Espina bífida, malformación de la columna vertebral - SyM
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Espina bífida, discapacidad que puede prevenirse

Miércoles 28 de septiembre del 2016, 11:05 am, última actualización

La espina bífida o abierta es una anomalía en la que el niño nace con malformación de columna vertebral y médula espinal, por lo que sufre dificultad para caminar y aprender. Por fortuna es posible evitar este problema mediante la adecuada nutrición durante el embarazo.

Espina bífida

La médula espinal es una estructura frágil, de textura gelatinosa, que se extiende desde la base del cráneo hasta el cóccix (final de la espalda). Sin duda, representa la principal vía de comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo, pues se encarga de enviar y recibir la mayoría de los impulsos eléctricos requeridos para coordinar al organismo.

Así como el cráneo resguarda al cerebro, la médula está protegida por las vértebras que conforman a la columna vertebral, mismas que cuentan con pequeños espacios o aberturas entre una y otra con la finalidad de dotar al tronco de flexibilidad y permitir la salida de fibras nerviosas. Como es de suponer, cualquier alteración en este sistema puede significar problemas.

Ejemplo de esto es la espina bífida, defecto que se genera en el bebé durante el embarazo y que consiste en la falta de cierre o fusión de una o varias vértebras (hasta seis), de modo que la columna, que debería formar un “tubo” de hueso para cubrir a la médula espinal en su totalidad, queda abierta.

Aunque hay niños en los que el problema pasa desapercibido y prácticamente no genera complicaciones, en casos graves se observa cómo los tejidos descubiertos sobresalen por la espalda del recién nacido formando casi siempre una protuberancia rojiza y esférica, teniendo como consecuencia diferentes grados de parálisis y pérdida de sensibilidad en las extremidades inferiores, complicaciones en funciones intestinales y urinarias y hasta dificultad en el aprendizaje.

Causas y tipos

La espina bífida se clasifica dentro de los defectos del tubo neural, es decir, aquellos en los que hay daño en los tejidos protectores (meninges) del sistema nervioso central (medula espinal y cerebro), o bien, en la cobertura ósea formada por cráneo y columna vertebral. Los especialistas coinciden en que la falta de ácido fólico (folato o vitamina B9) en la alimentación de la mujer encinta es el factor más importante en la aparición de esta discapacidad, aunque también pueden influir:

  • Factores genéticos. La presencia de antecedente familiar con el problema aumenta el riesgo de que un bebé tenga esta condición.
  • Edad de la madre. La espina bífida es más común en hijos de mujeres adolescentes.
  • Orden de nacimiento. Según estadísticas, los primogénitos tienen riesgo más alto.
  • Antecedentes de aborto. Es más frecuente en mujeres que han tenido pérdida de embarazo espontánea.
  • Contaminación ambiental. Este problema se ve a menudo en zonas industriales o cerca de ríos de aguas negras.
  • Medicamentos. El uso de algunos antibióticos durante el embarazo puede desencadenar el problema.

La forma más leve del padecimiento es la espina bífida oculta, en la que a pesar de que 1 o 2 vértebras están ligeramente abiertas, la médula espinal se encuentra intacta; el defecto está cubierto por la piel y no es visible a simple vista (en ocasiones se presenta sólo ligero mechón de cabello o mancha en la zona de la lesión).

Se estima que es muy frecuente, ya que puede ocurrir hasta en 20% de los niños y, aunque puede ser causa de problemas en el control de la vejiga urinaria o de molestias al caminar, muchas personas pasan toda su vida sin saber que la padecen debido a que no genera síntomas.

Otro tipo de espina bífida es el meningocele, donde la abertura de las vértebras es más pronunciada, por lo que los tejidos protectores o meninges salen de su sitio y generan un saco lleno de líquido que sobresale en la espalda. Generalmente los nervios no se dañan y funcionan con relativa normalidad, por lo que es poco frecuente que se presente discapacidad.

La variante más grave es el mielomeningocele, que es cuando el bulto o saco en la espalda contiene no sólo meninges y líquido, sino también nervios y parte de la médula espinal. En este caso, todas las terminaciones que se sitúan desde la lesión hasta el final de la columna suelen atrofiarse, por lo que se presentan falta de sensibilidad en extremidades inferiores y alteraciones importantes en funciones como caminar y control de la defecación o emisión de orina.

Entre más cerca de la cabeza se encuentre el defecto más importantes serán los problemas del niño. Cuando el nivel es bajo (lumbo-sacro), el infante puede tener movilidad con la ayuda de aparatos ortopédicos, pero si el nivel es alto (torácico-dorsal), lo más probable es que no pueda caminar.

Además, cabe señalar que en 85% de los casos de espina bífida también se presenta hidrocefalia (crecimiento anormal de la cabeza debido a exceso de agua), ya que la lesión obstruye la adecuada circulación del líquido cefalorraquídeo, fluido protector que rodea al sistema nervioso central y circula al interior del cerebro y médula espinal, mismo que, al no poder disminuir su volumen, termina alojándose en el cráneo.

El niño con espina bífida puede manifestar otros padecimientos relacionados con su condición, como dificultad de aprendizaje, debilidad ósea, deformidad en tobillos, caderas y pies, taquicardia o alteración en el ritmo cardiaco y alergia al látex.

