Cómo prevenir trastornos digestivos en niños - SyM
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Trastornos digestivos en bebés, ¿cómo enfrentarlos?

Jueves 01 de diciembre del 2011, 05:33 pm, última actualización.

La mayoría de los problemas estomacales e intestinales en niños pequeños no son de gravedad, por lo que suelen solucionarse espontáneamente o gracias a cambios en los hábitos alimenticios; sin embargo, es importante conocer los trastornos digestivos para que reciban la atención adecuada y no interfieran en su desarrollo.

Trastornos digestivos en bebés, Regurgitación y vómito

El crecimiento infantil se relaciona estrechamente con la nutrición, ya que la leche materna y los primeros alimentos sólidos (frutas y verduras) se encargan de proporcionar vitaminas, minerales, proteínas y energía que se requieren para la formación de tejidos, órganos, huesos y hormonas. Por ello, es importante vigilar el buen funcionamiento del sistema digestivo en los primeros meses o años de vida, pues de ello dependerá que el infante cuente con la "materia prima" que le permita desarrollar sus funciones mentales y físicas.

Aunque los problemas digestivos durante la lactancia e infancia son muy comunes y casi siempre se experimentan en forma ocasional, hay que decir que requieren la atención de padres y pediatras para observar su evolución, dar atención adecuada cuando se requiera y así descartar serias repercusiones como desnutrición, talla y peso inferiores a los esperados e, incluso, problemas respiratorios.

Así, es importante que los progenitores tengan conocimiento de los factores que intervienen en el surgimiento de los trastornos más comunes, como regurgitaciones, cólicos, diarrea y estreñimiento, a fin de saber cómo actuar ante cada uno de ellos. Así, a continuación presentamos una explicación más detallada, no sin antes recordar cómo ocurre el proceso de digestión en condiciones normales.

Funcionamiento habitual

El aparato o sistema digestivo es el encargado de recibir los alimentos, fraccionarlos en sus componentes esenciales, absorber los nutrientes para incorporarlos al flujo sanguíneo y eliminar los restos no digeribles. Todo este proceso tiene la finalidad de proveer al organismo de elementos necesarios para formar y nutrir a las células y proporcionar energía.

Este conjunto está formado por el tracto gastrointestinal, que a su vez está integrado por boca, garganta, esófago, estómago, intestino delgado, intestino grueso (colon), recto y ano, así como por algunos otros órganos encargados de secretar sustancias útiles para la digestión, como páncreas, hígado, glándulas salivales y vesícula biliar. Un sistema digestivo saludable procesa la comida a través de los siguientes pasos:

  • Primero se ingieren los alimentos a través de la boca, que también se encarga de masticar (cuando ya hay dientes), agregar saliva y deglutir, es decir, tragar el bocado. Todos estos actos son controlados concientemente.
  • A continuación, la comida pasa al esófago, que es un tubo que se conecta con el estómago; precisamente en esta unión cuenta con un anillo de músculos que funciona como "válvula" (esfínter esofágico inferior) para evitar que el alimento regrese.
  • El estómago se encarga de generar sustancias especializadas (enzimas y ácido clorhídrico) para mezclarlas con los alimentos, a fin de que éstos se fraccionen en moléculas y queden libres de buen número de microorganismos.
  • Al concluir, el estómago vacía su contenido hacia el intestino delgado, donde se agregan jugos del páncreas e hígado que facilitan su aprovechamiento. La paredes de esta parte del tracto también absorben nutrientes y los incorporan a la sangre.
  • La comida pasa al intestino grueso, donde principalmente se obtienen agua y minerales. Además, es aquí donde se encuentra la mayoría de las bacterias que ayudan a los procesos digestivos, conocidas como flora intestinal.
  • Finalmente, los productos de desecho y las células más viejas que se desprenden de las paredes del tracto gastrointestinal se desechan a través del recto y ano.

Cualquier hecho que altere este proceso da origen a los padecimientos que a continuación presentamos:

Regurgitación y vómito

Es considerado por muchos pediatras el problema digestivo más común en infantes (cerca del 48% llegan a padecerlo) y se distingue porque, luego de comer, el pequeño hace buches, escupe e, incluso, vomita pequeñas cantidades de leche o papilla con olor agrio. Esto ocurre debido a que el alimento ingerido se mezcla con ácidos estomacales, tal como sucede normalmente, pero regresa hacia la boca (hecho conocido como reflujo) por la inmadurez o falta de fuerza del esfínter esofágico inferior, que no cierra la entrada del estómago.

