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Niños manipuladores, tiranos de sus padres

Jueves 23 de enero del 2014, 09:44 am, última actualización.

¿Complace todos los caprichos de su hijo y cede ante sus rabietas en vez de amonestarlo? ¡Cuidado! Algo falla en el funcionamiento de su familia y, de no cambiar, puede afectar la convivencia del pequeño en el futuro. Lea lo que sigue para saber cómo solucionar el problema.

Caprichos, Niños manipuladores

Los padres mexicanos están cada vez más conscientes de que una educación rígida puede generar baja autoestima en sus hijos y, por ello, buscan establecer una nueva relación en la que no sólo se cubran necesidades como alimentación y atención de enfermedades, sino que también persigue el respeto a las decisiones, gustos y emociones de los infantes. Los castigos "memorables" desaparecen paulatinamente, a la vez que frases tan contundentes como: "harás todo lo que te digo porque yo soy tu padre" no se escuchan con la frecuencia del pasado.

Queda claro que la creatividad y espontaneidad de muchos niños se ha beneficiado con este cambio, pero también hay que señalar que hoy es más frecuente presenciar un hecho que contradice el objetivo de los progenitores por establecer trato entre iguales y que echa por la borda todas sus buenas intenciones: el hijo, a través de gestos, actitudes de enojo y berrinches, orilla con relativa facilidad a su padre, madre o a ambos a cumplir sus caprichos en forma incondicional.

Ciertamente, la "pequeña tiranía" es un problema de convivencia familiar cuya consecuencia más notable, de momento, sería sufrir algún bochorno cuando el menor hace una de sus rabietas en una reunión social o lugar público; sin embargo, los padres deben considerar que de prevalecer esta conducta su hijo tendrá serios problemas en sus relaciones sociales, además de que su desempeño escolar y hasta laboral puede volverse problemático.

Más de uno se preguntará por qué ocurre esto y si no sería mejor volver a los métodos restrictivos de antaño; para solucionar estas dudas y otras que se presentan, a continuación abordamos los aspectos generales que dan lugar a la aparición de niños manipuladores y, sin sustituir la opinión de un psicólogo, una orientación para cambiarlos.

Falta de límites

Muchos adultos recuerdan con cierta nostalgia aquellos episodios de su infancia en los que el autoritarismo de sus padres les hizo olvidarse de sus aspiraciones y como enfrentaron al mundo con inseguridad y tristeza debido a que no fueron capaces de tomar sus propias decisiones. Así, el deseo de aprender a tocar guitarra, salir a bailar o formar parte de un equipo deportivo con sus amigos quedó convertido en un sueño que nunca se cumplió.

No es extraño que, al crecer, una persona con esta educación desee que sus hijos tengan menos privaciones, de modo que al formar su propia familia aspire a cubrir las necesidades emocionales del pequeño y sienta el compromiso de transmitirle el aliento necesario para que emprendan sus proyectos. Sin embargo, es común que este tipo de padre o madre, conocido como permisivo (a), exagere en las libertades que da al infante y caiga en ciertos errores comunes:

  • Tiende a ser pasivo en cuanto a fijar límites, exigir el cumplimiento de responsabilidades o al llamar la atención en caso de desobediencia.
  • No tiene metas claras para orientar a su hijo, creyendo que se le debe permitir un desarrollo conforme a sus inclinaciones naturales.
  • Es poco exigente respecto a una conducta madura, y permite que el niño regule su propio carácter.
  • Es temeroso; no busca discutir con su hijo y prefiere quedarse callado antes que discutir con él, por lo que tolera que le grite, incluso en presencia de otras personas.

El resultado de la educación permisiva es, en ocasiones, un niño con carácter independiente, activo y con alto grado de autoestima, pero en la mayoría de los casos se genera, más bien, un infante impulsivo, agresivo y rebelde que conforme crece manifiesta dificultad para hacer amistad con otros chicos, además de que es conflictivo en clase e incapaz de asumir responsabilidades.

