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Problemas psicológicos por obesidad

Viernes 21 de febrero del 2014, 12:53 pm, última actualización.

Se sabe que la obesidad favorece la aparición de cáncer, diabetes, hipertensión, infartos al corazón y cerebro, trastornos en el sueño y desgaste de articulaciones, pero no siempre se habla de las desfavorables consecuencias que genera en la salud emocional y autoestima del individuo. De ello hablaremos a continuación.

Problemas psicológicos por obesidad

De acuerdo a reportes emitidos por la Organización Mundial de la Salud, la obesidad es uno de los 10 principales retos que debe enfrentar la Ciencia Médica en todas las naciones, debido a que desencadena enfermedades potencialmente mortales y, sobre todo, por el alarmante avance que ha tenido en las últimas décadas. A modo de ejemplo, basta decir que 61% de los adultos estadounidenses tienen algún grado de sobrepeso, en tanto que en Alemania la mitad de su población se encuentra en idénticas circunstancias.

México no es la excepción a este difícil panorama, ya que las cifras de la Secretaría de Salud (Ssa) revelan que dos terceras partes de las personas mayores de 20 años tienen dificultad para controlar su peso, además de que el 25% de este sector poblacional padece obesidad severa y sólo 4% de los afectados reciben atención médica.

Por razones obvias, las actuales campañas de prevención hacen énfasis en indeseables secuelas del sobrepeso como infartos (muerte de tejidos en corazón y cerebro por la obstrucción o ruptura de vasos capilares), diabetes (acumulación de glucosa en la sangre debido al deterioro absoluto o parcial de la secreción y acción de insulina) y cáncer (multiplicación incontrolada de células anormales que forman tumores), pero cabe destacar que muchos especialistas también enfatizan en el impacto que la obesidad ejerce sobre el comportamiento y emociones de quien la padece e, incluso, subrayan que los factores psicológicos son determinantes para que muchas personas se resistan a recibir tratamiento o lo abandonen al poco tiempo de haber iniciado.

Apoyados por el resultado de investigaciones recientes y la observación de múltiples casos, expertos en conducta humana sugieren que se brinde mayor consideración al deterioro en la autoestima y calidad de vida de los pacientes, y enfatizan en que la ayuda anímica debe ser un renglón tan destacado como el establecimiento de nuevos hábitos alimenticios, rutinas de ejercicio y, cuando se requiera, administración de medicamentos.

¿Gordito simpático?

Se suele definir a la obesidad como una enfermedad crónica (que se desarrolla a lo largo de los años) ocasionada por el exceso de reservas energéticas acumuladas en el cuerpo en forma de grasa. Siendo más específicos, los médicos establecen que una persona padece sobrepeso cuando rebasa entre el 10 y 19% de su peso ideal, respecto a su estatura, mientras que cuando supera en 20% o más el valor ideal, estamos hablando de obesidad.

A pesar de que muchos estereotipos difunden la imagen de que las personas “llenitas” son graciosas y joviales, lo cierto es que suelen estar sometidas a constantes críticas, bromas pesadas, presiones y expresiones hirientes por parte de quienes les rodean, de modo que experimentan sentimientos de malestar, tristeza y depresión ligera, incluso desde edades muy tempranas.

Al respecto fue esclarecedor un estudio dirigido por la doctora Kylie Hesketh, del Instituto de Investigación Infantil de la Universidad de Melbourne, en Australia, en el que se evaluó la autoestima (grado de aceptación de uno mismo) de 1,157 niños de entre 5 y 10 años de edad en dos ocasiones.

A través de los resultados obtenidos durante el primer monitoreo, en 1997, fue evidente que la autoaceptación de los niños con peso normal fue buena, y que en aquellos con sobrepeso, pero sobre todo con obesidad, se presentó un deterioro notable en la percepción que tenían de ellos mismos (se consideraban más torpes o menos inteligentes que sus compañeros, por ejemplo).

El seguimiento a los pequeños, tres años después, arrojó nuevos datos de interés. Por principio, se detectó sensible incremento en el peso corporal de los infantes, de modo que si en 1997 habían 937 niños con peso normal, 174 con sobrepeso y 46 con obesidad, en el 2000 las cifras indicaban que 881 estaban en su peso ideal, 227 contaban con sobrepeso y 49 con obesidad.

Asimismo, los investigadores revelaron que casi la mitad de los chicos con problemas para controlar su peso disminuyeron 15% en la puntuación de su autoestima. Los especialistas que han observado los resultados del informe concluyen que este hecho se debe, probablemente, a que los niños gorditos son objeto de bromas sobre su peso y sufren segregación (son los últimos en ser elegidos como compañeros de juego, por ejemplo), de modo que la imagen y concepto que tienen de ellos mismos se ve afectada paulatinamente.

