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Perfil del hombre malvado

Jueves 22 de diciembre del 2016, 10:12 am, última actualización

Lo creas o no, una persona malévola no siempre es considerada enferma o loca desde el punto de vista psicológico, aunque incurra en numerosos delitos como tortura, maltrato, hostigamiento e incluso violación o asesinato. ¿Quieres saber por qué? A continuación explicamos las razones de esta conducta.

Perfil del hombre malvado
Perfil del hombre malvado

Desde tiempos remotos el ser humano teme a la crueldad más que a nada, incluso la gran mayoría de religiones y creencias espirituales explican que el mundo no existiría sin la lucha ente fuerzas luminosas y oscuras. De este modo, el mal aparece una y otra vez como una entidad desconocida y aterrante que se representa a través de la imagen de un dios vengativo y/o mediante los sentimientos negativos que anidan en el corazón de todos los seres humanos.

Sin embargo, no sólo Teología y religión se ocupan de este tema, ya que también el Derecho, Filosofía, Ética, Psicología y Psiquiatría han vertido su opinión al respecto, encontrando en una y otra ocasión que toda persona tiene la posibilidad de generar y sufrir daño, dependiendo de la situación y del grado de aprendizaje que posee cada individuo sobre los valores y limitaciones sociales que se necesitan para lograr la convivencia humana.

Éticamente hablando, se dice que todas las situaciones y relaciones humanas que establecemos pueden agruparse en dos tipos: aquellas en las que se trata de satisfacer las necesidades individuales procurando no afectar a terceros, apegándose a firmes ideas racionales, religiosas o "de sentido común", y otras en donde se adopta una posición irreflexiva, ilícita, deshonesta y egoísta, que muchos identifican con una naturaleza instintiva y animal. Actuar de acuerdo a una postura como la primera se considera socialmente positivo y benéfico, en tanto que la segunda se puede definir como "hacer el mal".

Sin embargo, muchos antropólogos, psicólogos y sociólogos coinciden en que el ser humano, quiéralo o no, posee una dimensión biológica, animal e instintiva que le ayuda a afrontar situaciones de mucha tensión en las que necesita ponerse a salvo. Igualmente advierten que las exigencias culturales en la actualidad llevan al hombre a refrenar la agresividad y a elegir la razón sobre el "estado salvaje original". Este hecho, aseguran muchos especialistas, crea una especie de "olla exprés" emocional que va acumulando rencor y que puede estallar en cualquier momento.

¿Qué la desencadena?

Aunque todo ser humano puede actuar con maldad, hay personas que hacen de esta actitud su forma de vida y cuyas características podemos resumir en los siguientes rasgos:

  • Son sádicas, es decir, gozan haciendo daño.
  • Dejan que los hechos externos dominen y guíen su vida, en vez de tratar de que su existencia sea guiada por sus propias acciones.
  • Poseen un pensamiento rígido e inflexible; no soportan la ambigüedad o la incertidumbre.
  • Presentan gran dificultad o imposibilidad para encontrar soluciones a problemas de relaciones con sus semejantes.
  • Consideran que su visión del mundo es la única válida.
  • Piensan sólo en su bienestar y diversión, no en el de otros. Son egocentristas.
  • Su pensamiento es ilógico y carente de autocrítica.
  • Realizan actos dañinos con premeditación.Carecen de sentimiento de culpa, por lo que casi todo arrepentimiento es fingido.

Asimismo, se ha observado que una persona con este perfil actúa con crueldad en dos circunstancias clásicas:

  • Al creer que son superiores. El ser malévolo supone que algunos o gran parte de sus semejantes son incompetentes, débiles e inferiores, por lo que los trata como si fuesen objetos. Justifica su conducta en prejuicios y discriminaciones basados en la condición social, nivel educativo, raza, sexo o edad de su víctima.
  • Al pensar que alguien lo amenaza. En este casos, la persona malvada puede creer que alguien pone en riesgo su seguridad física o psicológica, por lo que es capaz de infligir sufrimiento o tortura. Al tratarse de una persona desubicada de la realidad, una situación trivial puede ser interpretada como parte de un complot en su contra.

