Si nos dejan...

  • SyM - Mario Rivas
Relaciones sexuales en la tercera edad

En realidad, el desarrollo de la vida sexual del ser humano termina hasta el momento en que finaliza la vida, y es tan personal que más vale hacer caso omiso de los comentarios sociales. Después de todo, cada quien es maestro y discípulo de sí mismo.

A través de la difusión de ciertos estereotipos, tenemos la idea generalizada, consciente o no, de que al envejecer terminaremos cumpliendo con una de estas imágenes: el ancianito comprensivo o el viejillo gruñón. Reflexionemos en las limitaciones que ellas implican y en que, por cierto, ninguna de ellas contempla la práctica de relaciones sexuales.

La realidad es bastante diferente. Según encuestas realizadas en distintos puntos de Latinoamérica, con información proporcionada por gente mayor de 60 años, el interés por mantener relaciones sexuales persiste en 72% de los hombres y 65% de las mujeres. En contraste con este dato, encontramos que sólo 42% de los hombres con más de seis décadas se mantiene sexualmente activo, en tanto que su contraparte femenina alcanza 36%.

¿Por qué se presenta esta diferencia numérica tan marcada entre quienes mantienen latente su deseo sexual y quienes tienen prácticas sexuales? La explicación no es muy sencilla, tampoco muy agradable.

Gracias a distintos estudios, los especialistas han establecido que las relaciones sexuales son más frecuentes entre los 16 y 25 años. Rebasada esta edad, cada persona cumple con una periodicidad diferente e individual para la actividad sexual, aunque regularmente disminuye.

Este comportamiento, han deducido sexólogos y geriatras, no está determinado por motivos corporales, sino por factores sociales. Paulatinamente, y aunque una mujer u hombre tenga establecido su tipo de conducta sexual, las presiones del entorno le llevan a quitarse el derecho de ejercer sus funciones, en especial las sexuales. El argumento más "sólido" que suele presentarse es el que alude a la disminución de las condiciones físicas.

Por fortuna, hay gente que resiste tales presiones y se sabe, por ejemplo, que en el grupo de personas que ejercen su sexualidad sobre la séptima y aun octava década de la vida, la frecuencia con que tienen relaciones íntimas varía desde una vez diaria hasta una mensual.

Así pues, se ha concluido que la mayor limitación para que una persona de la tercera edad ejerza su sexualidad es la presión social que la obliga a adoptar su rol establecido: especie de niño grande al que se le asignan labores muy limitadas y cuyas funciones sexuales no deberían existir. Esta imagen puede cambiar y para ello, los protagonistas de tal situación deben “poner la primera piedra”.

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