Septicemia, bacterias en el torrente sanguíneo - SyM
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Septicemia, ¡sangre enemiga!

Martes 28 de marzo del 2017, 11:29 am, última actualización

La diseminación de bacterias en el torrente sanguíneo, también llamada bacteriemia o sepsis, se debe a problemas en el tratamiento de padecimientos infecciosos en piel u otros órganos, y es una condición peligrosa en personas con sistema inmunológico débil.

Septicemia, ¡sangre enemiga!

Todos los días y en cualquier lugar nos encontramos rodeados de microorganismos que habitan en agua, tierra o aire, y muchos de éstos tienen la intención de atacarnos con el fin de obtener alimento y reproducirse; así, aunque no nos demos cuenta, nuestro cuerpo se convierte en escenario de batallas en las que el sistema de defensas o inmunológico se dedica a repeler ataques y detener el avance de los invasores antes de que afecten nuestra salud.

Ocasionalmente algunos gérmenes son capaces de ingresar al organismo e incluso pueden llegar hasta el flujo sanguíneo, como cuando los intestinos permiten el paso de algunos microbios mientras se absorben los nutrientes que provienen de los alimentos o porque cerramos la mandíbula con fuerza y obligamos a las bacterias que viven en las encías a entrar en los vasos capilares. Este fenómeno es conocido como septicemia o bacteriemia, y en la mayoría de los casos pasa desapercibido porque los glóbulos blancos eliminan a los intrusos.

Sin embargo, hay veces en que la cantidad de microorganismos que ingresa en la sangre es incontrolable y aparece una peligrosa infección, denominada sepsis, que casi siempre es resultado de complicaciones durante el tratamiento de otra enfermedad o en intervenciones quirúrgicas; el problema no es leve si tomamos en cuenta que muchas veces carece de síntomas en sus primeras etapas y que cada día fallecen aproximadamente 1,400 personas en el mundo por su causa, de modo que su prevención y tratamiento continúan siendo objeto de grandes esfuerzos por parte de los médicos.

Origen y síntomas

Las causas de bacteriemia son diversas, aunque en casi todos los casos se conjugan dos factores: el debilitamiento de los sistemas de defensa del cuerpo humano, como piel, mucosas (tejido blando y húmedo que cubre el interior de nariz, boca y sistema digestivo en general) o células de defensa en sangre, y la presencia de una enfermedad infecciosa oportunista, es decir, gérmenes que aprovechan la debilidad del organismo para desarrollarse.

La documentación médica indica que niños, ancianos y personas que pasan por una larga convalecencia o con desnutrición son los grupos más vulnerables a la bacteriemia, ya que su sistema inmune se encuentran aún en formación, se ha debilitado con el paso de los años o no tiene manera de recuperarse. Asimismo, se sabe que la sepsis es más probable en ellos cuando sufren infecciones severas como:

  • Neumonía bacteriana. Se presenta en los pulmones y es generada por gérmenes como neumococo, estafilococo y estreptococo.
  • Meningitis. Es la inflamación de las meninges o tejidos que cubren al cerebro y médula espinal; la principal causa es el ataque de las bacterias Neisseria meningitidis, Hemophilus influenzae y estreptococo.
  • Infección urinaria. Se debe a microorganismos que provienen de la flora intestinal (Escherichia coli, Klebsiella, Proteus, Enterobacter, Pseudomonas y Staphylococcus saprophyticus) y que se alojan en la vejiga, canales que transportan orina (uréteres y uretra) e incluso riñones.
  • Peritonitis bacteriana. Inflamación de la membrana que reviste la pared del abdomen (peritoneo) debido casi siempre a bacterias intestinales como Aeromonas hydrophila, Escherichia coli o Streptococcus fecalis.
  • Osteomielitis. Es una infección de los huesos generada por la bacteria Staphylococcus aureus u otras menos frecuentes, como estreptococo y Salmonella.

Otros padecimientos que favorecen la septicemia son cirrosis (inflamación e infección en el hígado) y sida (etapa avanzada de infección por el virus de inmunodeficiencia humana), ya que disminuyen la capacidad de defensa del organismo; otro tanto podemos decir del cáncer, ya que la quimioterapia y radiación debilitan la capacidad de respuesta ante microorganismos invasores.

Las personas que sufren quemaduras, golpes, fracturas, heridas o escaras (úlceras que se forman en quienes deben permanecer mucho tiempo acostadas) que dejan los tejidos internos al descubierto también están en riesgo de bacteriemia, pues la falta de barreras favorece el avance de gérmenes hasta el flujo sanguíneo. Mención aparte merece la neuropatía, padecimiento que se caracteriza por deficiente transmisión de impulsos nerviosos, generada por golpes o diabetes, y que causa insensibilidad en las extremidades; la persona con este problema llegan a sufrir alguna cortadura sin darse cuenta, por ejemplo en la planta del pie, y la infección que se genera puede extenderse e ingresar a venas y arterias.

