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Problemas psicológicos que enfrenta quien ha sufrido un infarto

Lunes 19 de junio del 2017, 01:27 pm, última actualización.

La experiencia del infarto de miocardio (tejido muscular del corazón) determina cambios emocionales en el afectado, siendo los más frecuentes ansiedad y depresión. No obstante, estudios psicológicos han permitido definir una serie de respuestas a las distintas fases de la enfermedad, que tienen importante repercusión en la recuperación.

Problemas psicológicos después de un infarto
Problemas psicológicos que enfrenta quien ha sufrido un infarto

Para entender qué es el infarto al corazón es necesario saber que éste obtiene la sangre que lo alimenta a través de dos arterias (aorta y pulmonar), pero si una de ellas se cierra, la parte del órgano que no recibe el vital líquido se muere por falta de oxígeno, lo que se manifiesta como ataque cardiaco. El hecho de que las arterias se obstruyan recibe el nombre cardiopatía coronaria, trastorno que se origina en la mayoría de los casos por una alteración conocida como aterosclerosis, que se refiere a la formación de placas de grasa sobre las paredes internas de las arterias; en consecuencia, estos conductos se tornan rugosos, rígidos y estrechos, impidiendo poco a poco el libre paso de la sangre.

Cabe destacar que el infarto al miocardio puede atribuirse al cambio en el estilo de vida, alimentación y a factores socioculturales y económicos, aunque también se sospecha que las cuestiones psicológicas juegan un papel determinante en el desarrollo prematuro de dicho accidente y sus manifestaciones clínicas, lo que se debe a que generan alteraciones al interior del organismo. Éste responde al peligro, ansiedad y nerviosismo constantes mediante estimulación de la neurohipófisis, glándula situada en el cráneo y debajo del cerebro que segrega cortisol, elemento encargado de incitar la secreción de otras sustancias llamadas corticoides; éstos últimos son los responsables de incrementar la presión arterial, acelerar el ritmo cardíaco y aumentar la coagulación de la sangre y los niveles de colesterol sanguíneo. Dichos factores, en conjunto, favorecen el desarrollo de infartos. 

A lo anterior se suma que en muchas ocasiones las personas preocupadas y/o frustradas por conflictos y fracasos adquieren el hábito del tabaquismo, o bien, quienes ya fumaban ahora lo hacen excesivamente. Dicha situación también incrementa las posibilidades de padecer enfermedades cardiacas debido a que la nicotina y el monóxido de carbono contenidos en los cigarros forman un dúo mortal, ya que intoxican al organismo, estrechan venas y arterias, y afectan de manera importante el transporte de oxígeno.

¿Quién está en riesgo?

Generalmente, las enfermedades cardiacas suelen diagnosticarse en personas con determinados rasgos en común, por ejemplo, se ha visto alta incidencia en quienes pertenecen a la categoría de emprendedores, ávidos de poder y constantemente ocupados en alcanzar el éxito; pues hay que considerar que siempre se encuentran bajo presión.

Pero eso no es todo, ya que estos individuos también están alertas para responder a eventuales amenazas y para aprovechar al máximo cualquier oportunidad que pueda proporcionarles crecimiento; además, son tolerantes al cansancio, y cuando el éxito les sonríe se convencen de que ningún obstáculo es insalvable. No obstante, en el momento en que alguna situación de fracaso se presenta en su vida caen presa de un desasosiego mucho mayor al que podría experimentar, en las mismas circunstancias, un individuo de personalidad opuesta.

Al parecer estas características no son hereditarias, sino adquiridas, sobre todo si se trata de niños educados por madres ambiciosas que les empujan y presionan en exceso al camino de la competitividad y éxito. Aunque cabe aclarar que estos individuos, pese a poseer mayor riesgo de desarrollar infarto de miocardio y a sufrir recaídas, no son los únicos susceptibles a padecer dicho trastorno. 

La mayor incidencia de enfermedades cardiacas en estos sujetos ambiciosos e hiperactivos se encuentra, probablemente, ligada a sus intensas reacciones ante las circunstancias de la vida diaria que escapan a su control y que acaban por generar exceso de secreción de la hormona noradrenalina, la cual aumenta los niveles de lípidos (grasas) en sangre e incrementa la presión arterial y mayor tendencia a padecer trombosis (formación de coágulos en venas y arterias).

Efectos psicológicos

Las dificultades psicológicas en el paciente con enfermedades cardiacas inician desde el momento en que debe ser internado, continúan en su estancia hospitalaria y siguen en el periodo de convalecencia y rehabilitación.

