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La diabetes no toma vacaciones

Miércoles 22 de febrero del 2017, 10:30 am, última actualización

Aun en periodos de descanso, la diabetes demanda atenciones puntuales para que las personas que la padecen puedan entretenerse y divertirse plenamente; en particular, los adolescentes que salen de vacaciones deben ser cuidadosos para dar seguimiento a su tratamiento y evitar complicaciones. Entérate cómo y por qué.

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La diabetes mellitus es una enfermedad que se caracteriza por la presencia de altos niveles de glucosa en sangre, debido a la nula o escasa secreción de la hormona encargada de mantener niveles de azúcar normales: insulina. Las personas con este padecimiento requieren cuidados en cuanto a dieta, rutina de ejercicios y administración de medicamentos, a fin de evitar complicaciones tan delicadas como ceguera, daño en vasos sanguíneos, nervios, riñones y sistema circulatorio, además de amputación de alguna pierna en casos extremos.

Se estima que esta enfermedad de tipo crónico es uno de los males hereditarios más frecuentes tanto en niños como en adultos; de ella se distinguen dos tipos de diabetes:

  • Diabetes juvenil o tipo 1. Se presenta en niños e incluso en bebés; es la más grave, pues hay ineficiencia casi absoluta en el sistema de producción de insulina, ubicado en el páncreas. Esto se debe a la presencia de antecedentes familiares aunados a infecciones virales, acumulación de toxinas y estrés que desencadenan una respuesta errónea del sistema inmunológico (que protege de enfermedades), el cual destruye a las células productoras de dicha hormona (islotes de Langerhams).
  • Diabetes tipo 2. Es habitual de la edad adulta y más benigna en tanto que puede ser controlada con medicamentos y dieta que mantienen los niveles de azúcar en cifras manejables, pues aunque en cantidades mínimas, el organismo todavía genera insulina. Llega a afectar a jóvenes que además de tener antecedentes familiares aprenden malos hábitos de sus padres: comen altas cantidades de grasa y azúcares, y no hacen ejercicio.

Como es de imaginarse, se requieren conciencia y disciplina por parte de quien padece diabetes para llevar un tratamiento adecuado y riguroso en beneficio de la salud, pero el cuidado debe ser mayor en el caso de niños y adolescentes, ya que del seguimiento de las medidas médicas dependerán su educación, desarrollo individual, integración a la sociedad y, en concreto, su formación como seres humanos.

Educar a un hijo con diabetes no es sencillo, pero lo cierto es que tampoco es imposible; la enfermedad es sólo una parte de su vida, y como cualquier otro niño o adolescente es capaz de practicar deportes, convivir con amigos, fantasear, ilusionarse con el futuro, enamorarse y divertirse. También puede salir de casa en vacaciones, solo o acompañado, y antes que representar una situación de peligro puede tratarse de una oportunidad inmejorable para afianzar los cuidados y responsabilidades hacia su condición.

Adolescentes y diabetes

La adolescencia es la edad de los cambios; inicia entre los 12 y 13 años, e implica transformaciones, tanto físicas como emocionales, que llevan a la toma conciencia de uno mismo y a la creación de la personalidad, de modo que todo lo que ocurre en este proceso es de gran relevancia y significado para el joven.

Ser más alto puede convertirse en sinónimo de hacerse mayor, mientras que el aumento de peso puede vivirse como algo embarazoso; la aparición de vello en pubis y axilas, así como el crecimiento de barba y el cambio de voz en los chicos, y el desarrollo de senos en las chicas, pueden experimentarse a su vez como señales de peligro o de afirmación de madurez o independencia. Así, la exploración de los cambios puede ser fascinante, pero también resulta problemática, ya que el adolescente da atención excesiva a las formas del cuerpo, y si éstas no coinciden con los estereotipos de belleza pueden generarse angustia y temor a quedarse solo.

A la par de los cambios físicos se presenta el inicio de la maduración mental y emocional, caracterizado por altibajos en los sentimientos: se suele actuar con rebeldía, el trato hacia otros miembros de la familia no destaca por su cortesía y muchas acciones suelen atacar a la escuela y a los profesores, pero también está presente una faceta que muestra aburrimiento e indiferencia ante lo que ocurre en el entorno por sentirse "fuera de sitio". Lo cierto es que, aunque toscas, estas expresiones y la búsqueda de "ser diferente" son manifestaciones de una agresividad constructiva y esencial para la formación de la personalidad.

Ante este panorama, no es extraño encontrar que los jóvenes con diabetes cambien sus prioridades, desechen todo aquello que creen que les ha sido impuesto e intenten relegar la atención de su enfermedad a segundo plano. Por ello, los padres, en estrecha relación con médicos, maestros y familiares, deberán ser comprensivos y mantenerse atentos para que sus hijos acepten su situación y se apeguen a los requerimientos médicos, de ejercicio y alimento.

Esto porque es frecuente que los adolescentes con diabetes, casi siempre del tipo 1, tienen dificultad para apegarse a su tratamiento, de modo que les llega a fastidiar la administración de la hormona que no genera el páncreas mediante inyecciones subcutáneas, a fin de controlar los niveles de azúcar en sangre. También puede ser engorrosa la restricción de alimentos y el tener que fraccionar las comidas en 5 ó 6 dosis diarias para evitar altibajos de glucosa.

De igual manera, algunas investigaciones indican que la hormona del crecimiento producida durante la pubertad para estimular el desarrollo óseo y muscular puede llegar a actuar como bloqueador de la insulina, de modo que el azúcar en sangre se vuelve difícil de controlar, creando situaciones muy frustrantes para el chico, que siente que sus esfuerzos por cuidarse son inútiles.

