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Sueño en la tercera edad

Miércoles 12 de abril del 2017, 12:13 pm, última actualización

La mayoría de los adultos mayores descubren que el proceso de envejecimiento les lleva a sufrir cambios en su patrón de sueño y, por desgracia, suele ser común la dificultad para dormir. La buena noticia es que hay soluciones para mejorar el descanso nocturno.

Sueño en la tercera edad, Insomnio

Si eres adulto mayor o convives con alguno, quizá los cambios en el ciclo de sueño te parezcan incomprensibles, además de que quisieras encontrar solución para evitar que durante el transcurso del día sufras somnolencia y en la noche insoportable insomnio (dificultad para dormir).

El psiquiatra Alfonso Martín del Campo Laurents, fundador de la Clínica de Trastornos del Sueño del Hospital General de México, dependiente de la Secretaría de Salud y localizado en la capital del país, explica en exclusiva para saludymedicinas.com.mx que “desde que nacemos hasta que envejecemos hay una evolución en nuestro patrón o arquitectura del sueño, de tal modo que el recién nacido, por ejemplo, duerme más de 95% del tiempo, mientras un anciano lo hace sólo durante 6 horas o menos al día”.

Sin embargo, dice el reconocido especialista, antes de explicar algunos de los trastornos más comunes en la tercera edad hay que recordar que el sueño fisiológico del adulto se compone de cinco fases: “Las primeras cuatro se llaman de ondas lentas, pero particularizando encontramos que las fases 1 y 2 corresponden a sueño ligero (o inducción) y estabilización, respectivamente, en tanto que las 3 y 4 son la parte del sueño profundo, en las que descansamos y el cuerpo realmente se relaja. La quinta etapa corresponde a la de movimientos oculares rápidos (MOR) o sueño paradójico, llamada así porque los ojos se desplazan de manera rápida y horizontal, lo cual significa que la persona está soñando”.

Hacia una explicación

Diversos estudios muestran que la estructura del sueño cambia a lo largo de nuestra existencia. Es así que conforme el individuo envejece, la cantidad total de tiempo que se invierte en el sueño lento (fases 3 y 4) se reduce y, en consecuencia, aumenta el tiempo de sueño ligero (fases 1 y 2).

También sucede que el primer periodo de sueño MOR se prolonga, aunque el tiempo total que se experimenta en esta fase se reduce. Esto quiere decir, por ejemplo, que cierto individuo puede tardar una hora para llegar a la etapa 5 (denominada de la ensoñación), y que una vez allí sólo se mantenga 5 ó 6 minutos —en lugar de los 12 ó 15 que son habituales en la juventud y edad adulta— antes de que el ciclo regrese a la fase próxima anterior.

En general, los pacientes ancianos tardan más tiempo en dormirse y despiertan con mayor facilidad, por lo que experimentan frecuentes despertares por la noche y a primera hora de la mañana, lo que les hace más proclives a que tomen una o más siestas diurnas.

Estos cambios pueden conllevar menor nivel de alerta por sufrir excesiva tendencia a dormir durante el día, además de cambios de humor y aumento del riesgo de caídas. A su vez, aunque son las mujeres quienes presentan más quejas en referencia a su sueño, estudios especializados (polisomonografía) han mostrado que la arquitectura del sueño en las ancianas se preserva más que en los varones de la misma edad.

A pesar de las consideraciones anteriores, el Dr. Martín del Campo Laurents afirma que es muy aventurado señalar alguna causa específica de los cambios descritos. Se sabe, dice el investigador, “que por una condición natural —yo diría genéticamente determinada y que todavía no se entiende muy bien—, los seres humanos dormimos cada vez menos conforme vamos envejeciendo”.

Abunda el experto: “Realmente yo he hecho esta pregunta en diversos foros y congresos y nadie sabe la respuesta. Algunas teorías sostienen que todo se debe a que el cerebro del anciano está maduro y no necesita dormir demasiado para conservarse. En este sentido, un recién nacido requiere dormir mucho porque su cerebro se encuentra en etapa de desarrollo y el sueño le permite consolidar sus funciones, así como realizar óptimamente las conexiones neuronales; pero, repito, esto sólo es un supuesto”.

