ATAQUE DE PÁNICO, MIEDO AL MIEDO
Fernando González G.
Un ataque de pánico es una angustiante oleada de miedo
que aparece de manera repentina, brusca y sin razón aparente; las mujeres
son las más afectadas, en una relación de 2 a 1; su origen se
relaciona con depresión y estrés, así como con la falta
de algunas sustancias neurotransmisoras en el cerebro.
La sociedad establece convencionalismos para todo y, en el caso
del miedo, por ejemplo, se piensa que es normal asustarse ante un asalto o robo,
incendio o terremoto; es decir, escenarios que responden a una causa palpable
o tangible.
No ocurre lo mismo cuando alguien tiene temor de entrar en
un elevador o abordar un avión, es decir, parece incomprensible que un
individuo sienta miedo al atravesar un puente o que una persona que conduce
perfectamente su auto en la ciudad sea incapaz de hacerlo en carretera.
Sin embargo, hay que entender que esta clase de personas son
incapaces de sobreponerse a estos eventos y que, lejos de juzgarlas severamente,
se les debe comprender y recomendarles que busquen la ayuda de un psiquiatra.
Así, es conveniente saber que, de acuerdo a los criterios para diagnosticar
los trastornos mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana,
un ataque de pánico es la aparición temporal y aislada de miedo
o malestar intensos, que inicia bruscamente y alcanza su máxima expresión
durante los primeros 10 minutos, y está acompañado de cuatro ó
más de los siguientes síntomas:
- Palpitaciones o elevación de la frecuencia cardiaca.
- Sudoración.
- Temblores.
- Sensación de ahogo o falta de aliento.
- Percepción de que un objeto obstruye la garganta.
- Opresión o malestar torácico.
- Náuseas o molestias abdominales.
- Inestabilidad, mareo o desmayo.
- Pensar que lo que ocurre es irreal.
- Miedo a perder el control, volverse loco o tener miedo a
morir.
- Sensación de entumecimiento u hormigueo (parestesias).
- Escalofríos o sofocaciones.
Miedo, sin causa aparente
Típicamente, dichos ataques ocurren en forma espontánea
y en cualquier momento, incluso durante el sueño, y dado que no se puede
predecir cuándo se presentarán, muchas personas viven en un estado
de preocupación continua temiendo que puedan sufrir otro ataque en cualquier
momento.
La mayoría de estos episodios duran sólo unos
minutos (10, si se prolongan) y, en casos muy raros, hasta una hora. Sin embargo,
sea cual sea el caso, al paciente le parece que se trata de una eternidad.
Ahora bien, algunas veces los síntomas de este desajuste
emocional hacen pensar a la persona que su vida corre peligro, a tal grado que
cree que está teniendo un ataque al corazón, padeciendo un problema
respiratorio o gastrointestinal, o bien, un trastorno neurológico, es
decir, tiene miedo de estar perdiendo el control o convirtiéndose en
psicótico.
Asimismo, es común que el enfermo manifieste intensa
ansiedad entre cada uno de los episodios, por lo que no resulta extraño
que se desarrollen fobias acerca de los lugares en los que se produjeron dichos
ataques, como supermercados, gasolineras o aviones, entre otros.
Cifras y repercusiones
Diversos estudios señalan que los trastornos de pánico suelen
atacar a jóvenes menores de 24 años, que la relación es
de 2 a 1 en comparación a las mujeres y que aproximadamente 2% de la
población adulta sufre este desequilibrio.
Igualmente, se sabe que dicha patología puede relacionarse
con otros padecimientos, en su mayoría depresión y consumo de
ciertas sustancias; aproximadamente 30% de los enfermos abusan del alcohol,
y 17% de drogas como cocaína y marihuana, como consecuencia de intentos
sin éxito para reducir la angustia causada por su enfermedad. Por ello,
el psiquiatra deberá diagnosticar si hay padecimientos complementarios
y atacar el problema en forma integral.
