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Conducta antisocial o vivir sin reglas

Miércoles 12 de abril del 2017, 11:13 am, última actualización

Seductor y muy sociable, pero también violento, egoísta y enemigo de las reglas. Así es quien padece el trastorno de conducta antisocial, mismo que, de no ser atendido en la infancia, puede dar lugar a un ser dañino para la sociedad.

Conducta antisocial

Todos hemos incumplido alguna regla en algún momento de nuestra vida, como mentir para no asistir a la escuela, tomar dinero del bolso de mamá para comprar un juguete, ignorar la luz roja del semáforo o decir que nos asaltaron cuando en realidad gastamos cierta cantidad de dinero. Sin embargo, éstas y otras faltas a las normas sociales pueden considerarse hasta cierto punto inofensivas, cuando se presentan en forma excepcional y no causan grave perjuicio a alguien más.

No obstante, hay individuos que siempre actúan del mismo modo e ignoran de manera sistemática las leyes, al mismo tiempo que buscan, un día sí y el otro también, aprovecharse de la buena fe de amigos y familiares para obtener el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, sin sentir remordimiento por cada una de sus acciones.

Hablamos de aquel personaje que es capaz de relatar mil y una aventuras para salvarse de la bancarrota, cubrir la renta de su casa o inscribir a sus hijos en la escuela, pero que nunca paga. Hablamos de quien toma lo que no es suyo y lo destruye sin dar la cara por sus actos, de quien a la mínima provocación pelea en la calle, restaurante o bar, o de quien ignora las necesidades básicas de su familia y, en lugar de comprar víveres, opta por adquirir los zapatos que “le guiñaron el ojo” en el aparador. Hablamos, en síntesis, de un ser con trastorno de conducta antisocial.

Con la lupa de la ciencia

Los expertos en salud mental han elegido dividir las patologías (enfermedades) psiquiátricas en dos grandes rubros. Por un lado, se encuentran los trastornos mayores, que son los más graves, frecuentes y representativos (depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar) y requieren tratamiento fundamentalmente farmacológico.

En el otro extremo se ubican las alteraciones de la personalidad o forma de ser del individuo, es decir, la manera en que piensa, siente y se conduce en el día a día, lo que incluye, por supuesto, sus valores y creencias. A este apartado corresponde la conducta antisocial.

La prestigiada psiquiatra Martha Ontiveros Uribe, presidenta de la Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM), explica que lo que se conoce como personalidad tiene dos componentes: el temperamento, que es la condición con la que nace el ser humano y es susceptible a heredarse, y el carácter, elemento que se determina socialmente.

Para no dejar lugar a dudas, la especialista, formada a nivel licenciatura en la Escuela Mexicana de Medicina de la Universidad La Salle, en la capital del país, refiere como ejemplo al recién nacido que se mueve mucho dentro de la cuna, es inquieto, se nota irritado y se desgañita si no le dan el biberón; en contraste, encontramos al niño que, en el mismo ambiente que otros chicos, se comporta tímidamente, se retrae ante los desconocidos y siente miedo si su madre se aleja.

En ambos casos, señala la experta, se trata de comportamiento que los infantes no pudieron haber aprendido, y corresponde a los rasgos temperamentales que heredaron de sus padres.

Así pues, a estas características se suma el aprendizaje que todo niño logra asimilar en su entorno familiar, social y cultural, afirma la especialista graduada como psiquiatra por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

De este modo, abunda, “si el niño nace en hogar rígido, en el que se busca la perfección y los valores son prioritarios, entonces aprende esto. Si además de ello nació con temperamento tímido y tranquilo, hay muchas probabilidades de que sea persona seria, formal y responsable”.

De modo contrario, si el infante es educado de manera violenta, con malas palabras y gritos, aprenderá a comportarse de igual forma; claro está que puede haber matices, indica la experta en salud mental, por lo que un niño con temperamento tímido puede modificar su personalidad si se desarrolla en atmósfera familiar desinhibida, en la que se alienta la charla constante y el intercambio de opiniones críticas.

