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Lactobacilos, bacterias en favor de la salud

Numerosos alimentos mejoran el funcionamiento intestinal y ayudan al sistema de defensas gracias a que contienen lactobacilos o bacterias lácticas, las cuales trabajan armónicamente con la flora intestinal. Descubre cómo ocurre esto.

Si bien la relación entre dieta y salud fue reconocida por el pueblo chino desde hace varios siglos, amén de que el médico griego Hipócrates afirmó hace casi 2,500 años que “la alimentación debe ser tu medicina”, fue hasta años recientes que se prestó renovada atención a este importante campo.

Las cifras no mienten y muestran en todo el mundo el creciente interés hacia el consumo de productos que además de nutrientes aporten beneficios a las funciones fisiológicas del organismo, dando lugar a una nueva área de desarrollo en Nutrición llamada de “alimentos novedosos”.

Dentro de ese conjunto cada vez más variado encontramos productos elaborados con leche o cereales. Sobresalen el yogurt y otras leches fermentadas que contienen microorganismos conocidos como lactobacilos, bacterias que optimizan el funcionamiento del sistema digestivo.

El consumo de fermentos lácteos se elevó desde la década de 1960 hasta alcanzar la amplia demanda actual. En ello han influido las notables innovaciones tecnológicas en su fabricación y el deseo de millones de personas que procuran alimentarse sanamente.

También, la competencia entre distintas marcas y laboratorios ha influido en el mejoramiento del cultivo de diferentes familias de bacterias lácticas (Lactobacillus), lo que a su vez ha dado lugar a importante variedad de productos en que intervienen microorganismos como acidophilus, johnsonii, casei, fermentum, crispatus, reuteri, rhamnosus o plantarum.

Cualidades

Para facilitar el estudio de numerosos productos, complementos dietéticos y alimentos novedosos que encontramos en el mercado, los especialistas han creado cuatro categorías que los engloban, dependiendo de su acción:

Los fermentos lácteos se ubican en la categoría de los probióticos, ya que además de proporcionar vitaminas, proteínas y minerales, sus microorganismos se mantienen vivos en el interior del intestino, donde contribuyen con la flora local a eliminar toxinas y digerir alimentos, además de que mejoran la absorción de nutrientes y reducen el riesgo de sufrir enfermedades en el colon, incluso cáncer.

A esto hay que añadir que los lactobacilos son fuertes competidores de espacio vital, por lo que inhiben a agentes infecciosos dañinos culpables de la diarrea; incluso, se estima que pueden eliminar a microorganismos tan agresivos como las bacterias del grupo Salmonella cuando la superan en proporción de 10 a 1. Su método de acción es sencillo: se multiplican aceleradamente y obligan a los invasores a desaparecer ante la falta de alimento y espacio.

Debido a todo esto, las bacterias lácticas son empleadas no sólo en productos nutricionales, sino también para elaborar ciertos medicamentos que previenen infecciones intestinales, disminuyen el tiempo de recuperación en caso de diarrea (incluso ocasionada por virus) o revierten problemas secundarios ocasionados por antibióticos, que al consumirse en dosis elevadas o de manera continua afectan el equilibrio de la flora intestinal.

Quizá estos microorganismos nos tengan reservadas nuevas sorpresas en un futuro cercano, pues investigaciones en curso se encaminan a comprobar que algunas cepas de lactobacilos ayudan a mejorar la inmunidad (resistencia a enfermedades) del ser humano, reducir el colesterol en sangre, prevenir el cáncer colorrectal, mejorar la intolerancia a la lactosa, disminuir el riesgo de padecer alergias y hasta controlar la presión arterial.

Caso por caso

Veamos de cerca los tipos de bacterias lácticas más comunes:

Además de esto, varias investigaciones han demostrado que estas bacterias lácticas obligan al cuerpo a producir interferón gamma, sustancia eficaz contra infecciones (en las mujeres ayuda a evitar las que se originan en la vagina) y que reduce la severidad en casos de alergia. Por ello, el yogurt se recomienda ampliamente para la alimentación del ser humano y en la recuperación de quienes padecen anorexia, asma, alcoholismo o cáncer.

Por cierto, un estudio efectuado en Finlandia y publicado por la prestigiada revista científica The Lancet reveló que los hijos de mujeres que consumieron este probiótico, 2 a 4 semanas antes del alumbramiento, tuvieron mejor desarrollo de la barrera protectora de la pared intestinal, mayor respuesta en la formación de anticuerpos y lograron conformar una flora intestinal adecuada, es decir, reforzaron tres factores que previenen la aparición de alergias ocasionadas por alimentos.

