Bulimia, trastorno alimenticio que también afecta a hombres - SyM
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Bulimia: dejó de ser exclusiva de mujeres

Martes 28 de marzo del 2017, 11:43 am, última actualización.

Paulatinamente, el velo de la simulación cae ante el poder de los hechos y evidencias. Sí, porque anorexia, y sobre todo bulimia, enfermedades hasta hace poco consideradas exclusivas de las mujeres, se abren paso entre la población masculina.

Bulimia, Trastornos alimenticios
Bulimia: dejó de ser exclusiva de mujeres

Ciertos cálculos señalan que hace una década la proporción de hombres afectados por trastornos alimenticios era de 1 por cada 10 mujeres, pero la más reciente Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut, realizada en 2006) no deja lugar a dudas sobre el crecimiento de este tipo de problemas en el género masculino, ya que su incidencia prácticamente se triplicó, al pasar de 1.3 a 3.8% en sólo seis años (entre 1997 y 2003).

Así lo establece el médico psiquiatra Armando Barriguete Meléndez, director fundador de la Clínica Ángeles de Trastornos de la Conducta Alimentaria, con sede en la Ciudad de México, quien señala que dicho aumento quizá se debe a que ahora la gente siente más confianza para hablar de estos temas, y a que hoy se cuenta con más información sobre la enfermedad.

El experimentado especialista señala que dentro de los trastornos alimentarios existen tres figuras importantes o conocidas: por el lado de la restricción, la anorexia (pérdida de peso por dejar de comer y someterse a intensas rutinas de ejercicio); del lado de la pérdida de control, la bulimia (episodios repetidos de excesivo consumo de alimentos seguidos de vómito o uso de laxantes) y, en tercer lugar, el trastorno por atracón, que es lo que se conocía antes como “comedor compulsivo”.

Estos tres síndromes afectan primordialmente al género femenino, pero si fijamos la atención en la bulimia la proporción actual es de 3 hombres por cada 7 mujeres, afirma el experto.

Desde dentro

Andrea Weitzner, directora de AW Foundation y sobreviviente de anorexia y bulimia, además autora de El ABC de los desórdenes alimenticios (Editorial Pax, México), señala que hay muchos hombres que se comunican con ella o con su equipo de trabajo, pero la mayoría no se atreve a acudir en busca de tratamiento porque les resulta vergonzoso; esto, asegura, se debe a que, además de todos los elementos perjudiciales que distinguen a ambos padecimientos, obliga a los pacientes a lidiar con la sensación de que dichas enfermedades son propias de las mujeres.

Así, es muy complicado aceptar ante los demás que se sufre alguno de estos padecimientos, pero resulta mucho más difícil vencer el temor a ser considerado homosexual, la cual es pesada carga que todavía prevalece sobre los desórdenes alimenticios en varones, a pesar de que carece de cualquier fundamento.

“Desde el punto de vista sociológico, puedo decir que bulimia y anorexia, en ambos géneros, son reacciones a los mensajes subliminales que se encuentran en todas partes y que incitan a la sexualidad, implícita o explícitamente. En concreto, me parece que la bulimia opera como catarsis o desahogo de una sexualidad mal encauzada, y lo digo porque todos los chavos que han platicado conmigo al respecto coinciden en que los síntomas de la enfermedad aparecieron justo entre la pubertad y adolescencia, es decir, cuando las hormonas empezaron a ‘dispararse’”. De esta forma, el trastorno se convierte en una manera de catalizar energía.

Todas las personas que caen en algún trastorno alimentario, piensa Weitzner, “tienen nivel de sensibilidad superior al promedio, es una manera de adaptación ante todo lo que vivimos en el inconsciente colectivo. Es una forma de explotar esa angustia existencial”.

Dando un giro en la conversación, la experta precisa: “Creo que el más peligroso de los trastornos alimentarios es la bulimia, porque es el más impulsivo. Además, la persona con este padecimiento puede morir a causa de accidente automovilístico, una purga severa, el uso de drogas o atracón extremo donde el estómago revienta, literalmente”.

En este sentido, aunque las estadísticas siguen mostrando que la bulimia es más común en mujeres, la entrevistada está convencida de que “hay muchos hombres con este problema, pero no se atreven a buscar ayuda. Las personas que vomitan saben que es anormal lo que hacen, creen que cada vez será ‘la última’, pero en la bulimia siempre hay una siguiente. El varón prefiere evadirse porque es más sencillo que enfrentar las emociones de las que huye y de lo que simbólicamente desea ‘vomitar’ de su vida; entonces piensa que es menos doloroso hacer esto, aún siendo desagradable, a enfrentar los fantasmas sentimentales”.

¿Adicción?

Aunque resulta vergonzoso admitir que vomitar es una forma de sentirse bien, a fin de cuentas el enfermo encuentra placentero el acto de expulsar alimento. Andrea Weitzner opina que es algo parecido a lo que sucede con la actividad deportiva, la cual estimula la liberación de endorfinas (proteínas que eliminan el dolor y promueven bienestar), y es por ello que la enfermedad se convierte en adicción.

“Visto desde fuera no es comprensible que el vómito te pueda producir placer; no hay lógica y, si le pides a la persona afectada una opinión racional, te dirá que sabe perfectamente lo que ocurre, que lo entiende, pero el problema radica en que no lo siente”. De esta forma, el daño radica precisamente en los instintos del enfermo y en que no sabe qué hacer con su ira.

