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Cómo controlar la agresividad infantil

Jueves 23 de marzo del 2017, 11:57 am, última actualización

Si tu hijo golpea a otros niños, reta a los mayores y actúa a menudo con violencia, busca ayuda especializada a la brevedad, ya que esta conducta violenta del niño, lejos de desaparecer por sí misma, suele empeorar y ser causa de bajo rendimiento escolar y problemas de adaptación social más severos de lo que imaginas.

Agresividad infantil, Conducta violenta del niño

Niños agresivos

La infancia es un periodo de gran importancia para el establecimiento de relaciones sociales, ya que es una etapa en la que el niño, a través del juego, el trato con familiares y la convivencia en el salón de clases, aprende a expresar sus ideas, manifestar necesidades, crear lazos afectivos y organizarse en el trabajo en equipo.

Varias dificultades pueden presentarse durante este proceso de adquisición de habilidades, siendo de especial preocupación los problemas de convivencia con otros chicos debido a acciones de violencia y riñas, mismas que ocasionan amonestaciones por parte del maestros e, incluso, desencadenan fricciones con otros padres de familia. Sin embargo, cabe aclarar que este problema no inicia por la interacción con otros niños, como puede llegar a pensarse, sino que sus raíces son más profundas.

En efecto, un niño agresivo comienza a formarse desde edades muy tempranas, en concreto "cuando hace pataletas o rabietas porque no se cumplen sus deseos o, siendo más precisos, porque estos berrinches no se manejan adecuadamente, ya sea porque el papá, la mamá o ambos reprimen al pequeño con gritos y golpes, o porque no marcan límites a su conducta", explica la psicóloga Reyna Ana Quero Vásquez, coordinadora del Grupo Psicología, Vida y Cambio (Psivicam) de la Asociación Mexicana de Alternativas en Psicología (Amapsi).

Así, las actitudes autoritarias o demasiado permisivas impiden que el niño aprenda a reconocer y manejar adecuadamente sus emociones, y conforme el infante se desarrolla, su problema también avanzará "hasta el punto en que comienza a insultar o a golpear a sus compañeritos. Más aún, si no recibe atención alguna, en el futuro tendrá la intención de retar a sus mayores, a las autoridades, y hasta puede incurrir en alguna acción delictiva".

No es por alarmar, pero...

Reyna Quero, quien se especializa en terapia del juego y atiende problemas en niños y adolescentes, especifica que la causa de la violencia infantil no depende de un solo factor, sino de varios. En principio, aclara que el ser humano está conformado por distintas áreas, como "la del lenguaje, afectiva, de convivencia con otros y cognitiva o de pensamiento, y en este sentido sabemos que un pequeño que golpea tiene problemas en las esferas social y emocional".

Asimismo, especifica que un pequeño puede tener dos tipos de temperamento desde el nacimiento:

  • Pasivo o introvertido. Rara vez afecta a la esfera social cuando tiene problemas sentimentales, ya que se deprime, se muerde las uñas, se arranca el cabello o presenta tics (movimientos involuntarios), es decir, sus emociones se vuelcan hacia él mismo.
  • Activo o extrovertido. Habla más, se desenvuelve con soltura, tiene mayor despliegue físico y es más común que exteriorice las alteraciones que sufre en su área emocional a través de berrinches, que puede presentar a partir de que se desplaza y habla, es decir, desde que cumple año y medio de vida o dos.

Detalla la psicóloga que un niño con temperamento activo tiene más fuerza para hacer demandas a sus padres cuando necesita algo, y esto le abre dos posibilidades: que se convierta en alguien sano, emprendedor y seguro, o en un individuo enfermo, violento y propenso a desarrollar problemas psicológicos. Todo dependerá de la enseñanza que reciba en la esfera social, la cual le permitirá encauzar sus primeras manifestaciones de agresividad.

Regañar a un pequeño, golpearlo o dejar que se controle por su cuenta cuando hace un berrinche o rabieta no le ofrece recursos para entender sus emociones. Tampoco le ayuda que su madre y padre no se pongan de acuerdo al tomar decisiones y discutan por todo frente al infante, pues éste se confunde (cae en una condición llamada disonancia) y tiene mala educación emocional.

