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Obstrucción de carótidas, causa de infarto cerebral

Martes 31 de mayo del 2016, 04:43 pm, última actualización

Llevan sangre al cerebro y rostro, lo que permite al organismo efectuar sus funciones más importantes. Si estos conductos, conocidos como arterias carótidas, se obstruyen, pueden sufrirse daños neurológicos irreversibles por falta de oxígeno.

Obstrucción de arterias carótidas, Infarto cerebral

Es el órgano más complejo y de su desempeño depende que el cuerpo humano realice sus actividades de forma adecuada; por ejemplo, respirar, hablar, pensar, moverse, regular las funciones corporales básicas, ver y oír, entre otros. Para ello, el cerebro está provisto de 30 billones de células llamadas neuronas, cada una de las cuales sería como diminuta computadora dotada de múltiples conexiones que le permiten hacer su trabajo.

A fin de que lo anterior pueda cumplirse sin problemas, el encéfalo requiere suministro constante de oxígeno y nutrientes, mismo que obtiene a través de las arterias carótidas.

Sin embargo, diversas enfermedades pueden reducir o bloquear el flujo sanguíneo. “90% de los casos se asocian con aterosclerosis, padecimiento que se caracteriza por el desarrollo de placas grasas calcificadas que estrechan las arterias carótidas. Cuando el problema se agrava y deriva en obstrucción, tiene lugar un accidente cerebrovascular (suspensión en el suministro de nutrientes que puede ocasionar muerte de tejido cerebral)”, refiere el Dr. Marcelo Páramo Díaz, especialista en Angiología y Cirugía Vascular, posgraduado en el Hospital Universitario de Estrasburgo y en el Instituto Policlínico de Barcelona.

Anatomía arterial

Para entender mejor la naturaleza del estrechamiento y obstrucción de las arterias carótidas, resulta necesario conocer más de cerca su fisiología y funcionamiento. Dichas estructuras nacen de dos conductos sanguíneos que emergen de la arteria aorta (la principal del organismo), ascienden desde el tórax por la cara lateral del cuello y, a la mitad de éste, se dividen y dan lugar a las carótidas externas e internas.

Las primeras nutren a órganos y tejidos de cuello y cara, excepto los ojos; las internas, por su parte, se dirigen hacia arriba y penetran en la cavidad craneana. El flujo sanguíneo intracraneal se realiza por medio de las carótidas y vertebrales; éstas últimas se originan en el tórax (en los dos conductos subclavios, es decir, los que suministran sangre a los brazos) y también ingresan al cráneo.

Las ramas de las arterias vertebrales y subclavias confluyen en especie de glorieta denominada polígono de Willis, “cuya función es redistribuir el flujo sanguíneo y garantizarlo dentro de la cavidad craneana cuando alguna de las cuatro arterias presenta estenosis u obstrucción total. Asimismo, otras ramas de las carótidas y vertebrales se distribuyen en cerebro, cerebelo y globos oculares para mantener la circulación de la sangre y aporte de oxígeno y nutrientes adecuados”, explica el entrevistado.

“En presencia de enfermedad (como ateroesclerosis), la luz (espacio libre por donde circula la sangre) de las arterias carótidas disminuye hasta cerrarse en su totalidad; no obstante, la disfunción se suple parcialmente por medio del polígono de Willis y se restablece en parte el flujo sanguíneo intracraneal”, anota el fundador y ex presidente del Consejo Mexicano de Angiología y Cirugía Vascular.

Tal compensación no siempre se realiza en forma efectiva, lo cual depende de diversos factores. El más importante es la estenosis en la arteria carótida contralateral o en alguna de las arterias vertebrales, o bien, en caso de que la obstrucción sea súbita o la evolución muy rápida.

¿Cómo se manifiesta?

El descenso del flujo sanguíneo ocasiona síntomas como ceguera fugaz y reducción de la audición, además de alteraciones en gusto, olfato, sensibilidad, fuerza y movilidad de extremidades; en otros casos hay pérdida momentánea del estado de alerta, mareo, vértigo, disminución o pérdida de la memoria y desmayo.