Sobre esto último hay que decir que aunque el origen del problema no está completamente definido, diversas investigaciones apuntan a que cerca del 75% de niños y adolescentes con esta afección en la médula espinal son sensibles al hule obtenido del árbol Hevea brasiliensis, quizá porque desde temprana edad están expuestos en repetidas ocasiones a material médico elaborado con él.

Detección y tratamiento

Actualmente la espina bífida se puede detectar desde antes del nacimiento a través de las siguientes pruebas:

  • Análisis de sangre. Se realiza entre las semanas 15 y 20 del embarazo y sirve para medir los niveles de una proteína generada por el feto, la alfafetoproteína, que atraviesa la placenta y circula en el torrente sanguíneo de la madre. Cuando el pequeño tiene problemas en la columna, aumenta la cantidad de dicha sustancia.
  • Amniocentesis. Se emplea para confirmar el resultado positivo de la prueba anterior y consiste en introducir una aguja larga y fina a través del abdomen de la madre para conseguir una muestra de líquido amniótico para su examen. También sirve para detectar niveles de alfafetoproteína.
  • Ultrasonido o ecografía prenatal. Esta técnica permite obtener imágenes gracias a ondas acústicas de alta frecuencia y puede detectar errores en el cierre de las vértebras; se realiza cuando las pruebas anteriores dan resultado positivo.

En los casos menos severos y que generalmente no ocasionan parálisis (meningocele) se recurre a cirugía para reparar la médula espinal; el niño es sometido a evaluaciones de crecimiento y es posible que pediatra y neurólogo determinen la necesidad de efectuar rehabilitación con ayuda de prótesis que permitan al pequeño sentarse, caminar y/o prevenir deformidades. A veces se necesitan antibióticos para tratar o prevenir infecciones en las meninges (meningitis) o vías urinarias.

Hasta hace poco los niños con espina bífida tipo mielomeningocele morían poco después de su nacimiento, pero gracias a la detección oportuna y al uso de determinadas técnicas dirigidas por el neurocirujano (alumbramiento por cesárea para evitar daño a la médula espinal, corrección quirúrgica de la lesión y, cuando se requiere, de hidrocefalia) sobreviven entre 85% y 90% de los pequeños afectados, además de que su futuro como persona productiva es alentador.

Aunque el tratamiento de un niño con espina bífida depende del grado y tipo de lesión, la posible afectación de varios órganos obliga a que se requiera de la ayuda de múltiples especialistas, entre ellos:

  • Urólogo y cirujano urólogo. Atienden enfermedades en vías urinarias y, cuando se requiere, prescriben la implantación de un catéter que se introduce en la vejiga y permite la salida de orina.
  • Cirujano ortopedista. Corrige deficiencias en huesos y articulaciones.
  • Fisioterapeuta. Establece rutinas de ejercicios que mejoran la movilidad.
  • Terapeuta ocupacional. Enseña artes y oficios como parte de la rehabilitación
  • Protesista u ortotista. Desarrolla y adapta prótesis que faciliten la independencia del chico.
  • Psicólogo infantil. Ayuda a atender problemas emocionales del chico y sus familiares.

 Por último, debemos mencionar que debido a que los pequeños con espina bífida e hidrocefalia llegan a presentar problemas de aprendizaje (tienen dificultad para concentrarse, entender lecturas y matemáticas), es necesario que su ambiente escolar no sea restrictivo y respete su velocidad de comprensión.

Profesionales de la salud, maestros y padres deben entender las capacidades y limitaciones del niño para promover su crecimiento, alentándolo a participar en actividades con sus compañeros y a asumir la responsabilidad de su propio cuidado. Preferentemente, se recurrirá a educación especial sólo cuando así lo indique una cuidadosa valoración psicológica de las capacidades del infante.

Buena alimentación

La mejor manera de hacer frente al problema de espina bífida consiste en la prevención, por lo que los ginecólogos recomiendan el consumo de 400 microgramos (0.4 miligramos) diarios de ácido fólico o vitamina B9 a todas las mujeres en edad reproductiva que planean o estén embarazadas. Lo ideal es no empezar a tomarlo una vez que se confirma el embarazo sino desde antes.

A pesar de que la vitamina B9 puede encontrarse en muchos alimentos, como hígado, huevo, carne, leche, trigo, lenteja, frijol, naranja, toronja, mandarina, nueces, avellanas y vegetales de color verde oscuro (berros, acelgas, espinacas, brócoli), es difícil cubrir la cantidad requerida en la gestación sólo con la dieta. Así, se aconseja que la mujer que desee tener un hijo consuma diariamente un multivitamínico que contenga 400 microgramos de ácido fólico y que, al momento de saberse embarazada, la dosis aumente a 600 microgramos, pero que no supere los 1000 microgramos (1 miligramo) al día.

Diversas investigaciones han demostrado que el consumo de dichas dosis de vitamina B9, al menos durante el mes previo y los primeros meses de gestación, reducen hasta en 70% el riesgo de que el bebé sufra defectos en médula espinal y cerebro. Por ello es importante que la mujer que desee embarazarse verifique regularmente su estado de salud, mejore su consumo de ácido fólico y consulte al médico sobre las atenciones que requiere y la dieta más adecuada, a fin de tener una gestación sin problemas.

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