A pesar de que causa alarma, este problema desaparece en la mayoría de los casos entre los 6 y 12 meses de edad, cuando los músculos del sistema digestivo adquieren la fortaleza necesaria para realizar su trabajo. Sin embargo, más vale no confiarse e informar al pediatra sobre la frecuencia con que se presente el reflujo, ya que es probable que se tengan que adoptar medidas correctivas:

  • Mantener al bebé en posición vertical durante 1 ó 2 horas después de comer para dificultar el retorno de los alimentos.
  • Ofrecer pequeñas cantidades de comida, pero con mayor frecuencia (cada 3 ó 4 horas), para no recargar el estómago del niño y facilitar el trabajo al esfínter esofágico inferior.
  • Si el niño consume papillas, elaborarlas un poco más espesas para dificultar su retorno al esófago.
  • Cuando se ofrezca fórmula láctea, prepararla sin que tenga burbujas, pues el aire entorpece la digestión y favorece el reflujo.
  • Procurar que el pequeño duerma de lado para evitar que el alimento devuelto pase a las vías respiratorias y cause ahogo.

Asimismo, es absolutamente necesario que los padres acudan al pediatra en caso de que el lactante rechace los alimentos o se llene rápidamente, no aumente de peso y talla conforme a lo esperado, llore a menudo y muestre carácter irritable, tosa con frecuencia y se ahogue, genere sonido similar a un silbido cuando respira o manifieste molestias en la garganta y pecho (el pequeño extiende exageradamente el cuello y mueve hacia atrás la cabeza).

Todos estos síntomas pueden indicar que el esfínter del niño continúa con problemas e incluso que el reflujo de jugos estomacales ha originado daño en esófago, garganta e incluso pulmones. Para establecer el alcance del problema se requiere auscultación directa por parte del pediatra y, en ocasiones, estudios especializados, como los que miden el grado de acidez que hay en la saliva y esófago.

Cabe destacar que el vómito abundante también puede ser síntoma de otros problemas, y siempre deberá ser atendido por un pediatra. Por ejemplo, si la expulsión del contenido estomacal es enérgica y muy a menudo puede indicar estrechamiento u obstrucción en la unión entre estómago e intestino delgado (estenosis pilórica), en tanto que cuando se acompaña de fiebre, somnolencia y carácter irritable puede ser indicio de una infección que el especialista seguramente tratará con antibióticos.

Diarrea

Los niños menores de un año realizan habitualmente 4 a 6 deposiciones al día, y cuando sólo toman pecho suelen tener evacuaciones frecuentes y espumosas, por lo que, para tranquilidad de muchos padres, los médicos coinciden en señalar que la consistencia del excremento no es realmente importante cuando el infante luce alegre y sin cambios notables en su humor. En cambio, la presencia frecuente de heces líquidas sí es motivo de consulta cuando el pequeño presenta poco apetito, vómito, fiebre, pérdida de peso y baja talla de acuerdo a su edad.

La causa más frecuente de diarrea es una infección producida por bacterias o virus, y más allá de la incomodidad que representa par a el menor, necesita la atención de un profesional para reducir el riesgo de pérdida excesiva de líquidos o deshidratación. Luego del diagnóstico, el tratamiento de diarrea suele consistir en:

  • Reponer el agua perdida mediante bebidas ricas en minerales o suero oral.
  • Mantener la dieta común, basada en leche y papillas de frutas o verduras.
  • En caso de que la fiebre sea muy alta, el pediatra puede recetar medicamentos que disminuyan la temperatura (antipiréticos).
  • Sólo en infecciones severas ocasionadas por bacterias se recurrirá al uso de antibióticos, y siempre bajo prescripción del pediatra.
  • En caso de que el niño tenga parásitos intestinales o amebas se recurrirá al uso de medicamentos específicos (antihelminticos y antiamebianos, respectivamente).