Del insomnio y otras cosas

El insomnio es el trastorno del sueño más frecuente en la población general, y debe entenderse como la dificultad persistente para la conciliación o el mantenimiento del sueño, despertar precoz o descanso poco reparador, a pesar de que se disponga de condiciones adecuadas para el reposo.

Para que un paciente sea diagnosticado con insomnio es necesario que se presente al menos una de las siguientes condiciones:

  • Fatiga o sensación de malestar general.
  • Dificultad para la atención, concentración o memoria.
  • Cambios en el rendimiento social o laboral.
  • Alteraciones de carácter, somnolencia y disminución de la energía, motivación o iniciativa.
  • Propensión a cometer errores en el trabajo, conducción de vehículos u operación de maquinaria.
  • Tensión muscular o dolor de cabeza (cefalea), así como preocupaciones, obsesiones o miedos en relación con el sueño.

El Dr. Alfonso Martín del Campo explica con todo detalle que muchas veces los abuelitos quieren acostarse a dormir a las 9:00 de la noche, y a las 3:00 de la madrugada despiertan sin saber qué hacer, pero esto no necesariamente indica algún problema. En otros casos, dice el especialista, “lo que sucede con la gran mayoría de los ancianos es que al llegar a esta etapa vital padecen cierta enfermedad, muchas veces crónica (de larga duración), que les impide tener sueño reparador. A fin de cuentas, hay que entender que el sueño es reflejo de la salud”.

Asimismo, las cifras de los problemas relativos al tema que nos ocupa son impactantes porque, de acuerdo con el entrevistado, “el insomnio se considera la segunda causa de visita médica en el mundo, tanto en pacientes de la tercera edad (geriátricos) como en adultos en general”.

Malos hábitos

Las conductas inapropiadas para dormir son fundamentales para encontrar la razón por la que determinada persona no puede descansar adecuadamente. “En el caso de los ancianos —señala el entrevistado— dice cierto refrán: ‘Chango viejo no hace maroma nueva’, lo que significa que si una persona ha tenido malos hábitos durante 50 años, difícilmente cambiará. Hay viejitos de 70 años que tienen arraigadas muchas costumbres inadecuadas, y si dentro de éstas se incluye levantarse al baño dos veces durante la noche, por ejemplo, es muy complicado cambiar esta conducta que afecta al dormir”.

En cuanto al diagnóstico de los trastornos del sueño en la tercera edad, el especialista indica que primero se debe hacer la historia clínica del paciente. Por ello, se tienen que recoger datos sobre enfermedades médicas, consumo de estimulantes (cafeína, alcohol) o fármacos, y preguntar acerca de padecimientos crónico-degenerativos (que avanzan con el tiempo), como diabetes (elevación en el nivel de azúcar en sangre), presión arterial elevada o trastornos psiquiátricos.

Es fundamental, no obstante, “elaborar la historia de higiene del sueño, es decir, saber a qué hora duerme o se va a acostar el paciente, si cena o no —si lo hace, tiene que identificarse cuánto tiempo antes de ir a dormir y qué tipo de alimentos consume—, a qué hora despierta en la madrugada, cuántas veces lo hace, así como si sueña o no, entre muchos otros factores”.

Ciertamente, reflexiona el psiquiatra, existen múltiples razones para no dormir bien, pero más allá de las que corresponden al ámbito científico, “comparto la opinión de muchos colegas que piensan que los ancianos empiezan a perder perspectiva de la vida, de modo que es necesario que ellos se nutran de las experiencias de los jóvenes con los que conviven”.

De esta forma, señala el Dr. Martín del Campo Laurents: “Si nietos e hijos conviven con el abuelo, le dedican tiempo y lo respetan, él se sentirá fortalecido y tendrá motivos para mantenerse en buena forma. A los ancianos no hay que ‘dejarlos en paz’, ni arrinconarlos; necesitan estimulación, cuidado y acercamiento con su familia. Tal vez así se resuelva algún trastorno del sueño, sin necesidad de visitar a ningún especialista”.

SyM - Juan Fernando González G.

 

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