El origen de esta actitud es relativamente fácil de entender. Todo niño depende de sus progenitores para satisfacer necesidades de alimento o abrigo durante los primeros dos años de vida, y el único medio con que cuenta para pedir auxilio es el llanto; no es extraño entonces que al crecer, y por comodidad, intente utilizar sus lágrimas y lamentos para conseguir lo que desea e imponer su voluntad. Aunque muchos adultos son capaces de fijar límites a los pequeños y darles a entender que no siempre pueden tener lo que desean, la ineficacia para decir "no" que caracteriza a los padres permisivos les hace perder el control de la situación y ser víctimas del chantaje.

Así, un niño terco, caprichoso y manipulador, que se manifiesta casi siempre entre los 2 y 5 años de edad, aprende que a través del llanto puede moldear la voluntad de sus semejantes. De este modo, es común observar que cuando algo no sale como el chico esperaba o al contradecirlo tenga accesos de furia y rabietas que son como crisis de gran excitación nerviosa: grita y llora con fuerza, se tira al suelo y patalea, intenta pegarle a sus tutores o superiores, es frecuente que tire objetos al suelo y otras veces se desahoga rompiendo algún juguete.

Con esta actitud asusta o impresiona a uno o ambos padres, quienes cumplen sus egoístas deseos a fin de "no frustrarlo" ni "estropear su formación". Sin embargo, el menor no conseguirá el mismo resultado con sus maestros, vecinos o compañeros de escuela, y de ahí precisamente su limitación para relacionarse socialmente, apegarse a las normas establecidas para la convivencia y actuar por cuenta propia para cumplir con sus metas.

Aunque no es una regla general, se ha observado que esta inadaptación hace que los hijos de padres permisivos sean propensos a mentir con facilidad y a actuar de manera agresiva, además de que en la adolescencia presentan altos índices de alcoholismo, drogadicción y depresión, casi tanto como quienes tienen progenitores autoritarios.

¿Cuál es la solución?

De acuerdo a psicólogos infantiles, dar libertad de decisión al niño es una medida adecuada para su formación, pero también es indispensable que los padres hagan hincapié en el respeto a las normas de convivencia a la vez que no toleran actitudes de violencia, abuso y caprichos sin sentido. Todos los niños necesitan una guía adecuada para su conducta, y la clave para lograrlo consiste en fijar límites con base en explicaciones coherentes y buen ejemplo.

Algunos consejos que pueden ayudar a cumplir este objetivo son los siguientes:

Hablar con objetividad

 Es frecuente que los padres usen frases como "pórtate bien", "sé buen chico" o "no hagas eso", las cuales carecen de significado en muchas ocasiones porque, sencillamente, el niño no sabe aún qué es comportarse adecuadamente. El entendimiento será mayor cuando se planteen expresiones concretas y con límites específicos que digan exactamente lo que se debe hacer: "dale de comer al perro ahora" o "agarra mi mano para cruzar la calle" son buenos ejemplos de esto.

Dar opciones. En ocasiones es posible decirle al niño lo que tiene que hacer a la vez que se le da la oportunidad de elegir, a fin de que cuente con una sensación de poder y control que disminuya su resistencia a cumplir una orden. Muestra de esto son las expresiones: "es hora del baño, ¿lo quieres tomar en regadera o tina?", o bien. "es hora de vestirse, ¿eliges tu ropa, o lo hago yo?".

Actuar con firmeza. Cuando el niño se resista a la obediencia en aspectos realmente importantes es necesario que los padres impongan un límite firme para indicarle que debe cambiar su actitud de inmediato. Aunque para tal caso se utiliza un tono de voz seguro, se deben evitar gritos y expresiones llenas de ira como "ve a tu habitación ahora mismo y terminas la tarea" o "¿qué te pasa?, los juguetes no son para tirarlos". Se sabe que es más fácil para un niño cumplir órdenes que suponen que se cuenta con la opción de obedecer o no, como cuando se dice, con tono sereno, convincente y de complicidad: "¿por qué no llevas tus juguetes fuera de aquí?" o "debes hacer la tarea".

Acentuar lo positivo. Todos los chicos son más receptivos cuando se les dice qué hacer en vez de qué no hacer. Así, en lugar de órdenes como "no grites" o "no corras", se recomienda indicarle "habla bajo" o "camina despacio". Decirle "no" a un niño indica que hace algo inaceptable, pero no explica qué comportamiento se espera de él.