Recientes estudios en ratones demuestran que esta familia de bacterias lácticas disminuye el riesgo de padecer cáncer de colon y, de manera cada vez más insistente, se acepta su eficacia en la prevención y tratamiento de gastritis. También se ha observado su efectividad al reducir problemas de acidez estomacal en quienes siguen tratamiento con fármacos que irritan al estómago.

Varias investigaciones buscan encontrar la dosis adecuada de bacterias que ayudaría a disminuir estos problemas circulatorios de manera “natural”, a fin de crear nuevos productos que generen efectos secundarios mínimos o nulos, con lo que se elevaría considerablemente la calidad de vida de los consumidores.

Nuevas investigaciones realizadas en la Universidad de Nebraska, Estados Unidos, indican que ciertas cepas de este microorganismo (acidophilus DDS-1) pueden reducir los niveles de colesterol y neutralizar o inhibir sustancias que generan cáncer. Otras familias de este lactobacilo han demostrado capacidad para acabar con algunos hongos y virus, por lo que se cree que pueden retardar la manifestación de herpes y gripe.

Para tomar en cuenta

A pesar de que los resultados llenan de optimismo y nuevas ideas a médicos e investigadores, debe quedar claro que todavía falta mucho para determinar la amplitud y viabilidad del uso de lactobacilos como medicamentos (agentes bioterapéuticos), así como las dosis exactas para atender enfermedades.

Así, aunque existe en el mercado importante número de alimentos y complementos nutricionales que incluyen bacterias lácticas y que garantizan su eficacia en el tratamiento de diversas enfermedades, principalmente trastornos gastrointestinales, no es posible considerarlos medicamentos, sino agentes que en combinación con una dieta balanceada sirven para reforzar el funcionamiento y resistencia del sistema digestivo.

A decir de diversas investigaciones realizadas en Europa, se ha demostrado que los productos comerciales sí incluyen bacterias lácticas que ofrecen resultados comprobados, pero su concentración no es la indicada para tratar padecimientos, o bien, la cantidad de microorganismos que contienen puede disminuir durante su conservación. Por ello, la recomendación de nutriólogos y gastroenterólogos es incluir yogurt y productos fermentados con lactobacilos en la dieta diaria, pero nunca emplearlos como sustitutos de los medicamentos prescritos por el médico.

Historia saludable

La casualidad quiso que el ser humano conociera a las bacterias o bacilos lácticos desde épocas remotas, e incluso se especula que el afortunado encuentro ocurrió antes del desarrollo de la agricultura. Se piensa que los pueblos nómadas (sin asentamiento fijo) de Turquía, Asia central y Bulgaria transportaban leche fresca en sacos de piel de cabra, y debido al contacto con este material y al calor, se propició la multiplicación de bacterias que fermentan el alimento, volviéndolo una masa semisólida.

Debido a su agradable sabor y facilidad de transporte y conservación, estos productos fueron adoptados en la alimentación local, por lo que no es extraño que justo ahí se acuñaran los términos yogurt (de origen árabe) y “leche búlgara”. Más aún, estos productos mostraron benéficas virtudes para el sistema digestivo y la prevención de enfermedades intestinales.

La fama de los derivados lácteos se extendió y hubo otras regiones del mundo donde comenzaron a producirse. Así, el dahi, originario de la India, era y es considerado alimento de dioses debido a la sensación de bienestar que genera, mientras que médicos de la Grecia antigua emplearon al yogurt para tratar problemas estomacales, respiratorios y del hígado.

Otros fermentos de leche famosos, cuyas características, textura y sabor dependen del proceso de elaboración, ingredientes y microorganismos involucrados, son el mazum, de Armenia; el masslo, de Irán; el giooddon, de Italia; el filmjolk, de Suecia, y el kéfir, de Rusia. Mención aparte merece el kumis, con el que Genghis Khan, célebre emperador mongol del siglo XIII, alimentaba a su invencible ejército.

En la era moderna, el científico ruso Elie Metchnikoff demostró a principios del siglo XX que los fermentos lácteos se deben a la capacidad de las bacterias de convertir el azúcar de la leche (lactosa) en ácido láctico, y que esta sustancia, a su vez, hace imposible el desarrollo de microorganismos dañinos. Tal descubrimiento le valió el Premio Nobel en 1908.

Otro hecho importante ocurrió en 1930, cuando el doctor japonés Minoru Shirota descubrió nuevas cepas o grupos de bacterias benéficas para el ser humano que no sólo generan ácido láctico, sino que al consumirlas en cantidades importantes logran alojarse en el intestino por tiempo determinado y colaborar directamente con la flora intestinal.