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Retrato hablado del infarto cerebral

Jueves 02 de marzo del 2017, 09:33 am, última actualización.

Rápido, impetuoso, especialista en obstruir las arterias y provocar la falta de oxígeno es el infarto cerebral, cuyos cómplices, las hemorragias, actúan en forma parecida. Es parte de una pandilla llamada enfermedad cerebrovascular. Aquí, un retrato hablado de este asesino neuronal al que hay que evitar a toda costa.

Infarto cerebral, Síntomas de infarto cerebral
Retrato hablado del infarto cerebral

La enfermedad cerebrovascular ha cobrado gran notoriedad en los últimos años, y la prueba más evidente de ello se encuentra en las estadísticas oficiales. En efecto, los datos más recientes que emite el Sistema Nacional de Información en Salud señalan que este conjunto de padecimientos, entre los que se encuentra el infarto cerebral, son la cuarta causa de mortalidad general en México, tan sólo detrás de la diabetes mellitus (altos niveles de azúcar en sangre), padecimientos cardiacos y problemas hepáticos crónicos como cirrosis (formación de cicatrices en el hígado que ocasionan mal funcionamiento).

Para profundizar en la naturaleza de esta enfermedad que cobra la vida de casi 30 mil mexicanos anualmente, y distinguir sus síntomas, conversamos con el neurocirujano Cuauhtémoc Gil-Ortíz Mejía, adscrito al Centro Médico Nacional 20 de Noviembre (en la Ciudad de México) y perteneciente al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, quien explica que la enfermedad cerebrovascular se divide en dos ramas, la de tipo isquémico (embolia) y la de tipo hemorrágico (derrame).

El accidente cerebrovascular isquémico es el tipo más frecuente y se genera cuando se obstruyen las arterias por una condición llamada aterosclerosis. El trastorno, conocido popularmente como infarto cerebral, ocurre cuando se acumulan depósitos de grasa y plaquetas en la pared de las arterias formando una sustancia espesa (placa) que con el paso del tiempo se acumula y propicia que la sangre fluya anormalmente, formando coágulos.

Existen dos tipos de coágulos:

  • Los que se forman allí, en las arterias cerebrales, y que se conocen como trombos; por ello se habla de trombosis. Son más comunes en personas con triglicéridos y colesterol elevados.
  • Un coágulo que se desprende desde el corazón o arterias del cuello y que viaja a través de la sangre hasta el cerebro. Se le llama émbolo, por lo que la enfermedad se define como embolia.

El Dr. Gil-Ortíz Mejía, egresado de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional, explica que hay que diferenciar los dos tipos descritos porque una embolia normalmente le sucede a gente joven que tiene problemas con válvulas cardiacas o arritmias. Como el corazón no late bien, señala el especialista, “se provoca la formación de un coágulo que se desprende y se dirige al cerebro. Sin embargo, cualquiera de los dos tipos causan muerte de células y dejan secuelas”.

¿Y las hemorragias cerebrales?

Generalmente identificadas como derrames, se originan por presión arterial elevada y se subdividen de la siguiente forma:

  • Hemorragias subaracnoideas. Ocurre cuando un aneurisma (dilatación anormal en una arteria, semejante a un chichón o globo) se rompe, produciendo fuga de sangre y su diseminación por todo el cerebro.
  • Hemorragias parenquimatosas. Se refiere a la hemorragia que se genera por el rompimiento de microaneurismas (llamados aneurismas de Charcot-Bouchard), la cual forma coágulos en el cerebro.

Gil-Ortíz Mejía es enfático: “Cuando hablamos de hemorragias sabemos que las subaracnoideas tienen mucho mayor mortalidad que las que se relacionan con la aparición de coágulos, ya que la  sangre se riega por todo el cerebro y esto puede promover que haya un vaso espasmo (contracción de los vasos cerebrales). De presentarse esta complicación puede haber infarto, y con ello la muerte de neuronas que son altamente sensibles a la falta de oxígeno”.

Señales de alerta

Tanto el infarto cerebral como las hemorragias tienen sintomatología muy parecida: cefalea muy fuerte, vómito, mareo, náusea, pérdida de la fuerza de un brazo o una pierna, pérdida del conocimiento y alteraciones en el lenguaje.

Hay que decir, señala el neurocirujano, que “en hemorragia subaracnoidea el dolor es mucho más intenso, por lo que la gente refiere sentir que la cabeza le estalla; asimismo, es común que el paciente se desmaye o pierda el conocimiento por algunos minutos y luego se recupere. Sin embargo, hay que ser claros: muchos pacientes no recuperan el estado de conciencia”.

La recomendación máxima, sentencia el entrevistado, es que los individuos de entre 42 y 65 años que sean hipertensos vigilen estrictamente su presión arterial, que eviten los alimentos grasos y salados, así como la comida rápida o chatarra.

“Algo fundamental es advertir las señales de riesgo, es decir, los dolores de cabeza constantes y de tipo pulsátil, mareos continuos, sensación de vómito o asco por las mañanas. Si algo de esto sucede deben acudir a su médico para hacer una revisión, y si él lo considera necesario ordenará una tomografía o una angiorresonancia, estudios que permiten ver con mayor claridad los vasos sanguíneos.