Es fundamental que se considere que los ataques de pánico
repetidos pueden tener efecto devastador sobre la persona que los padece. Por
ello, es necesario que se tenga en cuenta la importancia del tratamiento:
- Si no se tiene la atención médica necesaria,
el paciente puede seguir manifestando ataques de pánico durante años,
lo cual puede llegar a interferir seriamente en sus relaciones familiares
y laborales.
- Su modo de vida queda dramáticamente restringido porque,
por ejemplo, la persona puede comenzar a eludir aquellas situaciones en las
que cree que podría sufrir un ataque de pánico, lo que podría
abarcar actividades perfectamente normales y cotidianas, como ir al supermercado
e, incluso, conducir su auto. En casos extremos, la persona que padece ataques
de pánico y no recibe tratamiento, podría tener miedo a salir
de su casa.
- Algunas personas limitan su productividad laboral, ya que
los síntomas pueden impedir que realicen viajes de negocios, o que
sean incapaces de permanecer en el lugar visitado. Igualmente, es posible
que rechacen ascensos o tareas laborales porque ello aumentaría sus
posibilidades de sufrir un ataque de pánico; otros más renuncian
y hay quienes sólo abandonan su casa para ir a trabajar; es evidente
que no realizan ninguna otra actividad social.
- Muchos individuos sufren depresión y piensan en el
suicidio; otros buscan reducir los síntomas del pánico mediante
el consumo de alcohol u otras drogas.
Tratamiento
Los expertos creen que este tipo de patología se relaciona con cierto
desorden cerebral, es decir, con un desequilibrio de algunas sustancias neurotransmisoras,
entre ellas la serotonina, la cual está implicada en la regulación
de la temperatura, percepción sensorial y en proporcionar al organismo
sensaciones placenteras.
Químicamente hablando, la falta de serotonina es una
de las evidencias de un proceso depresivo, sea éste menor o mayor, que
es muy común en personas que sufren ataques de pánico; es por
ello que el psiquiatra recomendará un antidepresivo que regule la presencia
de dicha sustancia, lo cual se complementará en muchos casos con un ansiolítico
(medicamento para combatir la ansiedad).
Además, el tratamiento podría incluir sesiones
de psicoterapia cognitiva-conductual (TCC), que enseña a las personas
a enfrentarse a los ataques de pánico de una manera diferente. La mayoría
de los pacientes presentan progresos significativos después de algunas
semanas de terapia, aunque en ciertos casos puede requerirse un tratamiento
más largo, porque son comunes las recaídas.
Cómo funciona la terapia
El método cognitivo-conductual enseña a la gente a anticipar y
a autoprepararse para hacer frente a las situaciones y sensaciones corporales
que podrían desencadenar un ataque de pánico. Generalmente, la
TCC incluye los tres elementos siguientes:
- El terapeuta ayuda a la persona a identificar los modelos
de pensamiento que le inducen a interpretar erróneamente ciertas sensaciones
y a asumir que está ocurriendo lo peor. Estos modelos de pensamiento
están profundamente arraigados, y se requiere práctica para
detectarlos y después modificarlos.
- El experto puede enseñar al paciente ejercicios respiratorios
que le tranquilicen y que pueden evitar la hiperventilación (respiración
excesivamente rápida) que suele tener lugar durante un ataque de pánico.
- El psiquiatra puede ayudar a la persona a hacerse cada
vez menos sensible a las sensaciones corporales alarmantes y a los sentimientos
de terror. Esto se consigue promoviendo que la persona se pruebe a sí
misma, poco a poco y de forma segura, en los lugares y situaciones que ha
estado rehuyendo.
Por otro lado, hay que decir que existen especialistas en salud
mental que utilizan el psicoanálisis para sanar esta patología,
lo cual ayuda al enfermo a descubrir las causas de su malestar por sí
mismo y, después, cuando concientiza lo que le genera angustia o ansiedad,
trata de enfrentar la situación. Claro está que mientras esto
ocurre el médico ofrecerá tratamiento farmacológico que
impida que el paciente tenga los síntomas antes descritos.
Finalmente, habría que decir que ésta, como muchas
otras enfermedades de orden mental, ha sido estudiada de tal forma que ya se
cuenta con soluciones reales que permiten que el enfermo recobre su calidad
de vida.