Cómo superar el trastorno por estrés postraumático - SyM
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Estrés postraumático, ¿secuelas de por vida?

Martes 20 de diciembre del 2016, 02:02 pm, última actualización

Producto de nuestro tiempo, el trastorno por estrés postraumático (TEPT) es término que agrupa las secuelas que deja el experimentar un hecho violento, como asalto, violación o secuestro. Aunque se le llega a minimizar, es condición que requiere atención psicológica para mejorar la calidad de vida.

Estrés postraumático, ¿secuelas de por vida?
Estrés postraumático, ¿secuelas de por vida?

De acuerdo con el Manual estadístico de las enfermedades mentales (DSM-IV, por sus siglas en inglés) el trastorno por estrés postraumático es la respuesta que una persona desarrolla luego de exponerse a un suceso altamente estresante, lo cual ocurre cuando enfrenta seria amenaza a su integridad física, su vida o la de otras personas.

Los especialistas en salud mental señalan que los sucesos que generan este padecimiento son los secuestros, presenciar la muerte o lesiones producidas a una persona en un asalto o riña, así como enterarse de un robo con alto índice de agresividad sufrido por un familiar o amigo cercano. Los ataques físicos, violencia sexual o abuso a menores también forman parte de esta categorización.

Las secuelas

La Dra. Luciana Ramos Lira, investigadora del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, explica que esta disfunción emocional, si bien fue estudiada por Sigmund Freud, empezó a caracterizarse de manera formal a partir de las experiencias sufridas por los sobrevivientes de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, para luego continuar con los veteranos de Vietnam.

Se observó, dice la especialista, que muchas de las personas expuestas a la guerra eran adictas al alcohol y drogas, y que ésta era la única manera que encontraban para lidiar con sus emociones. Sin embargo, fueron algunos sobrevivientes del holocausto, como el psiquiatra austriaco Victor E. Frankl o el científico y escritor italiano Primo Levy, quienes narraron lo ocurrido y establecieron que “la violencia se detiene, pero las secuelas no”.

Esto significa, afirma la psicóloga social, “que lo que viviste puede parar, pero lo que sientes y te afectó es vitalicio, sobre todo cuando experimentas situaciones de larga duración, como un secuestro, en el que hay violencia emocional, física e incluso sexual. Esto es distinto a un hecho agudo, algo muy corto y rápido que puede ser extremadamente impactante, pero no se iguala con permanecer raptado durante 50 días o vivir en un campo de concentración”.

Una de cada cuatro personas sufre este tipo de trastorno tras experimentar un suceso violento, el cual se caracteriza por miedo, impotencia y terror. Con frecuencia existe la reexperimentación persistente del acontecimiento, es decir, se presentan flashbacks o pesadillas que reproducen lo ocurrido, así como reacciones físicas o psicológicas ante estímulos internos que se asocian con el suceso.

Es común, asimismo, que se traten de evitar personajes, hechos, situaciones, lugares o pensamientos asociados con la experiencia traumática, y que se reduzca la capacidad de vincularse con otras personas. Finalmente, son recurrentes insomnio, irritabilidad y actitud de alerta excesiva (hipervigilancia). Todas estas actitudes se consideran patológicas si prevalecen al menos un mes y si obstaculizan el desarrollo de las actividades cotidianas del individuo.

La Dra. Ramos Lira señala que es habitual que la víctima se niegue a hablar del tema y que, incluso, la memoria se vea afectada. También, abunda, “se instala una sensación de aislamiento y se piensa que se es diferente a los demás”.

Diversos grupos de estudio consideran que este problema puede tener un efecto acumulativo, lo que significa que una persona expuesta a dos, tres o más sucesos violentos pudiera desarrollar depresión, fobias y ansiedad. Existe también el riesgo de caer en adicción a drogas y alcohol.