Así, por ejemplo, la persona en recuperación “aspira a tratar de espaciar las ocasiones en que vomita, ya que hacerlo ‘de golpe’ es muy complicado. Y debe ser así porque la comida es lo único que le da sentido a su vida, por más patético que suene. La curación vendrá cuando se le ofrezca al paciente algo que le reporte placer y satisfacción mientras se da la transición entre una cosa y otra”, asevera la experta.

No se trata de que el individuo deje de ser impulsivo, sino de canalizar esos impulsos de manera positiva y lograr que trabajen para uno mismo, dice Weitzner, quien recurre a su propia experiencia para argumentar que esto es posible, pues ha logrado escribir cuatro libros sobre trastornos alimentarios en tan sólo nueve meses.

Concluye la entrevistada: “Sí se puede resolver el problema; desde luego que hay salida. Es importante decirle a todo varón que se encuentre en estas circunstancias que se atreva a dar el paso y se libere, y que reconozca que tiene un problema que no puede resolver solo. Lo digo desde mi propia experiencia, la de alguien que intentó encontrar una solución sin pedir ayuda y que se perdió muchas veces en un laberinto”.

El niño dorado de papá

En uno de los libros escritos por Andrea Weiztner, El ABC de los desórdenes alimenticios, aparece un relato que vale la pena recuperar y que corresponde a un hombre que la autora identifica como “S”:

“S creció en un hogar de clase media alta. Su familia era el prototipo del american dream (el sueño americano), ‘el cuadro perfecto’... Claro, visto desde fuera.

“S era el hijo menor y el adorado de su padre. Debido a su alto coeficiente de inteligencia, detectado desde su temprana infancia, a S le impusieron las expectativas de ser un reconocido académico universitario. Su padre, ministro local de la iglesia, era ejemplo viviente de lo que las palabras “voluntad de hierro” significan, e impuso en sus hijos la dura mano de la disciplina.

“S creció con sentimientos de culpa alrededor de todo aquello que le daba placer. El camino estricto y rígido de su padre inhibió su habilidad de aceptar el placer como algo natural, ya fuera el goce de algo nuevo, o lo dulce de una golosina, el mérito de sus conductas ejemplares, o lo ordenado e impecable de su cuarto.

“Como es de esperarse, las calificaciones perfectas que S traía a casa no eran motivo de celebración. ‘Dios te dio inteligencia’, le decía su padre, ‘sacar 10 es lo mínimo que puedes hacer por Él’.

“S complació y sobrevivió con callada timidez las altas expectativas de su entorno, hasta que llegó la adolescencia. Enfrentando el temor y los cambios de la pubertad, comenzó a preocuparse en extremo por su apariencia física. La gordura siempre fue criticada abiertamente por sus padres, y lo último que S quería era dejar de ser el niño dorado y convertirse en un gordo repudiado.

“S ya había escuchado que las niñas de su salón vomitaban, pero eso era algo que ‘las niñas’ hacían. El temor profundo de no seguir siendo el niño dorado lo llevaba a matarse de hambre y a vomitar, librando la barrera mental de que eso era sólo un ‘asunto de mujeres’. Su anorexia pasó aparentemente desapercibida, aunque su peso siempre estuvo debajo de lo normal. Cuando a S se le dispararon las hormonas y el interés sexual, sintió que sería su condena de muerte final. Buscando callar el volcán infernal, comenzó a consumir litros y litros de helado sin parar, para luego hacer lo que desde niño había aprendido: vomitar.

“S, teniendo la inteligencia que tenía, invirtió sus neuronas en mantener su secreto seguro. Su bulimia adolescente nunca fue descubierta. Cuando entró a la universidad, su peso era ligeramente inferior al normal. Él, convencido de que había encontrado la manera de comer a sus anchas sin subir de peso, decidió que a los que les pasaba algo por vomitar, era porque no lo sabían hacer bien. Él sí. Y siguió...

“S tuvo que pisar el infierno antes de reconocer que estas enfermedades son verdaderamente mortales. La inteligencia privilegiada no siempre juega a tu favor; construirás justificaciones mentales tan elaboradas y sofisticadas, que hasta tú mismo podrás creértelas. En esta enfermedad haces del autoengaño una elaborada y costosa obra de arte. S ha invertido, con seguro médico, 278,000 dólares entre trabajo vertebral, dental y psicológico”, culmina el relato.

El rostro de la bulimia

Establecer la definición exacta para un problema que depende de diversos factores es un tanto complicado; sin embargo, los expertos coinciden en que la persona diagnosticada con bulimia debe ser alguien con episodios recurrentes de atracones, los que se caracterizan por la ingesta de cantidad de comida evidentemente mayor a la que casi toda la gente come durante periodo similar y en circunstancias semejantes.

El enfermo de bulimia presenta comportamiento compensatorio recurrente e inadecuado para evitar aumentar de peso, por lo que recurre al vómito autoinducido, exceso de laxantes, diuréticos (estimulan la emisión de orina) u otros medicamentos, pero también al ayuno y al ejercicio excesivo.

Para que alguien sea diagnosticado con este trastorno debe exhibir la conducta descrita al menos dos veces por semana y durante tres meses. Asimismo, la percepción sobre su persona está excesivamente influida por la forma corporal y el peso.

Existen dos tipos de bulimia:

  • Bulimia purgativa. La persona se produce el vómito o utiliza excesivamente laxantes y, o, diuréticos.
  • Bulimia no purgativa. Se utilizan otros métodos compensatorios inadecuados, como ayuno o ejercicio exagerado. 

SyM - Juan Fernando González G.

 

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