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Inteligencia emocional: equilibrio entre razón y sentimientos

Martes 04 de abril del 2017, 04:27 pm, última actualización

Mejorar nuestras relaciones personales y desempeño en escuela y trabajo no sólo depende de cultivar la inteligencia, sino también de aprender a manejar los sentimientos y armonizarlos con nuestras ideas.

Inteligencia emocional, Control de las emociones

¿Por qué algunas personas parecen dotadas de un don que les permite vivir bien aunque no sean las que más destaquen por su nivel intelectual? ¿A qué se debe que ciertos individuos tengan mayor capacidad de enfrentar contratiempos, superar obstáculos y ver las dificultades bajo distinta óptica que otros? La respuesta a estas interrogantes nos la proporciona particular concepto: inteligencia emocional.

“Dicho término ha sido usado desde hace cinco años y agrupa a diversas cualidades, como tomar conciencia de las sensaciones, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones y frustraciones escolares, laborales y sociales, así como acentuar la capacidad de trabajar en equipo”, refiere la Dra. María Elena Anaya Dávila Garibi, psicóloga egresada de la Universidad Iberoamericana, ubicada en la Ciudad de México.

Tenemos dos mentes

Se ha establecido que poseemos una mente pensante y otra sensitiva. A la primera también se le conoce como racional, y destaca por su capacidad de análisis, en tanto la segunda, denominada emocional, se caracteriza por su impulsividad. “Ambas operan en ajustada armonía entrelazando sus dos formas de conocimiento para guiarnos por el mundo. Por lo general, existe equilibrio entre ellas: la emoción alimenta e informa las operaciones de la razón, y ésta, a su vez, analiza y ocasionalmente evita la entrada de los impulsos”, explica la especialista en salud mental.

Se ha demostrado que las personas emocionalmente expertas —conocen y manejan bien sus propios sentimientos, además de enfrentar con eficacia los de otros— cuentan con ventajas, por ejemplo, en las relaciones amorosas y al afrontar nuevos retos. “Quienes poseen esta habilidad también tienen más probabilidades de sentirse satisfechos y ser eficientes en su vida; por el contrario, los individuos incapaces de controlar sus impulsos libran batallas interiores que afectan su capacidad de concentrarse y pensar con claridad”, advierte la entrevistada.

¿Cómo nacen?

La vida emocional se origina en determinada área del cerebro denominada sistema límbico, específicamente en las amígdalas, que son estructuras similares a almendras provistas de elementos interconectados entre sí y cada una ubicada en ambos costado del encéfalo. En la arquitectura de este órgano, a dichos elementos se les considera “compañía de alarmas”, donde los operadores están preparados para realizar llamadas de emergencia al “departamento de bomberos” y “policía” cada vez que algún sistema de seguridad interno detecta la existencia de problemas y dificultades.

Las conexiones entre las amígdalas y la neocorteza (porción del cerebro racional) son el centro de las batallas o acuerdos cooperativos alcanzados entre cabeza y corazón o pensamiento y sentimiento. Este circuito explica por qué la emoción es tan importante al momento de tomar decisiones y al permitirnos crear ideas con claridad.

Cuando surge algún “asalto” emocional (como un estallido incontrolable de ira), el sistema límbico declara una emergencia y “llama” al resto del encéfalo para atender la urgencia. Ello se genera en un instante y desencadena cierta serie de reacciones antes de que la mente racional vislumbre lo que está pasando y, una vez que el momento pasa, los que han quedado así dominados tienen la sensación de no saber qué les ocurrió. Cabe aclarar que tales “detonaciones” no siempre son perturbadoras, pues si un chiste le parece a alguien muy gracioso su risa resultará explosiva.

Es importante considerar que nuestras emociones nos guían al enfrentar tareas difíciles o relevantes para dejarlas sólo en manos del intelecto: peligros, pérdidas dolorosas, persistencia hacia alguna meta, vínculos con un compañero o formación de una familia. Cada una se expresa de distinta manera:

  • Ira. La sangre fluye a las manos, y así resulta más fácil tomar un arma o golpear al enemigo; en tanto, se segrega la hormona adrenalina, la cual eleva el ritmo cardiaco.
  • Miedo. En este caso, el fluido sanguíneo se acumula en los músculos de las piernas, lo que facilita la huida; asimismo, se generan sustancias cuya función es alertar al organismo con el fin de que se prepare para actuar.
  • Felicidad. Aumenta la actividad del centro nervioso que “frena” los sentimientos negativos, brindando tranquilidad y entusiasmo para emprender cualquier tarea.
  • Amor. Ternura y satisfacción sexual dan lugar a reacciones capaces de generar en la gente estado de calma y bienestar.
  • Sorpresa. Levantar las cejas es una de sus manifestaciones, lo que aumenta el alcance visual para obtener más información sobre el acontecimiento inesperado para distinguir qué ocurre.
  • Tristeza. Nos permite adaptarnos a pérdidas significativas, como la muerte de alguien cercano o gran decepción.

“Alfabetización” del sentimiento

El dominio emocional es especialmente difícil, ya que las habilidades necesarias para lograrlo deben ser adquiridas en los momentos en los que habitualmente la gente se encuentra menos dispuesta a recibir esta información y aprender hábitos de respuesta cuando están disgustados. De acuerdo con la Dra. Anaya Dávila Garibi es fundamental dominar las siguientes capacidades:

  • Conocer las propias emociones. Identificar un sentimiento mientras ocurre nos brinda la capacidad de mantenerlo bajo control y estar seguros de nuestro sentir respecto a las decisiones personales.
  • Manejo de impulsos. Quienes carecen de esta habilidad luchan contra sensación de aflicción, mientras aquellos que la poseen se recuperan con cierta facilidad de los “reveses” de la vida.
  • Reconocer emociones en los demás. Los individuos que lo logran están mucho mejor adaptados a las sutiles señales sociales que indican lo que otros necesitan.

Evidentemente, no es nada fácil mantener equilibrio entre sentimientos y raciocinio, pero está en cada uno de nosotros esforzarnos para lograr dicha armonía.

SyM - Karina Galarza Vásquez

 

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