente tuvo una lesión en una arteria coronaria, que se ocluyó y provocó un infarto, pueda sufrir un ataque más en otra zona del corazón, simplemente porque el resto de las vías sanguíneas estuvieron expuestas durante el mismo tiempo a los mismos factores. Por ello, no resulta raro que después de la primera lesión ocurra una nueva después de seis meses o un par de años”.

Hay que ser específicos “y decirle a la gente que un paciente que ha tenido un infarto, solamente por este hecho, debe ser considerado como paciente de alto riesgo. Así, las estrategias para su control, dieta, actividad física, niveles de colesterol y presión arterial, deben ser más estrictas que las de la población genera”, sentencia.

Quizá mucha gente se sorprenda al saber que la mortalidad del infarto al miocardio alcanza 50% durante el primer evento; es decir, que de cada 10 pacientes fallecerá la mitad: tres de ellos por muerte súbita en el lugar en ocurrió el ataque (casa, centro laboral o en la calle) y los dos restantes durante su estancia en el hospital por complicaciones.

Quede para la reflexión lo que añade el Dr. León Hernández: “Sólo 1 de cada 10 pacientes que sufre infarto presenta algún tipo de síntoma, como opresión en el pecho que se puede acompañar, o no, de náusea, vómito o sudor frío. De esta forma, es evidente el riesgo de morir porque en 90% de los casos el primer síntoma aparece hasta el momento que se experimentan el ataque”.

Diabetes y corazón

El Dr. León Hernández, catedrático de posgrado en la Facultad de Medicina de la UNAM, deriva la charla hacia la situación de las personas con diabetes porque, opina, su condición es propia de un paciente de alto riesgo. “Es importante resaltar que el paciente con diabetes no muere por su enfermedad, sino que 70% de los fallecimientos son por infarto de miocardio, que es muy diferente”.

Asimismo, “hay que decir que la posibilidad de que alguien con diabetes sufra obstrucción en el suministro de sangre al músculo del corazón es la misma que la del enfermo cardiaco de padecer un segundo ataque. Por lo tanto, las medidas de protección deben ser igual de estrictas”.

Los enfermos de diabetes suelen ser mal manejados porque “por costumbre se había considerado que el monitoreo de glucosa sólo se debía realizar en ayunas, pero hoy sabemos que esto es un error. El paciente puede tener sus niveles de glucosa aparentemente en rango normal al iniciar el día, pero después de comer se elevan de forma dramática. La gente creía que estaba bajo control, seguía comiendo de todo y, por desgracia, en pocos años se encontraba con un infarto”.

El especialista cardiaco explica que la mejor manera de saber el comportamiento de la glucosa en nuestro organismo es a través de la prueba de hemoglobina glicosilada, la cual establece los niveles de azúcar que existen en nuestro cuerpo durante tres meses consecutivos. Muchos médicos, dice el entrevistado, “no lo saben, aunque suene increíble, pero más difícil de creer es que, según estimaciones, sólo 5% de los pacientes con diabetes en México tienen este tipo de control. Es pavoroso”.

Para ratificar esto, “podríamos preguntar a los lectores que padecen diabetes si ellos se controlan con la prueba de hemoglobina glicosilada y nos daríamos cuenta de que la mayoría contestarán que no. Eso hace que la proyección a unos cuantos años sea pesimista: hoy la enfermedad tiene incidencia de 10.5%, y se estima que para el 2025 tendremos el primer lugar de casos de diabetes en América Latina”.

La gente debe acercarse a su médico y exigirle “un control estricto en cuanto a vigilar sus niveles de hemoglobina glicosilada, colesterol LDL (de baja densidad o ‘malo’), presión arterial y proteínas en la orina, porque se considera que un paciente con diabetes tiene dos veces mayor riesgo de enfermedad cardiovascular”.

Infarto: cambio de vida

Tras la impresión que supone un infarto cardiaco, el paciente y su familia deberán recomponer el camino y hacer a un lado el arraigo a hábitos higiénico-dietéticos que son, a todas luces, perjudiciales. Siempre bajo la atenta supervisión de un médico, habrá que aprender a comer sanamente, practicar deporte y vigilar los niveles de colesterol, ácido úrico, presión arterial y azúcar, entre otros elementos.

La calidad de vida puede modificarse, es cierto, pero ello depende de la cantidad de tejido que se haya lesionado. Así lo explica el cardiólogo León Hernández: “Si la persona sufrió un infarto pequeño, el ritmo de vida podrá ser prácticamente igual, aunque es obvio que hay hábitos que cambiarán: tendrá mayor control de peso, hará ejercicio, controlará su alimentación y dejará de fumar, con lo que le irá muy bien”.

Por su parte, “un paciente con infarto moderado seguramente tendrá mínimas restricciones para la actividad física, pero se puede decir que su vida será ‘normal’. No ocurre lo mismo en quienes sufren una lesión extensa, porque ellos sí ven reducidas su capacidad para realizar esfuerzo físico, aunque si se apega a las recomendaciones médicas tendrá una buena calidad de vida. Con rehabilitación adecuada es posible que se reintegren a su actividad laboral, pero quizá lo más complicado será modificar sus hábitos, ya que la enfermedad coronaria es una enfermedad de costumbres”, señala el experto.

Infartos en la juventud, mal pronóstico

Mucha gente podrá imaginar que es mejor enfrentar un infarto antes de los 40 años porque de esta forma, supone, habrá tiempo para corregir el camino. Empero, hay que entender que este padecimiento lesiona de forma irreversible al músculo cardiaco, haciendo que nuestras capacidades disminuyan, así sea mínimamente.

El Dr. León Hernández despeja una duda más cuando dice que “en definitiva, el pronóstico del infarto del miocardio es peor cuando afecta a alguien joven que cuando ocurre en edad avanzada. La naturaleza es sabia, porque cuando tienes una obstrucción crónica de una arteria coronaria a lo largo de 20 ó 25 años, el organismo realiza un proceso que se llama angiogenesis o circulación colateral”.

Explica el galeno: “Si manejas tu automóvil por una avenida y la encuentras congestionada por el tráfico, buscas calles aledañas para circular. Es lo mismo que hace el cuerpo: si la arteria coronaria o ‘calle principal’ está bloqueada, con el tiempo se construyen ‘caminos alternos’, redes de pequeños vasos alrededor de la obstrucción, y eso permite que el anciano padezca eventos un poco menos graves”.

Esto es diferente en los jóvenes, porque en tales casos “el proceso de obstrucción es más rápido y el organismo no pudo construir ‘vías alternas’ o circulación colateral. Por ello, un infarto idéntico en un anciano y en un joven afectará más al segundo y tendrá mayor repercusión en su calidad de vida”.

Sin embargo, concluye, “en todos los casos la recuperación dependerá de tres aspectos: la cantidad de daño que se tenga, la buena estrategia farmacológica por parte del médico y adecuado programa de rehabilitación para que el paciente recupere su capacidad física y se adapte a la nueva capacidad de su corazón”.

SyM - Juan Fernando González G.

 

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