La especialista ejemplifica que cuando el niño hace algo que puede ameritar una amonestación, "es probable que el papá desee darle una nalgada y que la mamá interceda, argumentando: 'está chiquito, déjalo, no le pegues'. Ante estas decisiones ambiguas el hijo se va a inclinar del lado que más le convenga, pero llegará un momento en que no obedecerá a ninguno de sus progenitores con tal de satisfacer sus propios deseos". También es común que uno de los padres, por llevarle la contraria a su pareja, le dé la razón al pequeño en sus rabietas y convierta al menor en un elemento manipulable para dañar a otros.

Queda claro que la relación que llevan los padres es un factor que puede favorecer el comportamiento agresivo infantil, pero también que la falta de habilidades en la esfera sentimental puede "enseñarse" sin que los progenitores se den cuenta. "Sabemos que padres intolerantes dan lugar a hijos intolerantes, y ejemplos de ello son muchos. Imaginemos el caso de un papá que se enoja cuando hay mucho tránsito, dice groserías y se la pasa sonando el claxon; la consecuencia es que el niño aprende que ante las situaciones adversas hay que desesperarse y que lo primero que se pierde en la vida es la calma".

Así, un niño con temperamento activo y mal manejo de emociones se encuentra propenso a desarrollar actitudes cada vez más violentas. "La rabieta degenera paulatinamente en pataletas en el suelo, agresiones verbales (he tenido pacientes de 3 años que le han gritado frases muy hirientes a sus padres, como 'no quiero vivir contigo' u 'ojalá te mueras') y, más adelante, físicas, como patear o morder al papá y a la mamá, sobre todo cuando se acercan a contenerlo. Hablamos entonces de una situación progresiva que da pie a un problema que llamamos trastorno negativista desafiante".

Cuando el niño ya ha insultado o ha golpeado a sus padres, es más fácil que actúe de igual forma con sus iguales: compañeros de la escuela, hermanos y vecinos de edad similar. "A quien toma primero como víctima es a los más vulnerables, que son los chicos tímidos, ansiosos, inhibidos, inseguros, que les cuesta trabajo defenderse y establecer relaciones interpersonales: los niños de temperamento pasivo", especifica la Dra. Quero Vásquez.

Otro riesgo radica en que el chico puede retar a las autoridades, como sus maestros o cualquier adulto que le dé una orden. "En principio, el pequeño les enseña la lengua, hace una trompetilla, o cuando alguien se dirige a él para hablarle o llamarle la atención, le dice: ‘no voy; alcánzame, ven por mí'. Esto aumenta en complejidad, porque la violencia también deja de ser verbal y empieza a ser física: pega y hace travesuras".

Desafortunadamente, si el trastorno negativista desafiante no se atiende a tiempo y la crianza de los padres desfavorece el manejo de este comportamiento, no es raro que inicie una temible dificultad, denominada trastorno disocial, que es el origen del comportamiento delictivo en niños mayores y adolescentes.

"La progresión de este padecimiento puede ocasionar que el chico sea agresivo con los animales, a sabiendas de que la mascota siente feo; también arranca ramas a los árboles, daña la propiedad privada y llega un momento en que empieza a robar cosas. Otro posible escenario es que le llame la atención jugar con fuego, y si no se le detiene a tiempo se convierte en un piromaniaco. Una posibilidad más es que, si tiene el hábito de golpear, en un futuro no se detendrá para abusar sexualmente de alguien, no precisamente por placer sexual, sino por el gusto que experimenta al dañar a otro". A estos ejemplos, indica la especialista, podemos incluir la propensión a consumir o traficar droga, practicar secuestro, o asesinar a alguien.

Es por todo esto que la Dra. Reyna Quero enfatiza que el manejo de los trastornos de socialización no sólo depende del tratamiento de los casos existentes, sino de su prevención a través de la difusión de estos temas y de la promoción de mejores modelos de convivencia familiar y de pareja que ayuden a establecer límites y disciplinas positivas en los hijos.

Sí hay alternativas

Es importante aclarar que un niño que hace berrinches no golpeará a otros infantes ni presentará trastorno disocial si se le maneja a tiempo y se establece buena relación con él, en la que se establezcan límites y reglas. "Sería muy distinto si en vez de golpear para 'calmar' un berrinche, el papá o la mamá se detiene a preguntarle al menor por qué actúa así, que le dé la oportunidad de platicar qué le pasa y qué opina de lo que acaba de suceder. No son muchos los adultos que actúan bajo la idea de platicar después de un problema, pero es necesario para enseñar que la violencia no se combate con violencia", sostiene Reyna Ana Quero.