Quienes actúan apegados al mal deben su conducta, en gran medida, a que ellos mismos han sido inocentes víctimas de maltrato. Esto no significa que toda persona que sufra daño se convierta en alguien cruel, pero se ha observado que padecer abusos y abandono durante la niñez hace que un individuo modifique sus criterios emocionales y que no consolide una importante cualidad llamada empatía, la cual se puede definir como la capacidad de "ponerse en los zapatos de otro".

No es extraño entonces que en las familias violentas se transmita un patrón de comportamiento cruel que se repite por generaciones. Los niños pueden ejecutar el papel de agresor o víctima, o alternarlo de acuerdo a la situación en que se encuentren, ya que pueden ser objeto de ataques en casa y violentos en la escuela.

A este respecto hay que agregar que existen casos de adultos que ejercen la maldad a pesar de haber tenido buen comportamiento en su niñez y juventud. Cuando esto ocurre, el trabajo psicológico profundo permite observar que el deseo de dañar a otros estuvo presente desde pequeño, debido nuevamente a la existencia de un entorno agresivo y de haber sido sometido a maltrato, de modo que herir a otro permite "aliviar" una tensión conscientemente inexplicable.

¿Enfermedad?

Aunque una persona que actúa con maldad es señalada como alguien que "perdió un tornillo", "es un pobre loco" o "está mal de la cabeza", lo cierto es que su comportamiento puede ser completamente independiente de alguna enfermedad mental que diagnostique el psiquiatra o psicólogo.

A muchos puede parecer extraño, pero en gran medida la maldad es una desviación social, no individual. Se puede incurrir en actos premeditadamente crueles sencillamente porque hacer el mal causa placer. De este modo, cualquiera de nosotros puede asumir actitudes dañinas en algún momento, incluso de manera pasiva y encubierta, como "dejar que la sopa se queme" en forma inconsciente, o no respetar los horarios y llegar siempre tarde a las citas.

El origen de esto puede encontrarse en lo que el psicoanalista austriaco Sigmund Freud llamó pulsión de muerte. Este término explica que aquello que aparenta ser malo y riesgoso no siempre es percibido como dañino, sino que también se anhela y causa placer; así, el individuo no puede abstenerse de hacer algo perjudicial aunque sepa que afecta a su persona y entorno: utiliza drogas o tranquilizantes en exceso, arremete físicamente contra alguien sin tener razón aparente, bebe o come en exceso, e incluso incurre en abuso sexual.

De acuerdo a Freud, ideas y recuerdos destructivos alojados en el inconsciente empujan al individuo a hacer lo que no debe, y lo orillan a un punto en donde la razón deja de operar y pierde el control de sus actos: no puede dejar de golpear a su esposa aunque sabe que está mal, le resulta imposible dejar de espiar a las mujeres en los baños o se muestra incapaz de controlar su agresividad ante la gente.

Además, los especialistas en salud mental aclaran que una persona malévola no es siempre quien incurre en actos que violan la ley. Por un lado se encuentran las personas violentas, que son aquellas que pierden el control, netamente impulsivas y ven en la agresividad una forma de supervivencia. Por otra parte hallamos a los individuos antisociales o psicópatas, quienes no han desarrollado en absoluto los principios morales de aprecio o respeto, de modo que generan daño a los demás y son indiferentes ante ello; sólo les detiene el miedo a verse perjudicados o tras las rejas.

La diferencia radica en que una persona malvada no actúa de manera impulsiva, sino que planea cuál va a ser su agresión, y tampoco es indiferente ante sus actos malévolos, los disfruta.

Evitar la maldad

En años recientes se ha incrementado el número de mensajes divulgados en medios informativos, escritos o electrónicos, en los que dominan muerte, agresividad y presencia de personajes corruptos y alevosos; en las calles de las ciudades hay altas dosis de ruido o violencia y, por si fuera poco, dentro de casa pueden vivirse situaciones en donde predomina la maldad. ¿Qué se puede hacer ante este panorama?

