Dieta sin irritantes, escudo contra hernia hiatal
Juan Fernando González G.
Los síntomas de este padecimiento del sistema digestivo son sumamente molestos y obligan a cambiar por completo los hábitos alimenticios. Mucha gente puede vivirlo como tragedia, pero otros apreciarán en ello la oportunidad de mejorar su calidad de vida.
Cada vez que ingerimos un alimento o líquido y pasamos un trago, se abre una “compuerta” que permite que éste pase por el esófago y llegue al estómago. Sin embargo, cuando esta parte del sistema digestivo, llamada hiato, sufre problema anatómico, puede permanecer abierto más de la cuenta y ocasionar efectos sumamente indeseables. Hablamos de agruras, eructos y reflujo (ascenso de jugo gástrico por el esófago), pero también de la inflamación de la pared del esófago y sensación de ardor que se conoce como pirosis.
Quien se encuentre en estas circunstancias debe tomar en cuenta que existen tratamientos farmacológicos que pueden aliviar los síntomas, e incluso una intervención quirúrgica comúnmente resulta exitosa. No obstante, lo primero y más sencillo radica en un cambio de hábitos alimenticios, con lo cual todo lo demás puede evitarse.
El Dr. Jorge Manuel Cervantes Juárez, jefe del Servicio de Gastroenterología del Hospital General de Zona 2A Troncoso, perteneciente al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y localizado en la capital de la República, explica a saludymedicinas.com.mx que la hernia hiatal suele confundirse con otros padecimientos y no se percibe como lo que es: un problema anatómico en el esfínter (músculo circular) que controla el paso de los alimentos que ingerimos.
Una mujer embarazada, ejemplifica el galeno, “puede tener reflujo como consecuencia del aumento de volumen de abdomen, o como una respuesta a mecanismos hormonales, pero ello no quiere decir que tenga hernia hiatal; lo mismo sucede con una persona que aumenta de peso. En realidad todos tenemos reflujo, y si éste se presenta en forma ocasional (una o dos veces por semana) debe considerarse completamente normal”.
Es mejor prevenir que lamentar
Como ya se estableció, hay algunos factores que pueden estropear el mecanismo de deglución de los alimentos. En principio, debemos considerar que este tipo de “tapón” funciona varias veces a lo largo del día durante toda nuestra vida, por lo que forzarlo más veces de lo normal es un mal principio. En el mismo sentido, hay que tomar conciencia de que no debemos comer en exceso ni rápidamente, así como tampoco abusar de comestibles muy condimentados, con grasa o picante.
El Dr. Cervantes Juárez, gastroenterólogo y endoscopista formado en el Hospital General de México, señala que una persona con reflujo constante puede sufrir la formación de una úlcera (lesión), la cual, al cicatrizar, puede hacer que la luz del esófago (espacio por donde pasan los alimentos) disminuya.
Esta alteración, llamada estenosis, es sumamente molesta y peligrosa, ilustra el entrevistado, porque “hay que decir que, normalmente, la abertura por la que pasan los alimentos es de 15 milímetros, que al reducirse a la mitad causan que el paciente no pueda comer con tranquilidad, ya que constantemente percibe la sensación de que algo se está atorando en su esófago”.
En ocasiones, sobre todo si el paciente tiene reflujo y hernia hiatal, sentirá dolor en el esófago y quizá manifieste molestia detrás del esternón (dolor retroesternal), es decir, aproximadamente a la altura del corazón, y ello puede confundirse con infarto del miocardio (obstrucción del flujo de sangre a una parte del músculo del corazón).
Alimentación permitida
Quizá la mayoría de las personas que tienen hernia hiatal o alguno de los padecimientos que la acompañan sientan que es imposible seguir el régimen dietético que dicta un especialista, pero el Dr. Cervantes Juárez lo ve de otra manera: el cambio de hábitos mejora notablemente la salud del paciente y previene la necesidad de intervención quirúrgica.
Dicho lo anterior, el experto comenta que, en principio, “quien debe dictar la dieta del paciente es un especialista en gastroenterología y no un nutriólogo, pues no se trata de bajar de peso al paciente, sino de evitar que su problema avance y haya la necesidad de operarlo”.
Como es lógico, todos los alimentos que provoquen acidez deberán ser eliminados, empezando por los caldos de todo tipo. Hay que evitar, asimismo, la comida muy condimentada o que tenga grasa, así que las “fritangas” y antojitos mexicanos deberán guardarse en el baúl de los recuerdos.
No hay que pasar por alto que el cigarro, té, café, alcohol y refrescos son sumamente irritantes, y que los productos de repostería tampoco están permitidos. Algo más: hay que evitar el chicle, ya que esta goma provoca que traguemos aire, haya salivación excesiva y, consecuentemente, aumento en la producción del ácido estomacal.
Por el contrario, enfatiza el catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), “debemos saber que existen ‘amortiguadores’ del ácido gástrico. Entre ellos están la leche y sus derivados, todas las frutas —el jugo de naranja o toronja debe disolverse con agua—, así como toda clase de verduras. La carne, pollo o pescado deben cocinarse a la parrilla o cocidos, y no hay ningún problema con las sopas de crema, jitomate crudo, arroz y macarrón blanco, pan, tortillas y agua de frutas con poca azúcar”.
Un consejo sumamente práctico, dice el médico, es cenar a buena hora para tener tiempo de realizar la digestión y evitar el famoso reflujo nocturno, el cual, en condiciones extremas, puede ser sumamente riesgoso. Una recomendación más es elevar la almohada de la cama aproximadamente 30 centímetros, lo que permite, por el efecto de la gravedad, que el alimento se dirija al esófago, señala el entrevistado.
1, 2, 3 por los medicamentos
En aquellos casos en que el cambio de dieta no sea exitoso, es posible recurrir al uso de fármacos. El Dr. Cervantes Juárez explica que los primeros que se utilizaron para calmar las molestias relacionadas con la hernia hiatal tenían éxito en su intento de aumentar la presión sobre el esfínter del esófago, pero ya casi no se utilizan debido a sus indeseables efectos secundarios.
En su lugar llegaron los antiácidos a base de hidróxido de aluminio y magnesio, que han sido sumamente efectivos durante años. Si éstos no resuelven el problema, dice el especialista, “podemos recurrir a la ranitidina, y si el problema persiste recurrimos a omeprazol, que es magnífico para evitar la producción excesiva de ácido”, aclara.
Solamente las personas que no mejoren luego de seis meses de seguir uno de estos tratamientos deberán considerarse candidatas a cirugía, “porque si no lo hiciéramos así, no daríamos abasto en los hospitales del país para operar a todos los pacientes”, enfatiza.
En este sentido, ahonda, los médicos no deben ceder ante el “encanto” de las nuevas técnicas quirúrgicas que se valen de endoscopía (intervención de mínima invasión que emplea diminuta cámara montada en un tubo flexible) para ofrecer cirugías más rápidas y sencillas, dice el ex directivo de la Asociación Mexicana de Gastroenterología. “Es cierto, el porcentaje de éxito en las operaciones es muy alto, pero eso no justifica que nos saltemos el tratamiento descrito solamente porque las compañías de seguros de gastos médicos cubren el costo”.
Hay que fomentar la honestidad del personal médico, y sobre todo, concluye el entrevistado, “cuando en verdad se requiera una operación de este tipo, debe correr a cargo de un cirujano experto y especializado porque, aunque parezca fácil, no cualquiera puede hacerla”.
SyM
Última actualización: 05-2013