La diarrea también puede ser consecuencia de otros padecimientos, los cuales impiden la asimilación de nutrientes y, por tanto, pueden frenar el crecimiento del menor. Entre los principales destacan:

  • Enfermedad celíaca. Es heredada de los padres, y consiste en que el gluten (proteína típica de algunos cereales, sobre todo del trigo) genera alergia en el intestino, lo que ocasiona absorción inadecuada de nutrientes, poco apetito y defecaciones claras, abundantes y de mal olor. Se deben eliminar de la dieta todos los productos que contengan este grano y sustituirlos por otros elaborados con maíz y arroz.
  • Fibrosis quística. Padecimiento hereditario que altera la función de varios órganos, entre ellos el páncreas, que no tiene la capacidad de producir suficientes enzimas. Todo esto genera dificultad para digerir proteínas y grasas, además de que la defecación es abundante y maloliente. Para controlar el problema pueden administrarse las sustancias que no genera la glándula por vía oral.
  • Mala absorción de azúcares. Se presenta de manera transitoria (a causa de infección) o de por vida, cuando el bebé no puede producir enzimas intestinales que permiten aprovechar determinados azúcares (por ejemplo, la lactasa para digerir lactosa). El problema puede ser tratado eliminando de la dieta los alimentos específicos que generan las dificultades.
  • Alergia a la leche. No es tan común, pero causar diarrea, vómito y sangre en la defecación; desaparece rápidamente cuando se sustituyen los lácteos por una fórmula a base de soya, pero se vuelve a presentar en cuanto se ingiere leche.  

Estreñimiento

Es difícil identificar la escasa presencia de evacuaciones, ya que éstas puede variar considerablemente. En muchos casos es normal que un bebé que defeca cuatro veces al día llegue a hacerlo una sola vez cada dos días. Asimismo, no es raro que los niños sufran molestias cuando excretan materia fecal dura y grande, mientras otros lloran cuando eliminan una blanda.

El diagnóstico de estreñimiento, por tanto, lo debe realizar exclusivamente el pediatra, quien introduce suavemente un dedo con un guante en el ano del niño. Los síntomas de estreñimiento se suelen aliviar cuando se dilata la parte final del tracto digestivo, 1 o 2 veces, aunque también se puede recurrir al uso de un laxante suave, sobre todo en aquellos casos en que el esfuerzo ha generado una herida en el revestimiento del ano.

En caso de que el estreñimiento persista, el pediatra se encargará de descartar otras posibles causas, tales como enfermedad de Hirschsprung (mal funcionamiento del sistema nervioso y gran tamaño del intestino) o deficiencias en la glándula tiroides.

Cólico

En estos casos el pequeño sufre dolor abdominal (cólico proviene de la palabra colon), inquietud, movimiento de piernas constante, ruidos intestinales y carácter irritable debido a excesiva cantidad de gas en el vientre. No se conoce la causa precisa de este trastorno, pero se ha observado con mayor frecuencia en niños que lloran demasiado (la respiración agitada hace que trague mucho aire), aunque también se genera por alergia a la leche u otro alimento.

No es un padecimiento que ocasione desnutrición, por lo que el niño con cólicos suele crecer adecuadamente; de cualquier forma, es posible calmar las molestias tomándolo en brazos, meciéndolo o dándole suaves palmaditas; también se recomienda utilizar un biberón con un agujero pequeño para que no ingiera mucho aire. Este problema desaparece casi siempre hacia los tres meses de edad.

Alimentación insuficiente o excesiva

El primero de estos problemas se reconoce cuando el niño, en vez de calmarse y permanecer dormido después de comer, se muestra inquieto, se despierta 1 o 2 horas después de haber tomado pecho y parece hambriento; además, es común que registre aumento de peso y talla menores a lo esperado. Si esta situación persiste, se observará a largo plazo desarrollo más lento o menor en algunas habilidades físicas y mentales.

El diagnóstico de este problema, a cargo del pediatra, se obtiene al repasar los detalles de la alimentación del niño junto con los padres, y se soluciona básicamente al aumentar la cantidad de leche o papilla que se ofrece en cada toma.

Por el contrario, la sobrealimentación se distingue por el aumento considerablemente mayor del peso esperado, en tanto que la talla permanece dentro de lo estimado. Aparentemente no genera problemas, además de que un bebé gordito es bien visto por familiares y amigos; sin embargo, se ha observado que los problemas relacionados con la obesidad que surgen en infancia, adolescencia o edad adulta tienen su origen en el exceso de alimentos brindados durante la lactancia.

Cuando el aumento de peso es demasiado rápido, lo mejor es disminuir la cantidad de alimento que se proporciona en cada toma, bajo asesoría del pediatra, a fin de evitar problemas de salud futuros.

Por último, queda recordar que los trastornos digestivos durante los primeros meses o años de vida son bastante comunes, en muchas ocasiones por la inmadurez del sistema digestivo del infante, pero siempre deben ser atendidos con oportunidad, por parte de los padres y del pediatra, a fin de asegurar que el crecimiento del menor no se vea obstaculizado por falta de nutrientes en su dieta.

SyM - María Elena Moura

 

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