Mantenerse al margen. Cuando se dice: "quiero que te vayas a dormir ahora" o "tienes que comer en este momento", los padres crean una lucha de poder con su hijo. Una buena estrategia es hacerle entender la regla de modo impersonal, por ejemplo: "son las ocho, hora de acostarse" o "son las dos, hora de comer" y enseñarle el reloj. En este caso, algunos conflictos y sentimientos estarán entre el niño y el reloj.

Explicar por qué. Cuando un chico entiende el motivo de una norma de conducta como una forma de prevenir situaciones peligrosas para sí mismo y para otros, se sentirá más animado a obedecerla y pronto desarrollará valores internos de comportamiento que formarán su propia conciencia de lo que es bueno y malo. Ante todo, son mejores las explicaciones breves; por ejemplo: "no muerdas a las personas, eso les hará daño" o "si rompes los juguetes de otros niños, ellos se sentirán tristes porque les gustaría jugar aún con ellos".

Sugerir alternativas. Al aplicar límites en el comportamiento del niño es válido ofrecerle otra opción que haga sonar menos negativa una prohibición y le permita sentirse con menos desventaja al ver que sus sentimientos y deseos son aceptables. De este modo, es adecuado decir: "hijita, mis cosméticos son para arreglarme y no para jugar; pero mira, aquí tienes un crayón y papel para pintarlo" o "no te puedo dar un caramelo antes de la cena, pero te puedo dar un helado de chocolate después".

Ser consistente. Las rutinas importantes para el buen funcionamiento de la familia se deben cumplir de manera constante y sin excusas, ya que de esta manera es más fácil fijar límites en la educación del menor. Considere que una rutina flexible (como irse a dormir a las ocho una noche, a las ocho y media en la próxima, y a las 9 ó 10 en otras) invita al niño a crear resistencia y a no apegarse a lo que se le dice.

Desaprobar sólo la conducta. Es muy importante que al llamar la atención se indique que el padre está en desacuerdo con el comportamiento y no con el pequeño; de esta manera, lejos de gritarle "niño malo" o "no puedo controlarte cuando actúas de esta forma" (dándole a entender que es una persona negativa o un "mal hijo"), se deben emplear frases como "estas latas no son para jugar, deben permanecer en la alacena de la cocina y son para que comamos".

Manejar emociones. Los psicólogos señalan que cuando los padres están muy enojados castigan con mayor severidad y pueden perder objetividad. Es necesario conducirse con calma, tomar aire profundamente y contar hasta 10 antes de reaccionar, mostrando así al niño, con el ejemplo, que una conducta fuera de control no tiene razón de ser. Así, ante una rabieta o un berrinche conviene que el padre reflexione un poco antes de hablar, se serene y pregunte después con calma: "¿que sucedió, hijito?"

Además de estas medidas es importante que los progenitores reflexionen sobre por qué les cuesta tanto trabajo orientar a sus hijos; concretamente, los especialistas en salud mental consideran que los padres permisivos deben fortalecer su carácter incrementando su autoestima, ya que siendo más seguros de sí mismos es muy difícil que vuelvan a ceder ante las rabietas.

Algunas sugerencias para lograrlo son las siguientes:

  • Dedicar tiempo a uno mismo, al menos una vez a la semana, para relajarse, leer un libro, practicar deporte u otra actividad recreativa que permita mantener la serenidad y desarrollar la creatividad. Igualmente útil es salir con la pareja para hablar sobre sus proyectos o para distraerse, sin la compañía de los niños.
  • Convivir con cada uno de los hijos individualmente para lograr un mejor acercamiento y aumentar la satisfacción en la vida familiar.
  • Cultivar las amistades, ya que, a largo plazo, no se puede depender de la familia para satisfacer todas las necesidades sociales.
  • Sentirse satisfecho en su trabajo y tener la seguridad de que sus hijos están sanos, son felices y lo quieren como padre o madre.

Finalmente, considere que lo anterior son sólo líneas generales que nunca sustituyen la opinión de un especialista y que en caso de duda o de que sienta que necesita ayuda profesional, debe asistir a un psicólogo para que le oriente sobre cómo enfrentar los berrinches y chantajes de un niño y de qué manera dirigir la educación del menor sin caer en el autoritarismo.

SyM - María Elena Moura

 

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