Por ello, especialistas y padres deben ser comprensivos en el hecho de que el adolescente, en plena formación de su personalidad, se siente "atado" a la rutina de administrarse insulina, así como limitado respecto a sus amigos, quienes sí pueden ingerir alimentos dulces o grasosos que abundan en locales de comida rápida, cines, cafeterías, fuentes de sodas y otros centros de entretenimiento frecuentados por los jóvenes.

Así, el apego a medidas médicas debe establecerse no con amenazas, sino a través de una actitud honesta, sensible y de apoyo en la que se permita a los muchachos tomar sus decisiones, para luego comprender su enfermedad y los efectos benéficos de la terapia; dicho de otro modo, se debe enseñar que el tratamiento es en beneficio propio, una manera de aceptarse y de asumir las propias responsabilidades.

También es importante que todo adolescente con diabetes reciba orientación sobre la importancia de no iniciarse en el consumo de alcohol y tabaco, los cuales son utilizados por gran cantidad de jóvenes debido a la adopción de estereotipos, pero que afectarían negativamente a la salud de quienes presentan escasa o nula producción de insulina.

Finalmente, es muy importante que los padres, profesores y médicos (en ocasiones apoyados por un psicólogo) alimenten la autoestima del adolescente con diabetes, y que pongan especial énfasis en que su condición no es desfavorable con respecto a otros chicos de la misma edad, sino que sólo es distinta, y ello no impedirá relacionarse libremente con amistades y personas del sexo opuesto.

¿De vacaciones? ¡Claro!

La diabetes no está de pleito con la diversión ni con los viajes, de modo que quienes padecen esta enfermedad, incluyendo a los adolescentes, pueden programar un viaje en compañía de su familia o amigos siempre que se tomen las medidas adecuadas para dar continuidad a la terapia en el lugar de descanso.

Cabe señalar que cuando la información y el seguimiento de las medidas para prevenir la diabetes son adecuados desde temprana edad, mayor será el compromiso que el adolescente observará hacia su padecimiento. De ahí que la enseñanza sobre el tratamiento debe erradicar situaciones extremas, como sobreprotección, que hace que un niño o adolescente se sienta inútil y diferente respecto a sus semejantes, y el regaño, en donde el dolor generado por la inyección de insulina es conceptualizado como un "castigo" ante la rebeldía o "falta de responsabilidad".

La mejor terapia es la que se basa en una comunicación abierta entre padre e hijo, y en ella se reconocerá que si el muchacho desea que se le trate como a un adulto, deberá hacerse cargo de su propio plan de control incluso en vacaciones.

Así, comencemos por indicar que el adolescente tendrá que consultar a su médico antes del viaje para definir los ajustes necesarios en la terapia. Cabe destacar, por ejemplo, que la alimentación del paciente con diabetes tipo 1 se dosifica en varias raciones al día para evitar el incremento o descenso de los niveles de azúcar y, por ello, si el joven va a realizar modificaciones en su horario, ya sea porque visitará otra región del mundo o simplemente porque piensa levantarse más tarde para dormir un poco más, debe reestructurar su horario de comidas.

De igual manera, es probable que se realicen pequeños ajustes en las dosis de administración de insulina, en los horarios para el monitoreo de glucosa o la práctica de ejercicio; por ello, nada mejor en estas circunstancias que contar con la asesoría y aprobación del endocrinólogo que lleva el caso.

Asimismo, el paciente adolescente y el médico pueden ahondar acerca de algunas normas esenciales durante el viaje, como:

  • Llevar siempre el material necesario para administrar insulina y efectuar la medición del azúcar en sangre.
  • Procurar que la insulina no se exponga a altas temperaturas, de modo que para evitarlo se puede recurrir al uso de un termo previamente enfriado.
  • Nunca se debe dejar la insulina en la guantera de un coche, sobre un radiador u otra fuente de calor. Tampoco debe quedar expuesta a la luz directa del Sol.
  • Llevar siempre azúcar y frutas a la mano ante la posibilidad de que los niveles de azúcar desciendan inesperadamente (hipoglucemia).
  • En caso de viajes largos por carretera, se debe tomar un receso para ingerir algún alimento cada dos horas. Esta medida es particularmente importante si el mismo paciente es el conductor.
  • Nunca se debe dejar la insulina y demás materiales junto a las maletas, sino que deben colocarse con el equipaje de mano dentro de un "maletín básico", que debe incluir: insulina en cantidad suficiente, jeringas, medidor de glucosa y alimentos con carbohidratos de absorción rápida (galletas o frutas).

Para establecer este tipo de responsabilidades, es muy útil que los niños o adolescentes con diabetes asistan a campamentos organizados específicamente para ellos, ya que esto les permite relacionarse con otros chicos que comparten el mismo problema, de modo que bajo asesoría médica especializada aprenden a convivir con su enfermedad. Uno de los organismos con mayor experiencia en la realización de este tipo de eventos es la Asociación Mexicana de Diabetes, que cuenta con representaciones en cada estado de la República.

Por último, los padres deben explicar a su hijo adolescente que hacerse adulto implica hacerse responsable, de modo que la atención correcta de su enfermedad, contrario a lo que se piensa, le ayudará a tener ventaja sobre sus compañeros de la misma edad, ya que su condición le permite aprender a tomar decisiones cada día sobre su alimentación, ejercicio y horarios, convirtiéndolo en una persona valiosa y madura.

SyM - María Elena Moura

 

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