“Cuando lo anterior se presenta por primera vez o de manera aislada, se le da poca importancia; sólo suelen tomarse medidas en el momento en que las alteraciones se tornan repetitivas. Además, en las consultas de primer contacto se pasa por alto la exploración de las carótidas”, acota el también ex presidente de la Sociedad Mexicana de Angiología.

Si el proceso sigue avanzando, el paciente puede sufrir un accidente vascular cerebral, el cual se manifiesta mediante desmayo súbito o, sin perder la conciencia, genera una hemiplejia (parálisis de la mitad del cuerpo), vómito, dolor de cabeza intenso y dificultad para hablar. Cuando el paciente llega al hospital, en ocasiones el flujo sanguíneo se restablece en forma espontánea, aunque también puede restituirse mediante tratamiento especializado.

“Es importante resaltar que cuando una región o el cerebro completo queda sin circulación por más de cuatro minutos, se genera daño irreversible. Es posible que se afecten los centros que controlan el latido cardiaco o la respiración”, advierte el Dr. Páramo Díaz.

Y agrega que uno de los daños más alarmantes es la afasia: “el paciente sigue con vida, pero es incapaz de hablar y comunicarse; en ocasiones, la capacidad visual puede estar alterada y la hemiplejia es frecuente. Esta última se presenta del lado contrario al hemisferio afectado debido a que las fibras del sistema nervioso se entrecruzan en el bulbo raquídeo (estructura que conecta al cerebro con la médula espinal)”.

Por lo tanto, es fundamental enfatizar que si una persona cursa con alguno de los síntomas mencionados, todo médico está obligado a hacer interrogatorio y revisión neurológica minuciosa; posteriormente, deberá canalizar al paciente a Medicina Interna, Angiología o Neurología.

Búsqueda del daño

El primer paso de la revisión del paciente en el hospital consiste en palpar las arterias carótidas a través del cuello; si no se detecta pulso, el diagnóstico es obvio. Asimismo, pueden auscultarse colocando el estetoscopio en el trayecto de las mismas: se le pide al enfermo que detenga su respiración por unos segundos para escuchar con más facilidad el latido y sus características. Pudiera escucharse un soplo, representación auditiva del fenómeno que genera el paso de la sangre por una estrechez dentro de la arteria.

“En la actualidad contamos con métodos, como la ultrasonografía doppler, que permiten establecer con toda facilidad y precisión la existencia de la alteración causante del estrechamiento carotídeo, cuál es su magnitud y extensión, así como localización y cercanía a la entrada del cráneo”, indica el angiólogo.

Soluciones

Existen diversos procedimientos mediante los cuales es posible restablecer el flujo sanguíneo de la arteria para prevenir el desarrollo de un accidente vascular cerebral. Al respecto, el Dr. Páramo Díaz explica que el método quirúrgico convencional consiste en abordar la carótida, incidirla y extirpar la placa de ateroma que disminuye u obstruye su luz; pueden administrarse anticoagulantes durante y después de la operación para evitar la formación de trombos en el sitio intervenido.

En los últimos 5 ó 6 años las técnicas quirúrgicas de las arterias carótidas se aplican sin necesidad de intervenir el cuello. Se introduce un catéter, generalmente por vía femoral en la ingle, se infla y dilata la arteria, y de inmediato se recubre con un stent (malla metálica) para evitar que vuelva a obstruirse. A fin de prevenir que un fragmento de placa de ateroma o coágulo se desprenda y emigre hacia la cavidad craneana, se protege la arteria con un filtro.

“En México tenemos poca experiencia en esta materia. Primero, por la falta de diagnóstico oportuno y, segundo, porque el material que se utiliza para dicho procedimiento y el equipo radiológico son costosos. Es necesario difundir todo lo referente a la patología que nos ocupa a la población para que conozcan y sepan identificar los síntomas iniciales de la estenosis u obstrucción de las carótidas”, aclara el angiólogo.

Por último, es fundamental que el paciente controle los factores de riesgo que influyen en la progresión de la aterosclerosis, como tabaquismo, consumo excesivo de grasa, diabetes (nivel de azúcar elevado en sangre), sedentarismo (escasa actividad física), hipertensión arterial (presión sanguínea alta) y enfermedades cardiacas.

SyM - Karina Galarza Vásquez

 

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