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Samuel Hahnemann, Genio de la Homeopatía

Viernes 20 de enero del 2017, 10:30 am, última actualización

Hombre que alcanzó el prestigio en vida es Samuel Hahnemann, quien legó a la humanidad una nueva manera de entender la Medicina. El 11 de abril se cumplen 255 años del nacimiento del padre de la Homeopatía, ciencia que sigue ganando popularidad.

Samuel Hahnemann, Genio de la Homeopatía

Controvertido, amado o criticado, su nombre no deja indiferentes a médicos y científicos, sea cual sea su idea respecto a la Homeopatía. Lo cierto es que la vida de Cristiano Federico Samuel Hahnemann (1755-1843) es una historia fascinante de búsqueda, esfuerzo y generosidad.

Tampoco está exenta de misterio, pues poco se sabe de los primeros días de su infancia, aunque existen registros que indican que fue el tercero de los cuatro hijos que tuvieron el pintor Cristiano Federico Godofredo Hahnemann y Juana Cristiana Hahnemann, matrimonio asentado en Meissen, pequeña ciudad de Sajonia, en Alemania.

Fueron precisamente sus padres quienes le enseñaron a leer y escribir, a pesar de sus múltiples ocupaciones. Quizás esta atención ayudó a que Samuel Hahnemann mostrara aptitudes sorprendentes desde temprana edad, así como admirable vocación para el estudio de otras lenguas. A los 12 años ya era alumno adelantado y manifestaba excelentes cualidades morales.

Samuel Hahnemann tenía 20 años (1775) cuando decidió estudiar Medicina en la Universidad alemana de Leipzig, por lo que tuvo que abandonar su localidad y emprender la aventura con unos cuantos marcos en el bolsillo.

Al poco tiempo tuvo la fortuna de recibir la ayuda de un miembro del Consejo Académico de la escuela, apoyo que se materializó en una beca que le permitiría estudiar gratuitamente. Sin embargo, para cubrir sus gastos de manutención explotó al máximo su capacidad en el conocimiento de diversos idiomas: griego, latín, italiano, francés e inglés, y se dedicó a traducir textos de todo tipo.

Transcurrieron dos años y Hahnemann decidió partir a Viena, capital de Austria, donde trabó sólida amistad con el médico más prestigiado de la época, el Dr. Quarin, quien atendía personalmente a la emperatriz María Teresa. Siempre dispuesto a aprender, el todavía estudiante aceptó trasladarse a la ciudad de Hermannstadt como bibliotecario y asistente personal del gobernador de esa localidad, pero pronto se aburrió y regresó a Alemania para doctorarse en Medicina y regularizar así su situación profesional.

En 1781, Hahnemann recibió el doctorado por la Universidad de Erlangen con la tesis Concepctus adfectuum spasmodicorum oetiologicus et therapeuticus (Consideraciones sobre las causas y tratamientos de las afecciones espasmódicas), lo que le permitió empezar a ejercer su profesión.

El nacimiento de la Homeopatía

Se dice que Hahnemann se desencantó con los métodos empleados por los facultativos de su época, y que esto le orilló a una especie de retiro voluntario donde se dedicó a la traducción de textos y aprovechó al máximo la libertad para elegir los títulos, de modo que seleccionó aquellos que estuvieran relacionados con Medicina y Herbolaria. Lector ávido y disciplinado, se topó con el libro Materia Médica del médico escocés William Cullen, y fue entonces que descubrió que sería muy interesante hacer algo que nadie había hecho hasta el momento: experimentar en hombres sanos.

Hahnemann lo relató así en sus memorias: “Tomé, para experimentar, dos veces por día, 4 dracmas (1 dracma equivale a 3 gramos y 24 centigramos) de quina (China callisaya). Mis pies, y extremidades de los dedos se tornaron primeramente fríos; me sentí somnoliento y lánguido, mientras mi corazón palpitaba; temblaba sin que estuviésemos en época invernal y tuve postración en todo el cuerpo, en todos mis miembros. Sentí pulsaciones en la cabeza, enrojecimiento de mis mejillas, sed y, en resumen, síntomas típicos de la fiebre intermitente (malaria) aparecieron uno después de otro, aunque sin el peculiar escalofrío”.

Los síntomas se presentaban “3 ó 4 horas cada vez, y reaparecían si yo tomaba la dosis de la misma manera. Dejé de tomar la quina y los malestares cesaron. He aquí la manera en que me introduje por esta nueva vía: ‘tú debes —pensé— observar la manera de actuar de los medicamentos en el organismo del hombre cuando él se encuentra en la placidez de la salud’”.

Hahnemann recibió la ayuda de muchos amigos, quienes aceptaron convertirse en “conejillos de Indias” para percibir los diferentes síntomas y luego clasificarlos, basados en las reglas del método científico. Las primeras sustancias que se ordenaron fueron azufre, mercurio, belladona e ipecacuana, pero también se aventuraron con plata, oro, licopodio y cloruro de sodio, entre otros productos minerales, vegetales y animales.