De particular interés son las sepsis nosocomiales generadas en pacientes hospitalizados, ya que suelen ser mucho más agresivas. Tienen su origen en el uso de catéteres, agujas intravenosas y sondas que facilitan la expulsión de orina, o bien, cuando se realizan intervenciones quirúrgicas en tejidos u órganos que sufren de infección; en ocasiones las bacterias que entran al torrente no son muchas, pero si el paciente cuenta con prótesis al interior del sistema circulatorio, como válvulas cardiacas artificiales, los microorganismos pueden resguardarse en ellas e incrementar su número.

Manifestaciones y tratamiento

Las primeras etapas de la sepsis generan síntomas que abarcan amplio espectro de manifestaciones, siendo comunes el aumento de la frecuencia respiratoria, escalofríos intensos, fiebre, dolor abdominal, náusea, vómito, diarrea, sudoración intensa y cansancio. Sin embargo, niños y ancianos pueden dar muestras casi imperceptibles y presentar únicamente alteraciones en la conducta: los primeros a través de llanto inconsolable o irritabilidad, y los segundos somnolencia o desinterés por lo que ocurre en el entorno.

Durante la siguiente etapa del padecimiento, cuando la sepsis es más severa, hay dos síntomas típicos que ya no pasan desapercibidos. Son la presión arterial baja (hipotensión) y la incapacidad de los riñones para emitir orina (insuficiencia renal). En todo caso en que se sospeche de bacteriemia se debe acudir de inmediato a una unidad de cuidados intensivos, donde se recibirá atención por parte de infectólogos y personal calificado, ya que la transportación de los gérmenes por el torrente sanguíneo puede originar infecciones en distintos órganos del cuerpo (cerebro, corazón, huesos, articulaciones).

El diagnóstico de septicemia es mucho más probable cuando se tiene conocimiento de los antecedentes, de modo que una persona que fue sometida a cirugía o que padece una infección localizada en cualquier parte del cuerpo y que de pronto tienen mucha fiebre u otros síntomas ya indicados, debe ser sometida de inmediato a pruebas de sangre (hemocultivos), además de analizar material expulsado a través de orina, heridas o tos. También, en caso de existir, se toman muestras de los puntos donde uno o más catéteres penetran en el cuerpo.

La sepsis es muy grave y el riesgo de muerte es alto, por lo que su atención siempre se debe realizar en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Los médicos deben comenzar el tratamiento con antibióticos (se emplean al menos dos para ampliar la posibilidad de eliminar la infección), incluso antes de disponer de los resultados del laboratorio que identifiquen la clase de bacteria que ataca. Más tarde, en cuanto se conozca al microorganismo responsable, inicia una medicación más precisa.

La septicemia es de mayor gravedad cuando la presión arterial baja a un nivel que puede poner en peligro la vida, ya que la sangre no fluye adecuadamente hacia los órganos vitales, particularmente los riñones y cerebro. Esta complicación, conocida como choque séptico, es el resultado de la segregación excesiva de toxinas por parte de algunas bacterias y ocurre con mayor frecuencia en los recién nacidos, personas de más de 50 años o en quienes tienen sistema inmunitario debilitado.

Un choque séptico puede preveerse incluso 24 horas o más antes de la disminución de la presión arterial, ya que el paciente se siente confundido y con reflejos lentos debido a que su cerebro no recibe oxígeno de manera adecuada; luego de esto es común que se presenten escalofríos, temblores, rápido aumento de la temperatura, piel caliente y enrojecida, así como pulso acelerado. Es evidente que en estas circunstancias el paciente debe ser atendido también por un equipo de infectólogos, quienes llevarán a cabo medidas que eleven la presión arterial, mejoren la respiración y combatan la infección.

A pesar de todos los esfuerzos y de tratamiento adecuado, hasta 2% de las bacteriemias y más del 25% de los casos de choque séptico terminan con el fallecimiento del paciente; las causas concretas suelen ser problemas cardiacos, de respiración o del riñón derivadas de la enfermedad.

Por todo esto se deduce la importancia de que los hospitales demuestren mayor cuidado en el uso y supervisión de los catéteres endovenosos, sondas urinarias u otros dispositivos de riesgo; no en balde, diversos estudios han demostrado que cuando este equipo es colocado por personal con experiencia y conocimientos adecuados es posible evitar en la mayoría de los casos la aparición de bacteriemias.

Asimismo, es vital dar tratamiento oportuno a cualquier proceso infeccioso, por inofensivo que parezca, ya que esto reduce la oportunidad de que los microorganismos se extiendan. Para prevenir la sepsis es indispensable hacer caso a las indicaciones del médico en cuanto al uso correcto de antibióticos y acudir a él en caso de que no exista respuesta favorable luego de 48 o 72 horas de haber iniciado el tratamiento, sobre todo si el paciente forma parte de alguno de los grupos de riesgo.

La septicemia no debe tomarse a la ligera, pues las complicaciones, como se ha visto, pueden ser muy graves.

SyM - Sofía Montoya

 

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