“Infancia es destino”

Algunos de los trastornos de la personalidad más frecuentes son el paranoide, caracterizado por la desconfianza y suspicacia que hacen que se interpreten maliciosamente las intenciones de los demás, o el esquizoide, en el que se presenta una distorsión de la percepción y comportamiento excéntrico.

También existe el histriónico, muy común y caracterizado porque la persona muestra excesiva emotividad y gran demanda de atención, así como el trastorno narcisista, en el que está presente la grandiosidad y enorme necesidad de ser admirado.

Todos los desequilibrios de este tipo se diagnostican a partir de los 18 años, y se hace de esta manera porque se considera que antes de esta edad la personalidad puede modificarse, de tal suerte que el diagnóstico prematuro puede ser erróneo y afectar la vida futura del individuo.

No obstante, la excepción a la regla es precisamente la del trastorno antisocial, el cual puede ser identificado por la mirada experta del psicólogo, psiquiatra o paidopsiquiatra (especializado en niños) a partir de los ocho años de edad. Al respecto, si se deduce que el infante padece este desequilibrio, lo correcto es definirlo como trastorno disocial, a fin de diferenciarlo del nombre que recibe en la etapa adulta.

Generalmente, acota la Dra. Ontiveros Uribe, estos niños son hijos de personas que probablemente tuvieron el mismo trastorno, o bien, viven en medio familiar en el que hay abuso de sustancias y se carece de estructura que respete las normas sociales. Es de esperar que en dichas circunstancias, reitera la entrevistada, las posibilidades de convertirse en ser antisocial se multipliquen.

Es pertinente señalar que 30% de los niños con alteración disocial evoluciona hacia algún trastorno antisocial en la vida adulta, aunque hay que decir también que quien se encuentra en dicha situación empieza a manifestar su comportamiento desde la adolescencia, etapa en la que es común que mienta, tome lo que no es suyo sin autorización y se comporte de manera agresiva. Es habitual, asimismo, que sea sumamente impulsivo y sexualmente promiscuo (mantiene relaciones con varias personas).

Igualmente, dice la psiquiatra, son personas “que se pelean por cualquier cosa, amenazan, faltan a clases, se van ‘de pinta’ y pueden ser crueles con las personas y animales, espectro que a final de cuentas les facilita relacionarse con muchachos que delinquen o consumen drogas, lo cual agrava el problema de base”.

¿Hay solución?

Como se ha vislumbrado, lo ideal es identificar en edad temprana al niño que responde al “retrato hablado” que dibujamos. Sin embargo, esto es muy complicado, pues es común que la familia del menor ignore las consecuencias que puede tener este comportamiento y, en muchas ocasiones, es copartícipe del problema.

La Dra. Ontiveros Uribe relata que es indispensable que el chico reciba atención especializada antes de que alcance los 12 años de edad. El tal caso, el psiquiatra puede optar entonces por atender directamente al niño para tratar de dotarlo de valores y hacer que logre apegarse a ciertas reglas, pero otros expertos consideran que a quienes se debe tratar es a los padres, a fin de enseñarles a reforzar las conductas correctas y positivas de su hijo, a la vez de que traten de eliminar las que no lo son.

“El tratamiento será exitoso en la medida que los padres le pongan límites a sus hijos, lo cual implica gran esfuerzo porque hay que estar sumamente atentos a lo que suceda en la escuela y en la relación con sus amigos”, enfatiza la entrevistada.

Lamentablemente, sintetiza la experta en salud mental, quien llega a la etapa adulta con este tipo de personalidad difícilmente puede modificar su actitud y continúa perjudicando a la gente con la que se relaciona. Por ello, al paso del tiempo lo habitual es que estos individuos resientan el rechazo social y se queden solos, ya que quien convive con ellos termina por cansarse de su comportamiento.

SyM - Juan Fernando González G.

 

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