Principios elementales

Tras 6 años de intensos experimentos y análisis de sus teorías, el padre de la Homeopatía publicó un tratado en el que resumió los fundamentos de este sistema médico terapéutico: Ensayo sobre un nuevo principio para descubrir las virtudes curativas de las sustancias medicinales, aparecido en 1796.

Lo que se destacó en esa obra, en primer lugar, fue la necesidad de conocer las propiedades y virtudes de las sustancias medicinales por medio de pruebas en hombres sanos. Contrario a lo que pudiera pensarse, el genio alemán reconoció el valioso servicio que la Química le presta a la Medicina, sin dejar de advertir que cada individuo es diferente y por ello necesita que se le apliquen remedios específicos.

La palabra Homeopatía fue ideal para describir la nueva ciencia, toda vez que utiliza las raíces griegas homeos, que significa “semejante”, y pathos, “enfermedad”, haciendo referencia a que una dolencia puede curarse por medio de aquello que genera síntomas parecido.

Es cierto que este principio fue descubierto por el famoso médico griego Hipócrates, pero fue Hahnemann quien lo puso en práctica de manera científica, comprobando que cuando una sustancia tóxica produce ciertos síntomas en una persona sana, es capaz de aliviarlos en alguien enfermo, siempre y cuando el fármaco se utilice en dosis terapéuticas.

Y en este sentido, no se puede pasar por alto otra aportación de Hahnemann: el principio de las dosis infinitesimales, que se refiere al hecho de adecuar la cantidad de medicamento que se le ofrece al enfermo para que no haya efectos nocivos. Para lograrlo, hay que diluir la sustancia original y dinamizarla (agitarla) para que aparezcan todas sus propiedades curativas.

Por supuesto, es fundamental que el diagnóstico homeopático se base en la ley de la individualización. De ahí que los especialistas en esta terapéutica hagan suyo el viejo aforismo: “no hay enfermedades, sino enfermos”, lo que significa que las manifestaciones de un trastorno son propias de cada persona.

De este modo, los médicos homeópatas saben que no existen cuadros específicos y universales de una enfermedad, sino que los síntomas son únicos en cada enfermo, y por tanto, la aplicación del tratamiento es particular e intransferible.

Los últimos años

Hahnemann fue blanco de constantes ataques debido a que la Medicina convencional caminaba en sentido opuesto a sus postulados. Sus enemigos principales se encontraban en las trincheras de los farmacéuticos y médicos mediocres; los primeros lo odiaban porque reclamaba para los doctores el derecho de preparar sus propios medicamentos, mientras que los facultativos lo descalificaban por usar métodos “misteriosos” y dar información que, según ellos, no debían conocer los pacientes.

Algo que molestó sobremanera a los enemigos de la nueva medicina fue el éxito que tuvo para controlar y terminar la epidemia de escarlatina (enfermedad que genera fiebre, erupción y dolor de garganta) que se produjo en 1799.

Hahnemann curó a muchas personas de esta afección, y fue entonces que difundió que la belladona era el medicamento que producía en el individuo sano manifestaciones semejantes a dicho mal y, por tanto, era igualmente benéfica para atender a los individuos afectados, lo cual efectivamente sucedió.

Fue tal el resentimiento contra el padre de la Homeopatía que los productores de medicamentos promovieron proceso en su contra acusándolo de ser infractor de las normas existentes, las cuales prohibían a los médicos surtir medicamentos a sus enfermos, aunque éstos fueran gratuitos.

Los farmacéuticos proponían, al mismo tiempo, convertirse en los proveedores de las recetas homeopáticas para acabar con el pleito, pero Hahnemann se rehusó por completo, ya que no podía confiar la cura de los enfermos a sus adversarios.

Como todo ser humano, Hahnemann padeció algunos problemas personales: su yerno y discípulo, Mossdorf, abandonó a su hija Luisa y desapareció de la ciudad. El Dr. Suss, casado con otra de sus hijas, Amelia, murió en 1826, dejando en la orfandad a un hijo recién nacido. Sin embargo, y a pesar de otras vicisitudes, el protagonista de esta historia tuvo vida satisfactoria.

La bronquitis fue una enfermedad que persiguió a Hahnemann toda su vida. Como es de suponer, el maestro se trataba a sí mismo, pero al paso del tiempo buscó la ayuda del Dr. Chatran, uno de sus más prestigiados discípulos.

A pesar de numerosos cuidados y la mirada atenta y cariñosa de su esposa, dicho padecimiento mermó su vitalidad. El 2 de julio de 1843, a los 88 años de edad, se extinguió la vida de Cristiano Federico Samuel Hahnemann, quien dio su último aliento en presencia de su mujer, su hija Amelia, su nieto Leopoldo Suss y sus queridos seguidores y amigos. El padre de la Homeopatía murió en completa lucidez de sus funciones intelectuales.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente el punto de vista de la Asociación Nacional de la Industria Farmacéutica Homeopática, A.C. (Anifhom).

SyM - Juan Fernando González G.

 

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