Cuando se es víctima de un ser malévolo, pueden emprenderse medidas como las siguientes:

  • No caer en su juego. Se desaconseja por completo entrar en la espiral de manipulación y maltrato que intenta imponer; nadie tiene derecho a cuestionar las emociones ni la idea que se tiene de uno mismo.
  • Algunos son enfermos graves que requieren tratamiento. Si son familiares o gente cercana, se recomienda buscar la ayuda de un psicólogo o psiquiatra para resolver la situación, pero si no hay un lazo afectivo lo mejor es alejarse.
  • Considera que si el móvil de la maldad es una desviación mental, nunca se podrán establecer buenos vínculos ni se podrá confiar en esa persona, a menos que la sintonía con el mal sea por parte de ambos.
  • Son seres antisociales, por lo que es difícil integrarlos a un grupo social; al contrario, buscarán romper la convivencia. No insista en hacerlo participar en su núcleo de amistades cercanas.

¿Yo lo soy?

Ahora bien, hemos puesto de manifiesto que todo ser humano puede actuar de manera malévola sin necesidad de ser una persona enferma o anormal. Por ello, debemos comprender que, con el surgimiento del psicoanálisis en sus diferentes vertientes, quedó claro que todos poseemos una faceta que puede llevarnos a actuar con crueldad.

Las tendencias malévolas se alimentan de errores básicos de la mente, tales como egoísmo, celos, envidia, codicia, resentimiento, cólera o avidez. Para evitar que estos impulsos inconscientes tomen las riendas de nuestra existencia y contaminen la relación con otras personas, podemos recurrir a estas acciones:

  • Aumentar el autoconocimiento y la autoaceptación. Se sabe que cuanto más se conoce uno mismo, es más sencillo resolver y manejar los impulsos negativos y malignos.
  • Encauzar las emociones negativas hacia acciones útiles. Enojo, rabia, ira o rencor deben liberarse a través de la palabra, pero también de acciones positivas: ayudar a la familia, cuidar a un amigo enfermo, jugar con niños, aprender a escuchar y dar mantenimiento a la casa, entre muchas otras.
  • Librarse de la culpa que se provoca al sentir odio, celos y resentimiento. Debe tenerse en cuenta y aceptar que todos, en menor o mayor grado, experimentamos estas emociones.
  • Recurrir a disciplinas artísticas y deportivas para descargar la tensión emocional.
  • Poner en práctica la compasión, que es un sentimiento de cooperación que nos permite identificarnos con el sufrimiento de otros para tratar de aliviarlo o remediarlo

Finalmente, a continuación presentamos una serie de conductas que son indicadoras de cuando una persona actúa con maldad. Son también buen punto de partida para el autoconocimiento, y un parámetro en caso de que querramos iniciar un cambio. Cumplir con cualquiera de estos puntos significa que actuamos de manera cruel:

  • Burla. Se trata del señalamiento atroz de un defecto físico o una conducta incorrecta.
  • Sarcasmo e ironía. Suele revelarse a través de un chiste obsceno o un comentario machista.
  • Sentencia descarnada. Se observa a través de juicios como "No sirves para nada" o "Eres un inútil".
  • Desprecio e impaciencia. Una expresión típica de esta emoción es: "desaparece de mi vista cuanto antes".
  • Indiferencia. Además de ignorar la presencia de alguien o negarle un saludo, esta actitud puede reforzarse con frases como: "No existes para mí", "no me importa lo que hagas" o "tu opinión no tiene valor".
  • Negar la tristeza de otro. Sucede cuando alguien manifiesta que se siente mal y se ignora lo que dice, por lo que se ejerce más presión sobre la víctima. Es común escuchar en estos casos: "Tú no estás sufriendo tanto como dices".
  • Acorralamiento. La persona malévola no se detiene y busca arrinconar a su víctima, física o verbalmente, sea en el trabajo o en la casa.

Toma en cuenta que la actitud malévola puede cambiar cuando se tiene voluntad y deseo personal de no deteriorar más las relaciones de pareja, laborales o familiares, y considera que cuando la carga parezca muy pesada o se intenta cambiar sin obtener resultados, lo mejor es buscar ayuda de un psiquiatra o psicólogo, a fin de seguir una terapia que ayude a encauzar las emociones.

SyM - María Elena Moura

 

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