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Mobbing, violencia en el centro de trabajo

Miércoles 21 de diciembre del 2016, 03:47 pm, última actualización

El acoso en centros de trabajo o mobbing es una forma de violencia de la que se habla con mayor frecuencia; sin embargo, no es un problema nuevo, sino que se ha practicado durante muchos años de manera disimulada.

Mobbing, violencia en el centro de trabajo

Gritar, humillar, discriminar, insultar, difamar, ignorar, excluir de juntas y proyectos, poner sobrenombres, sobrecargar de trabajo, asignar objetivos inalcanzables, modificar atribuciones o responsabilidades sin previo aviso, infravalorar el esfuerzo realizado, bloquear el desarrollo profesional, impedir la toma de decisiones e, incluso, amenazar con agresión física o llegar a ella. Todas estas, y más, son las formas que puede adoptar la violencia en centros de trabajo, misma que, por desgracia, es muy común en México y otras latitudes.

La descripción del fenómeno se atribuye al psicólogo y psiquiatra sueco Heinz Leymann, que en 1990 señaló: “El mobbing o terror psicológico en el ámbito laboral consiste en la comunicación hostil y sin ética, dirigida de manera sistemática por uno o varios individuos contra otro, que es así arrastrado a una posición de indefensión y desvalimiento, y activamente mantenido en ella”.

Distintos especialistas coinciden en que la finalidad del acoso laboral es destruir las redes de comunicación de la o las víctimas, echar abajo su reputación, afectar su productividad y, finalmente, orillarlas a abandonar su lugar de trabajo. La pregunta es, ¿por qué sucede esto?

El Dr. Mauricio Agustín Porras Gómez, especialista en clínica psicoanalítica por el Centro de Estudios Psicoanalíticos Mexicanos, A.C. (Cepsimac), explica a saludymedicinas.com.mx que la mayoría de los casos de mobbing son ejercidos “por individuos con cierto nivel en el organigrama de una empresa, que piensan que son la representación del poder. Se lo toman muy en serio, y si tienen a su cargo un departamento o una gerencia, se vuelven absolutistas”.

A decir del también catedrático en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), por lo general “una persona absolutista es un perverso, es decir, alguien que molesta a los demás por puro gusto. Por ejemplo, si nota que a los empleados les agrada el aire acondicionado, se los quita para ver su reacción; además, cree que no tiene por qué dar explicaciones, pues piensa que está en su espacio de poder”.

Añade el experto: “Cuando aparece algún conflicto, lo mejor es negociar. Supongamos que hay gente a la que le gusta oír el radio, pero a otros los distrae; entonces, lo más sano es dialogar, establecer horarios o acordar qué programas y a qué volumen se pueden escuchar, pero no para un absolutista, quien prohíbe tajantemente y piensa: ‘yo tengo el poder y los demás no me importan; no tengo que hacerle caso a nadie ni ofrecer disculpas porque la ley soy yo’”.

Emoción adictiva

El mobbing también puede ejercerse de los subordinados a sus superiores, o bien, entre iguales. “En muchos de estos casos se ataca a quien es distinto, pues en algunos grupos sólo se busca convivir con personas parecidas. Alguien que suele tener buen desempeño en la empresa y no sale con los demás los viernes puede ser excluido por sus compañeros, ya que es una amenaza y no entra en su juego”.

Sin embargo, la constante en quienes ejercen acoso en alguna de sus vertientes, sostiene el Dr. Porras, es que son individuos en los que, desde pequeños, falló el proceso de introducción de la ley y respeto a la autoridad.

En tales casos es común que los padres descuiden la atención de sus hijos “permitiéndoles gritar en el cine y pelear en la escuela, o bien, los dejan a cargo de personas a las que no les importa si comen o hacen la tarea; entonces el concepto de autoridad no tiene cabida en su mente”.

A esto debemos añadir que, con el tiempo, en estos individuos se establece una configuración mental en la que someter a otros se vuelve un vicio o adicción, pues ejercer el poder de manera sádica se vive con emoción y placer.

Por tal motivo, aunque la psicoterapia es capaz de lograr un mejoramiento gradual de estas personas, es muy difícil iniciar su tratamiento. “Estos pacientes no sienten la necesidad de cambiar, ya que su forma de actuar les da una energía que disfrutan, y además gozan con el sufrimiento de otros; es como tratar de convencer a un alcohólico para que deje de beber. Por desgracia, sólo buscan ayuda cuando algo muy malo les pasa: que fallezca un familiar, los abandone su pareja o sufran un accidente por conducir a exceso de velocidad”.