No muy lejos de este orden de ideas, especialistas en salud mental coinciden en señalar que la obesidad en pacientes adultos se vincula con desórdenes emocionales, pero aclaran que tales dificultades no sólo dependen de ser blanco de críticas y mofas, sino también por la comparación que el mismo paciente hace entre su físico y los estereotipos de belleza socialmente convenidos, la pérdida de amistades y oportunidades de trabajo por su condición, y la frustración que se genera durante sus infructuosos intentos por perder peso.

En resumen, psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales consideran que un mal control de peso puede generar, en lo anímico:

  • Dificultad para afrontar situaciones conflictivas o que provocan frustración y ansiedad.
  • Autoestima negativa y bajo concepto de uno mismo.
  • Estados de ánimo depresivos o de angustia.
  • Deseo irrefrenable de tener experiencias gratificantes.
  • Incapacidad para tomar decisiones por cuenta propia, lo que genera que la conducta sea controlada por otros (padres, parientes, pareja o amigos).
  • Sentimiento de vacío interno e incapacidad para controlar la vida propia.
  • Tendencia a pensar que los cambios emocionales y problemas que le ocurren a uno mismo se deben exclusivamente a factores externos.
  • Inclinación a prestar demasiada atención a los mensajes y críticas que brindan los seres cercanos.

Dicho lo anterior es fácil entender parte de la dificultad que enfrenta el paciente con obesidad para iniciar un tratamiento y darle continuidad, ya que si en vez de recibir apoyo emocional es sujeto a críticas y dudas, se siente inseguro de emprender cambios. Así, a través de los años ha creado tan mal concepto de sí mismo que abandona en poco tiempo los programas alimenticios y de ejercicio que inicia, aún a sabiendas del daño que puede sufrir su salud por el sobrepeso, porque considera que cuidarse a sí mismo no vale la pena.

Alimento = placer

Muchos especialistas se han preguntado si comer en exceso y padecer sobrepeso genera problemas emocionales o, al revés, si la depresión y baja autoestima son el origen del aumento de tallas. Las conclusiones de varios estudios indican que una u otra situación son posibles, pero también que independientemente de ello es muy común que ambos factores, obesidad y disturbios anímicos, se enlacen y den forma a un círculo vicioso.

Exceptuando aquellos casos en donde el origen es genético (por herencia biológica) u hormonal (lo cual sucede principalmente en mujeres), habrá ocasiones en que el sobrepeso inicie por un problema de educación, ya que muchos padres siguen pensando que un niño gordito es más saludable, y en otras porque el alimento se utiliza como una manera de mostrar afecto y de obtener satisfacción ante dificultades emocionales, como nerviosismo o soledad.

En todo caso, la persona con obesidad sabe inconscientemente que comer es una actividad satisfactoria, que le genera placer o le recuerda la protección de sus padres, pero cuando se somete al juicio social, a las críticas y a la impopularidad, entra en contradicción y sufre angustia. Tarde o temprano buscará una forma de desahogar la tensión, y ante la inexperiencia para manejar sus emociones recurrirá al consumo de alimentos como una forma de sentirse dichoso. Evidentemente, el volumen de grasa corporal aumentará y, como consecuencia, también las burlas y el aislamiento.

Ahora podemos entender que no sólo la baja autoestima es responsable de la ineficacia de muchos tratamientos y que no es verdad que un paciente con obesidad no pueda dejar de comer abundantemente “por flojera” o “falta de voluntad”, sino porque, para él, los alimentos tienen fuerte carga emocional y es difícil renunciar a una de sus más importantes fuentes de placer cuando se es víctima de críticas y desprecio.

También es comprensible que muchos tratamientos para perder peso contemplen tres puntos básicos: el seguimiento de un régimen alimenticio establecido por un nutriólogo, la práctica de una actividad física constante y la integración del paciente a grupos de autoayuda (como Comedores Compulsivos) o a psicoterapia dirigida por un psicólogo o psiquiatra, a fin de que reciba el soporte emocional que requiere para cumplir sus objetivos.

Finalmente, es muy importante que los familiares de la persona con obesidad tengan conciencia de los problemas emocionales que pueden desencadenar algunas bromas y comentarios que se realizan, aunque sean de buena fe, y que en caso de que el paciente inicie un tratamiento médico para enfrentar su enfermedad, se acerquen también al especialista para saber cómo colaborar y brindar apoyo, lo cual ocurre, casi siempre, cuando las conversaciones enfatizan los logros y cualidades positivas del individuo, y no su problema de sobrepeso.

SyM - Sofía Montoya

 

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