“Estas pruebas no son invasivas (no requieren la introducción de una sonda y un medio de contraste) y no representan riesgo para el paciente, pero en el caso de los enfermos que ya sangraron seguramente deberán someterse a angiografía cerebral para tener diagnóstico preciso”, sentencia el experto.

Dicho estudio se realiza a partir de la colocación de un catéter que entra por la ingle, sube por la arteria aorta y llega a la carótida interna, la cual se encuentra ya en el cerebro. Es entonces que se dispara un medio de contraste (colorante) para identificar la causa del problema neurológico.

Como puede advertirse, el examen en referencia no puede incluirse en una revisión (check up) de rutina porque, independientemente de su costo, representa un riesgo para el paciente, ya que podría ocasionar un espasmo (contracción) en los vasos cerebrales, o bien, provocar alguna reacción alérgica al medio de contraste. En resumen, debe considerarse como la última instancia al alcance del médico para diagnosticar una lesión cerebral, siempre y cuando haya los suficientes elementos para sospechar de su existencia.

Actuar a tiempo, la gran diferencia

Un evento cerebrovascular, sea por infarto o hemorragia, se considera una emergencia que debe ser atendida a la brevedad posible. Si se trata de un problema isquémico (falta de oxigenación) habitualmente se aplica un medicamento para disolver los coágulos y restablecer el flujo sanguíneo en la zona afectada, con lo que el paciente tiene menos alteraciones a largo plazo.

Este tratamiento debe ser suministrado durante las tres primeras horas después del inicio de los síntomas para conjurar la mayor parte de secuelas que pudieran producirse, como hemiplejia (parálisis parcial del cuerpo), afasia (desorden en la comunicación y compresión del lenguaje) o pérdida de memoria, entre otros.

En caso de hemorragia, lo conducente es poner en orden a los villanos de la película: los aneurismas. Para ello, los médicos necesitan abrir el cráneo para llegar concretamente al espacio subaracnoideo (zona donde circula el líquido cefalorraquídeo), a fin de encontrar la arteria dañada y colocarle un sello, parecido a un clip, que impide la salida de sangre.

La mayoría de los aneurismas requieren este tipo de intervención quirúrgica, aunque otros responden a terapia endovascular, la cual, explica el Dr. Gil-Ortíz Mejía, “se trata de una técnica que se basa en la introducción de un catéter a través de la arteria femoral, que llega a la aorta y de allí a las carótidas con el fin de embolizar los aneurismas, es decir, atraparlos mediante sellos o “clips”.

“Ambos procedimientos tienen un riesgo inherente porque existe la posibilidad de que el aneurisma sangre durante la cirugía o en el momento en que lo embolizamos, ya que se puede romper. Sin embargo, son los únicos métodos que aseguran, si son bien realizados, que el paciente no volverá a sangrar. De lo contrario, si se deja la lesión sin reparar, el riesgo de que se presente un nuevo aneurisma en los próximos seis meses es muy alto”.

Lo ideal, enfatiza el neurocirujano, “es que cuando se produzca el primer sangrado se haga un diagnóstico rápido, se localice la ubicación del aneurisma y se opere”.

Proyección pesimista

Hay que enfatizar que la enfermedad cerebrovascular, en todas sus ramificaciones, se ha convertido en un problema de salud pública que tiende a crecer cada vez más. El Dr. Cuauhtémoc Gil-Ortíz Mejía conoce de primera mano cientos de casos similares a su paso por el Hospital General de México y el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, ambos de la Secretaría de Salud; el Hospital de Alta Especialidad de Petróleos Mexicanos, así como el Hospital Ángeles del Pedregal.

Es por ello que resulta sumamente fidedigna su opinión respecto al futuro que nos espera si no tomamos medidas preventivas: “Cada vez hay más casos de estos y la tendencia va a la alza por el tipo de vida que llevamos y la alimentación que seguimos. Yo les comento frecuentemente a mis alumnos que, al final, la comida es una especie de veneno porque nos perjudicamos con lo que ingerimos.

“La comida rápida es terrible y nos estamos acostumbrando a ella por las diferentes ocupaciones y el ritmo acelerado de vida, pero consumir alimentos llenos de colesterol, triglicéridos y azucares refinados nos conduce a tener muchos de estos problemas; si a esto le agregamos que la expectativa de vida de los mexicanos ha crecido en forma importante, es de esperarse que las enfermedades neurológicas de las que hemos hablado, los infartos y las hemorragias, aumenten considerablemente”, concluye.

¿Cómo detectar un infarto cerebral?

Los síntomas de infarto cerebral, cuando no se pierde el conocimiento, son claros:

  • Dolor de cabeza muy intenso, sin causa conocida (se suele describir como “el peor que se haya sentido”).
  • Mareo, problemas repentinos al caminar y pérdida del equilibrio o de coordinación.
  • Falta de sensibilidad que afecta a un lado del cuerpo.
  • Fallas en la visión que afectan a uno o ambos ojos.
  • Confusión e incapacidad para hablar o escuchar.

Por ello, cuando sospeches que una persona sufre un infarto cerebral, realiza estos tres pasos:

  • Pídele que sonría.
  • Dile que levante sus dos brazos.
  • Solicítale que repita una oración coherente y simple, como “el niño come muy bien”.

Si falla en cualquiera de estas pruebas, debes llamar de inmediato al servicio de emergencias para que el afectado reciba atención.

SyM - Juan Fernando González G.

 

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