Respecto a las víctimas de mobbing, “curiosamente quien se queda con la plaza laboral en un lugar donde hay acoso es el masoquista que aguanta más, quien piensa: ‘no importa que el ambiente sea malo, mientras me sigan pagando’ o ‘no me tratan bien, pero al menos tengo empleo’. De algún modo, es el mismo discurso de la mujer golpeada que dice: ‘me pegó, pero me quiere; lo que pasa es que llegó muy enojado’”.

No es el fin del mundo

A pregunta expresa, el Dr. Mauricio Porras señala que si alguien descubre que es víctima de mobbing, lo mejor que puede hacer es buscar otro trabajo.

“En México vivimos tiempos en los que las condiciones económicas dan la impresión de que hay pocas oportunidades, sin olvidar que lo colectivo, familiar e individual se enfocan sólo en el dinero y refuerzan la actitud masoquista con frases como: ‘qué bueno que tienes mucho trabajo; malo cuando no haya’, o ‘échale ganas, no sueltes tu empleo porque afuera está muy complicado’. Hay que tener cuidado de no justificarse con este discurso”, señala el psicoanalista.

La lección en este caso es aprender a poner límites y aceptar que, aunque en el trabajo se pueden desarrollar actividades gustosas, sufrir todos los días el acoso y las agresiones es situación que sólo quien la padece puede entender, aunque amigos y familiares le digan que “lo que le pasa es normal”.

También se debe hacer caso omiso de las intimidaciones de algunas compañías, las cuales retienen a la gente bajo amenaza de “boletinarlas” o bloquear su contratación en otras empresas del ramo. En efecto, llegan a hacerlo, pero esto no es el fin del mundo.

Indica el Dr. Porras: “La solución, considero, es darse cuenta de que hay más opciones; a lo mejor en un principio no se encuentra un empleo que nos guste tanto, pero carece del ambiente dañino. Uno de mis pacientes renunció y se dedicó a ser guía de turistas, por lo cual ya no podía salir con la misma frecuencia a bailar o a restaurantes los fines de semana, pero se sentía tranquilo y con ánimo para buscar un mejor trabajo”.

En busca de soluciones

Las víctimas de acoso y violencia en el centro de trabajo, sugiere el especialista, pueden solicitar ayuda psicoterapéutica en cualquier momento. “Quien sufra este tipo de acoso y no sepa cómo enfrentarlo, puede acercarse a un experto. Esto no quiere decir que tenga problemas graves o que ‘esté loco’; al contrario, evitará que se llegue a una situación extrema y va a estar mucho mejor”.

Además, recomienda tener mayor conocimiento de las leyes y garantías laborales, así como de la manera y circunstancias en que algunas organizaciones, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), pueden brindar apoyo.

En un plano más general, el Dr. Mauricio Porras opina que así como se actualizan las leyes o el saber científico, hay muchas cosas en la sociedad que deberían retomarse o resignificarse. Tal es el caso de “los mitos, que le dan mucho valor a una comunidad. Antes era habitual que a los niños les dijeran que si se portaban mal o no se iban a dormir, vendría ‘el coco’ y se los iba a comer; entonces, los chicos adquirían conciencia de que si tenían un comportamiento inadecuado, iban a presentarse ciertos efectos, y esta retórica de alguna u otra forma lleva a crear respeto”.

También sería necesario que algunas instituciones actuaran con mayor congruencia. “En la actualidad, la Iglesia no da igualdad a hombres y mujeres, y el gobierno aboga por la solución de los problemas con mano dura, algo que puede reproducirse inconscientemente en distintos sectores: ‘yo tengo la autoridad y voy a ejercer la fuerza para solucionar los conflictos, sin importarme el precio’, es decir, sin recurrir a la negociación”.

Finalmente, indica, “resulta inverosímil, pero tuve un paciente gordito, muy bueno en lo que hacía, al que le dijeron que tenía que bajar de peso porque podía tener un paro cardiaco y así era un peligro para la empresa. Lo irónico es que el lugar donde trabajaba se relacionaba con la industria farmacéutica, y los médicos preferían acosarlo y amenazarlo con despedirlo en vez de ayudarle a controlar su problema en beneficio de su salud.

“Por éste y muchos otros  casos —concluye el psicoanalista—, pienso que mientras no se entienda que necesitamos una educación de calidad, que ayude a mejorar a los individuos para que no se presenten problemas en lo social, no habrá un cambio real.”

SyM - Rafael Mejía

 

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