Algo por demás grave, apunta la también catedrática, “es el rompimiento de creencias básicas, porque se deja de percibir un mundo bueno y justo; se pierde la confianza en las personas y en las instituciones, y se altera el concepto de uno mismo; por ello, las frases ‘no valgo nada’, ‘por algo me paso esto’ o ‘soy un estúpido’ son de lo más común”.

Evolución de las reacciones

La investigadora establece que los estudios en torno al estrés postraumático en nuestro país datan de mediados del decenio 1990-2000. En ese entonces, afirma Ramos Lira, “se empezaban a vislumbrar muchas de las cosas que en este momento son muy notorias, como desconfianza hacia la policía, percepción de que no estamos protegidos y, curiosamente, una marcada diferencia entre ricos y pobres para protegerse de la delincuencia”.

Abunda sobre este aspecto: “Los sectores de clase media y media alta querían restringir la circulación en la colonia o cerrar la calle, proponían castigos severos, reducir la edad penal, es decir, soluciones muy represivas y de corte policíaco. En tanto, los estratos más pobres (que vivían también la violencia en su propia familia o a manos de las bandas de su barrio) apostaban por políticas sociales, empleo y educación”.

Al paso de los años, dice la especialista, “recuerdo que me sorprendía escuchar que la gente pugnaba por autoprotegerse, por cargar una pistola y matar a alguien que los atacara. Es comprensible esta actitud, porque hay un vacío y una gran desconfianza que genera respuestas de autoprotección extremistas”.

¿Quién está más expuesto?

La analista explica que los hombres, en general, sufren mayor violencia en la calle por su estilo de vida y el rol que desempeñan en la cultura mexicana. Aunado a esto, es más frecuente que ellos se vean implicados en riñas y accidentes donde el alcohol es protagonista.

Las mujeres, comenta la entrevistada, “experimentamos otro panorama, aunque cada vez estamos más expuestas a las agresiones. Tradicionalmente, el sexo femenino sufre ataques por parte de personas cercanas, como sucede en el caso de la violencia sexual hacia mujeres adultas, ya que en 75% de los casos el agresor es un familiar o la pareja de la víctima”.

El panorama es curioso, dice la investigadora, “porque las mujeres, a pesar de ser menos victimizadas en la calle, somos más miedosas que los hombres; esto pasa porque nos hacen sentir vulnerables, mientras que a los varones se les permite pelear y ponerse en riesgo para demostrar su virilidad”.

Que hablen las víctimas

Aunque ambos sexos compartimos los mismos riesgos, abunda Ramos Lira, hay algunas variaciones en las que están inmersas las reacciones ante un hecho violento. “En un estudio con personas que habían sido asaltadas en vía pública pudimos advertir que mujeres y varones presentaron los mismos síntomas, es decir, miedo, pesadillas y actitud de hipervigilancia”.

Sin embargo, la actitud de los hombres “era de gran enojo pues no podían aceptar que un tipo los hubiera maniatado o sometido; había también un gran deseo de encontrar a los asaltantes para desquitarse. Los varones, además, mostraron gran dificultad para hablar de su dolor y sus miedos frente a su familia o amistades, porque decían: ‘yo soy el jefe de familia y no me puedo quebrar ante mi esposa o mis hijos’”.

Algunos de los encuestados lloraron durante la entrevista y otros más aceptaron que lo habían hecho, pero lo ocultaron porque pensaban que era malo expresarlo. Sentían temor de que su reacción se percibiera como falta de fuerza y hombría, sin darse cuenta de que en realidad tenían una afectación psicológica.

Queda para la reflexión la conclusión de la investigadora Ramos Lira: “No creo que los mexicanos tengamos ‘pasta de víctimas’; creo, más bien, que actuamos como sobrevivientes porque tenemos mucha resistencia ante situaciones de crisis. Hay un fatalismo histórico, es cierto, pero cómo no experimentarlo con la clase de gobiernos que hemos tenido. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que en nuestro país, cuando la gente se levanta, saca los machetes”.

SyM - J. Fernando González G.

 

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