En este mismo sentido, sugiere que los padres dejen de ver a los berrinches y las conductas agresivas como algo normal e inofensivo que ocurre "porque su hijo está chiquito", y que no se debe olvidar que padre y madre son autoridades en la crianza infantil, por lo que deben establecer normas y disciplina prácticamente desde que el niño nace.

Al ser cuestionada sobre qué pueden hacer los progenitores para solucionar los problemas de agresividad en sus hijos, explica que se ha desarrollado el concepto de padres positivos, los cuales "no son autoritarios ni permisivos, sino término intermedio", y que en la Amapsi se ha desarrollado una serie de puntos que describen pautas de conducta ideales para mejorar la educación infantil y las relaciones al interior de la familia:

  • Estimular el diálogo, no la imposición ni los monólogos.
  • Jugar con los hijos, ya que esto elimina fricciones y crea lazos cordiales de simpatía.
  • Reforzar las relaciones a través de actos espontáneos como un beso, un abrazo o frases como "qué bueno eres", "eres buen hijo" "confío en ti". Se vale premiar los logros del pequeño con dulces, dinero o juguetes, pero no se debe atender más lo material que lo emocional.
  • Evitar los castigos y los golpes, y dar preferencia al respeto.
  • Decir "sí" cuando no hay razón para decir "no", y a veces decir "no" para que el infante aprenda a negociar sin llorar ni hacer berrinches. Sobre este punto ahonda la especialista: "el niño pueden ganar en una discusión, como cuando se niega a comer. Si la madre le pregunta al hijo a qué hora va a tomar sus alimentos, y éste le contesta que cuando acabe la caricatura que está viendo, ella puede sugerir: '¿Estás seguro que vas a comer? Yo quiero que comamos en familia; ¿vas a comer solo?'. Si el niño insiste y dice: 'ándale mamá, sólo esta vez', se le puede dar la oportunidad, pero tal como dijo el niño, sólo una vez, tampoco diario, porque si no caemos en lo permisivo".
  • Promover la reflexión del niño sobre su propia conducta, recurriendo a la mayéutica, método empleado por Sócrates para fomentar el autoconocimiento. "Este método es ideal cuando hay desacuerdos, como pasa con los berrinches y actos de violencia, y se basa en cuatro preguntas que el chico debe responder: ¿qué pasó, qué ocurrió?, ¿qué piensas sobre lo que hiciste, estuvo bien o mal?, ¿qué propones ahora, qué solución tenemos?, y, por último, un reto: ¿qué hacemos si vuelves a actuar así?".

Además de brindar estos cuidados, los padres deben mantener estrecha comunicación con profesores o educadores, ante todo para detectar problemas de comportamiento que pudieran pasar desapercibidos cuando mamá y papá trabajan. "Los chicos pueden pasar mucho tiempo en la escuela, guardería o casa de abuelos y tíos, por lo que los progenitores deben hablar constantemente con los adultos que cuidan a sus hijos, y descubrir si es agresivo, muerde, no obedece o es inquieto".

En el caso de los niños que son golpeados, las "víctimas" de los pequeños que actúan con violencia, explica que "lo que necesitamos es que los padres ayuden a que el chico genere una autoestima positiva, desarrolle sus habilidades sociales y tenga mayor seguridad para enfrentar sus problemas a través de la negociación. Las recomendaciones son básicamente las mismas: dialogar, jugar, mejorar su autoimagen con reforzamientos espontáneos, evitar castigos, enseñarle a negociar y llevarlo a que reflexione sobre su conducta".

Sin embargo, aclara que este tipo de trabajos debe ser coordinado con un psicólogo dedicado a problemas de la infancia, ya que tiene la capacidad de analizar la situación familiar y mejorarla, además de que cuenta con las herramientas ideales para que el pequeño desarrolle habilidades sociales, logre mejor comprensión de sus emociones y respete los límites que permiten la convivencia humana.

Además, expresa la Dra. Quero, "se recomienda consultar a un especialista para que elabore el diagnóstico del niño, ya que la agresividad puede tener su origen en otros problemas, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, que requiere apoyo de un psiquiatra infantil, o puede tratarse de una depresión infantil enmascarada, que se manifiesta con groserías, violencia y malestar físico (puede dolerles el estómago con frecuencia, por ejemplo). En ambos casos se requiere de un abordaje diferente".

La psicóloga concluye que algo que ayuda mucho a los padres en su deseo de darle lo mejor a sus hijos, es instruirse sobre temas referentes al desarrollo pediátrico, sexualidad en niños y convivencia social.

SyM - Rafael Mejía

 

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