Cabe destacar que la ansiedad es la manifestación que se observa con mayor frecuencia entre los pacientes internados en una unidad coronaria por infarto de miocardio, estado emocional que deriva del miedo a sufrir muerte súbita o del temor a la repetición del dolor torácico o de las palpitaciones, así como de la sensación de extrema debilidad que afecta a estos enfermos, quienes tienden a considerar al infarto como un hecho irreversible que condicionará su vida futura.

Otra reacción que presentan dichos pacientes es la depresión, padecimiento que se instaura como reacción al grave problema que les ha afectado. El sujeto se muestra triste, pesimista, sin interés por cuanto le rodea, con miedo a recaídas y a reducir la actividad laboral y sexual.

No resulta raro que al ser dado de alta de la unidad de terapia intensiva el afectado manifieste cambios emocionales modestos, que bien pueden ser simple disgusto o cierto entusiasmo.

El momento en que el paciente sale del hospital y debe regresar a casa se convierte en una etapa crítica debido a que se encuentra en su nuevo papel de enfermo en fase de recuperación conviviendo otra vez con la familia. Por una parte, la necesidad de seguridad puede empujar a los convalecientes a adoptar actitudes de dependencia que estimulan respuestas hiperprotectoras por parte de la familia, sobre todo del cónyuge, y favorecen al mismo tiempo rígida observación de las indicaciones médicas.

En el polo opuesto nos encontramos con la actitud negativa, que expresa la incapacidad del paciente de aceptar el papel de enfermo, quien se muestra intolerante ante las preocupaciones de su cónyuge y desobedece los consejos del médico. Esta situación ocasiona que la pareja del afectado soporte el mayor peso psicológico de la recuperación, compartiendo sobre todo las dificultades ligadas a la redistribución de los papeles en el seno de la familia y al restablecimiento de una vida sexual satisfactoria, además de que sufre gran temor de que su pareja muera.

Qué hacer

Cuando se presenta una situación como la descrita, lo más recomendable es que el afectado fortalezca, con ayuda del psicólogo o psiquiatra, su equilibrio emocional, estado de bienestar basado en la ausencia de competencia con uno mismo y aceptación e integración de las eventuales limitaciones impuestas por su nueva condición.

Asimismo, los especialistas en salud mental tendrán que enseñarle a evitar el desarrollo de fobias y depresión, además de aceptar su estado de vulnerabilidad. Se trata de un trabajo muy difícil que requiere la disponibilidad del médico a una relación con el paciente en la que él mismo resulta implicado emocionalmente, y en la que son fundamentales comprensión y colaboración recíprocas; es esencial que el afectado esté dispuesto a cambiar aspectos de su carácter y comportamiento que le resulten perjudiciales.

Otro papel importante es el que desempeña su familia, a la cual se hacen extensivas, inevitablemente, las consecuencias del problema emocional del paciente. Hay que considerar que el comportamiento de la pareja, por ejemplo, puede aumentar el estado de ansiedad del afectado y su dependencia, amén de prolongar seriamente su condición de invalidez; o bien, por el contrario, obligarle a un tren de vida absolutamente incompatible con su estado de salud; por ello, es conveniente que todos los miembros de la familia acudan a terapia psicológica.

Además de la mental, recuperación física

Un aspecto fundamental en la rehabilitación de quien ha sufrido un infarto es asumir que su nueva condición no lo confina a ser un individuo incapacitado para actividades físicas, y que deberá reincorporarse a su vida diaria de manera paulatina una vez concluido el periodo de recuperación. Así, y bajo la supervisión del cardiólogo, podrá nuevamente acudir al sitio de trabajo, al gimnasio e incluso continuar con su vida sexual, sin someterse a sobreesfuerzo o excitación excesiva.

Igualmente importante es tener en cuenta que deberán desecharse ciertos hábitos cotidianos que pueden ser dañinos, como fumar, beber alcohol y consumir grasas o sal en exceso. De ahora en adelante habrá que establecer nuevas costumbres que redundarán en beneficio de la salud, como es el caso de la incorporación a la dieta diaria de alimentos como carne blanca, pescado, aceite de oliva, frutas y verduras en general, así como seguir rutinas de ejercicio de acuerdo a lo establecido por el cardiólogo.

Como puede ver, la rehabilitación de la persona que ha sufrido un infarto cardiaco no debe ser sólo física, sino también psicológica, y en ella deben intervenir, además, la familia y el médico. En efecto, sólo evitando las actitudes erróneas y, sobre todo, el comportamiento pesimista del paciente, se puede recuperar el buen estado de salud.

SyM - Karina Galarza Vásquez

 

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